Nº 97 Marzo de 2010 - Año VIII
ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Escuela Escritores| por David Maciás Verde
Leyendo en el metro
Las Palmas de Gran Canaria, España
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- ¿Me permite que la interrumpa?- dice el hombre a la mujer que tiene sentada enfrente.

- Adelante.

- ¿No entiende algo? Ha releído el último pasaje varias veces.

- ¿Le importa?

- Sí, esa novela me perturbó durante algún tiempo.

- ¿Y qué opina?

- Todavía espero el final.

- No me lo cuente, ¿quiere?

- Me ha parecido ver que está en la página 189 añade él incorporándose-. ¿Está usted en la parte en la que él le insinúa que la ama, pero ella no está segura entonces él…?

- …Comenta que la esperará, pero ella le responde que siga, que está casada y no puede…

- …Y a él no le importa; ve en sus ojos que no es feliz y está seguro que le acompañará.

- ¡Exacto!- exclama ella sonrojada mientras abre el bolso y hace que busca algo.

Él la observa por la ventanilla, contemplando su reflejo sobre el cristal.

- Al final dice que se irá con él en la siguiente parada.

- Le había dicho antes que no me lo contara- le reclama ella cerrando el libro.

- Lo siento, no pude contenerme.

- ¿Es cierto?

- Claro…, no regresa a casa.

- ¿Y luego? ¿Cumple su promesa?

- No sé, nunca llegan a la maldita parada: se termina.

- Vaya, ¡qué final…! No me gustan así.

- ¿Cómo entonces?

- Con un desenlace transparente, sin misterios, y si es feliz, mejor- ella se ríe- . Pero eso ocurre mucho después supongo. Yo todavía no he llegado ni a la mitad y ya él le ha hecho la propuesta. ¿Cómo sigue? Queda mucho aún, ¿no?

- Pues sí, pero no ocurre nada especial: oyen el traqueteo de los raíles mientras meditan, esperando a que anuncien su parada.

-La releía porque me vi reflejada –explica ella abriendo de nuevo la novela por la misma página.

-¡Vaya! –dice él apartando la mirada -. Quería preguntarle algo más, si no le importa –añade desabrochándose el anorak.

-Sí, ¿qué es?

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-La he venido observando desde hace meses –expone él levantándose para dejarse caer otra vez.

-Yo también me he fijado en usted.

-Creo que me he enamorado –dice él, pálido.

-Adelante, le escucho –la mujer no pestañea ahora.

-¿Vale la pena que siga?

-No lo sé.

Y ella pasa por fin la página y finge que continúa leyendo.

 
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