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Sombras de Colores| por Simelmo Marno
Nº 100 Junio de 2010 - Año IX
¡Pon un sabio en tu vida!
Lamento, y lo hago sólo a titulo personal aunque se que muchos me acompañan en este sentimiento, la relevancia social de los conocidos y no la de los conocedores. La sabiduría esta en baja  y si Pericles levantara la cabeza se sorprendería de lo poco que conseguimos con lo mucho de lo que disponemos. ¡Pon un sabio en tu vida!
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Pericles vivió en Grecia entre el año 490 y el 429 antes de Cristo. A pesar de no abarcar su vida todo el siglo quinto antes de nuestra era, a este periodo de la historia se le ha dado en llamar el Siglo de Oro o el Siglo de Pericles. Durante su vida, promovió las artes en su entorno inmediato, se edificaron edificios que perviven como testigos de la grandeza de aquella cultura 2.500 años después, combatió al mando de su ejercito ensanchando las fronteras de su país o frenando las codicias de vecinos y encontró, como no, las mayores dificultades en la gestión política de su propio territorio, hasta el punto de que estuvo a punto de ser condenado al ostracismo. Dicha condena se producía por votación popular, por la vía de introducir en una urna unos trozos de cerámica con forma de concha de ostra (ostreon) con el nombre de un individuo odioso o peligroso para la sociedad griega. Nadie es perfecto…

Recomendaría la lectura de la biografía de este personaje y la narración de la época en la que él fue franco protagonista y, tras ello, realizar una comparación serena con distintas etapas de la historia en España o de cualquier otro país. Muy interesante. La Historia, con mayúsculas, se repite y da la sensación de que en aquel siglo se hizo un buen resumen del transcurso de la humanidad.

¿A cuenta de que viene todo esto?, la razón es indirecta. Últimamente me encuentro con menos sabios y, me da la sensación de que se les ha mandado, les hemos mandado, al ostracismo. Me explico: desde estas sombras de colores intento transmitir mi gusto por placeres tranquilos, económicos, baratos: disfrutar de la belleza de la pintura, de la escultura, de la armonía musical y, por encima de todo, de la conversación con un sabio. ¿A que sabios me refiero?, sencillo, pienso en aquellas personas que conocen a fondo un tema, una situación y te la relatan afablemente, sin alharacas, durante un paseo por la Catedral de Toledo, bajo una sombrilla con el apoyo de un refresco, en cualquier circunstancia amable. Te cuentan algo que en su cabeza se ha desarrollado cientos de veces y de lo que tienen un conocimiento profundo.

Echo de menos esos sénecas que te relatan como si la hubiesen vivido una época de la historia mundial, de España o de su barrio, esas personas cuyas reflexiones valen más que el tiempo que les dedicas a escucharlas. Añoro esos maestros que iban más allá de la rigidez del texto escrito o de la anécdota y distribuían a los alumnos en el patio o los palillos de dientes en la cafetería para explicar la batalla de las Termopilas o las Navas de Tolosa. Las cosas son como son pero podrían haber sido de otra manera y los sabios te la cuentan. Lo que fue y lo que pudo ser. Lo que es y lo que podrá ser.

Pero no sólo tengo presentes a los sabios habladores, también los escritores, los pensadores, los del matiz, los del pensamiento puntual, agudo, preciso, de valor.

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Los medios  de comunicación nos ofrecen ídolos inconsistentes, en el mejor de los casos especialistas formados en su técnica, gente sin duda relevantes en su campo de especialización pero, pero, pero,… no son sabios. Lamento, y lo hago sólo a titulo personal aunque se que muchos me acompañan en este sentimiento, la relevancia social de los conocidos y no la de los conocedores. La sabiduría esta en baja  y si Pericles levantara la cabeza se sorprendería de lo poco que conseguimos con lo mucho de lo que disponemos. ¡Pon un sabio en tu vida!

Fernández ha estado por Florencia y ha vuelto con la boca abierta. Os presto una frase que me ha regalado. “Los florentinos tienen el arte de vivir con naturalidad en el entorno del arte”. Quizás en Toscana todavía quedan sabios por las esquinas.

El antedicho nos ilustra con un retrato de Dante. Bueno, de su escultura, otra posibilidad no estaba a mano.

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