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La letra de Bob Dylan decía “God gave name to all the animals” en alguna versión o “Man gave name…” en otras de la misma canción. Bueno, fuese el hombre en un momento de nuestro efímero paso por la tierra, Dios o quien pudiera hacerlo, la realidad es que los animales tienen nombre. ¿Quién se lo puso?, no lo se, simplemente se que es muy cómodo que alguien se haya ocupado de esto y nos haya ahorrado un esfuerzo gigantesco y constante de puesta en común. Esto viene a cuento de los animales, pero también pienso que es maravilloso encontrarnos cuando llegamos al mundo con tantas cosas y personas con nombres comunes y propios que nos facilitan saber de que y/o de quien hablamos. A partir de ese algo que no es dado, elaboramos las relaciones, inventamos los verbos, los remodelamos con los adverbios, calificamos y formalizamos el pensamiento. ¡Que maravilla que el idioma este inventado y que haya un cierto consenso en el valor de las palabras! Adoro la comunicación, la lengua, aunque la maltrate de vez en cuando.
Va a cumplirse un año desde que falleció mi madre. En los últimos meses, veía como en cada una de sus recaídas, en los frecuentes viajes al hospital en, a pesar de estar bien tratada, “se le perdía la cabeza”. Yo pensaba en esto de los escenarios estables y su valor terapéutico, bueno, el pensamiento era sobre el trastorno, la inquietud provocada por los escenarios inestables. Quizás no sea necesario ver la misma estancia a todas horas, pero si es verdad que esas referencias fijas, nos estabilizan la mente, nos dan seguridad. Algún mecanismo mental nos obliga a reconocer y a renombrar todos los objetos (“animales”) de nuestro entorno.
Cuando se cambio de la moneda local al euro, no se decidió cambiar el nombre a todos los animales pero si un aspecto muy importante a muchas de las cosas de nuestros escenarios estables: el precio, en teoría, solo el número representativo del precio. En nuestro escenario vital sabíamos lo que costaba un café, una barra de pan, una casa, un coche, un viaje soñado (o realizado) a Nueva York. Nuestra realidad vivencias y sueños tenían etiquetas de precios como anexos a sus definiciones, a sus nombre. Como si hubiese pasado un torbellino, todas las etiquetas cambiaron, nada de lo que ayer costaba “equis” volvería a costar “equis”, nada, absolutamente nada. Os imagináis lo que hubiera sido que, en lugar del precio, hubiesen cambiado el nombre a todos nuestros conocidos el titulo a todos los libros leídos o a cualquiera de nuestras referencias básicas. Una locura, aunque el mecanismo de cambio fuese sencillo: todas las frutas se nombraran cambiando las letras de orden, la pera sería arep, la manzana se nombraría anaznam y así sucesivamente. Una locura y, lo que es mas grave, tengo la seria sospecha de que mucha gente dejaría de tomar fruta o aceptaría la que le diese el dependiente sin tener muy claro lo que llegaría a la mesa.
La crisis
Estamos pasando tiempos difíciles, “de crisis”. ¿Su origen? Los bancos, las hipotecas basura, la falta de reacción de los políticos, la agresividad de los chinos en sus propuestas comerciales, todos y nadie, todo y nada. Yo pienso que una razón importante es la perdida común del escenario estable de los precios. Todos nuestros animales sociales tenían nombre (precio) dado, siguiendo a Dylan, por un Dios o por un hombre y otro hombre, otros hombres, decidieron cambiarlo. Si fuese religioso fundamentalista, diría que estamos recibiendo un castigo babilónico, como mi respeto por los dioses propios y ajenos no pasa por estas interpretaciones tremendistas, diré que recibimos el castigo a nuestra temeridad por perder el respeto a los escenarios estables.
Fernández nos ilustra con una imagen del Corpus 2010 en Toledo. Setecientos años de estabilidad, ¿o no?
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