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Me gustan los números, así de claro y así de contundente. Me gustan por lo que explican, por lo que contienen de cierto y de falso, por lo precisos que son en sus contenidos y lo mentirosa que es, casi siempre, esa precisión. Me regalaron hace tiempo el calificativo de “cuanto-frénico”, lo atesoro con orgullo e ignorancia, desconozco en profundidad su significado pero viniendo de alguien que mide muy bien sus palabras, lo acepté como un dorsal para participar en esta carrera de la vida.
Soy de los que suman matriculas de coches, disfruta de los cuadrados perfectos o de los múltiplos de once. Cuando veo en la televisión Cifras y Letras, me enrabieta no acertar “el exacto” si es que es posible obtenerlo con las cifras disponibles. Me parecen una herramienta fantástica para aproximarse a la mayoría de los fenómenos físicos, unos amigos para comprender la actividad económica y unos simpáticos diablillos en pasatiempos y juegos de entretenimiento.
Unos sueños
Hasta aquí una definición normal, a unos les gustan más, a otros menos. Unos nos divertimos con una ecuación, otros aborrecen y sufren ante una suma. Hay gente pa´ to´ que decía el torero. Los hay que viven con pocos e incluso sin ningún número, he oído de un pueblo que solo maneja tres cifras: uno, dos y tres, a partir del tres, cualquier cantidad es “muchos”. Con eso viven y, quizás, más felices que otros que manejan raíces cuadradas y proyecciones financieras. Pero los dígitos contienen mas cosas. Os cuento una historia propia:
Mi padre se suscribió a un número de lotería con el que había soñado. El 02.112. Todos los sorteos jugaba unos decimos y disfrutó de la mala suerte habitual que corresponde a los que participan reiteradamente en los juegos de azar. Algunos reintegros, con poca frecuencia una pedrea y, en una ocasión el anterior al segundo premio que recayó sobre el 02.113. Total, “ni comido por servido” a lo largo de los más de treinta años hasta el día de su fallecimiento el dos de Noviembre de 1.992.
Nos reunimos los hermanos para ver lo qué resolvíamos de los deberes y derechos de nuestro señor padre. En uno de esos encuentros, uno planteó la posibilidad de seguir o no participando en el número de nuestro padre que todos conocíamos. “Quien quiera seguir, que lo haga”, les dije, ”a nuestro padre ya le ha tocado el número de su sueño”. Con un papel y un lápiz, les mostré: falleció el 2 (02) de Noviembre (11) de 1992 (2). La fecha de su muerte llevaba implícito el número 02.112 que, toda la vida, pensó que iba a cambiar su existencia. ¡Ya lo creo que se la cambió!
La semana pasada soñé con un número. No os pienso decir cuál. Si os cuento que, con él muy fresco en la memoria, lo encontré entre los que se ofrecían en el kiosco de la ONCE más cercano a mi casa. Eso no podía ser una casualidad. No creo en los hados, ni nada por el estilo pero, no me digáis que no tiene que haber “algo” detrás de estas coincidencias tan absolutamente improbables. Compré diez participaciones, todas las que tenía disponibles, y esperé al sorteo de la noche con la ilusión, casi certeza, de llevar el cuponazo en el bolsillo. Pasaron las horas, entregué una participación a un par de amigos, no hay que ser roñoso en los momentos afortunados, puse la tele y…no me toco nada. No voy a perseguir ese número, quizás la historia se repita y simplemente me haya sido dada una información privilegiada que contiene la fecha en la que falleceré. No os pienso decir cuál, repito. Bueno, digamos que Septiembre estaba ahí.
Me gustan los números más allá de sus propiedades aritméticas.
La Foto
Fernández, siempre que puede nos coloca algo de Portugal. Esta vez es uno de los barcos pesqueros que faenan en la ría de Aveiro el “Estrela do Norte”. Hace unos meses os recomendábamos un viaje a Oporto. El Norte de Portugal es mucho mas que Oporto y sus bodegas, Aveiro forma parte de ese “mucho más”. Recomendable junto con Coímbra para un fin de semana largo. ¡Animo, está aquí al lado!
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