
Estaba en mi despacho, terminando el inventario para la apertura de la unidad, cuando escuché aquel sonido. Salí al pasillo, allí se percibía con claridad, era como un latido metálico que hacía vibrar el suelo y las paredes. En el hospital ya no quedaba nadie. Cristina, la supervisora, y el resto de las enfermeras hacía ya más de una hora que se habían marchado. Por un momento dudé si las horas de trabajo sin sueño, o aquel atardecer eterno que se colaba por mi ventana, no me estarían trastornando.
Pero aquello resonaba en las compuertas, y hacía que la mesa vibrara y que el flexo se me acercase con pequeños saltitos. Era un ruido mecánico, que no se parecía al silbido de las naves cuando arrancan ni a la vibración tensa de los vagones de transporte estelar. Recordaba más bien a un timbal enorme que suena una vez, y otra, con un intervalo cada vez más largo, siguiendo un programa que se extingue.
Me pareció que venía del fondo, de la unidad neonatal, y en el pasillo, para avanzar, tuve que abrirme camino entre las cajas apiladas, las cunas térmicas mal aparcadas y los monitores láser. Entre todos aquellos trastos, iluminados tan solo por las luces de emergencia, tuve la sensación de que alguien me esperaba detrás de la puerta.
«¿Hay alguien ahí?», grité al llegar al final del pasillo. Pero nadie contestó. El latido se volvió aún más lento, como un juguete averiado, con tonos graves y apagados, así que, a pesar de aquella sensación de que me observaban, empujé la compuerta y entré en la unidad. Allí, entre montones de sábanas, torres de bombas y pantallas de monitores, alguien había encendido una de las incubadoras, y en su interior se adivinaba una criatura cubierta de pelo blanco.
Para llegar hasta ella tuve que abrirme camino entre montones de empapadores, algunas bombas y varias latas de leche que rodaban por el suelo. Según me fui acercando, pude comprobar que tenía unas patas cortas y musculosas, que terminaban en unos pies de garras negras, que bien podrían haber sido los de un osezno. Aquella criatura no podía ser humana. Lo extraño era que aquel latido metálico empezaba a resultarme familiar.
Cuando al fin alcancé la incubadora, me recordó a las crías de los primeros prototipos, a esos robots biológicos, diseñados en los primeros años del genoma, que nunca llegaron a utilizarse. Sobre todo se parecía en el cráneo, que era alargado como el de un tejón, pero además, al igual que los prototipos, era del tamaño patrón, el de las ratas de laboratorio.
Respiraba de manera entrecortada, bamboleando la barriga, y emitía un quejido suave, casi constante. Abrí la incubadora y, con cuidado, le palpé el tórax. El corazón le sacudía el pecho con tal fuerza que parecía que iba a perforarlo. Y su ritmo era el mismo ritmo que se escuchaba en toda la sala.
Por un momento dudé si tendría el corazón de metal. Pero aquellos prototipos se habían extinguido. Todos, sin excepción, habían fallecido en las primeras fases de los ensayos. Entonces, abrí el cajón de la incubadora y saqué el ecógrafo portátil para examinar a la cría con detalle. No me cupo ninguna duda, el prototipo tenía el corazón de metal.
Al ver sus labios sonrosados y la forma en que se llevaba las garras a la boca, me costó creer que aquellos latidos cada vez más desprogramados fueran suyos. «¿Se muere?», dudé al colocarla boca abajo. Ella, sin dejar de chuparse las garras, giró la cabeza y me miró a los ojos. Poco a poco, sus pupilas de gato se fueron dilatando y, justo después del último latido,
se quedaron fijas, totalmente dilatadas. Volví a colocarla boca arriba y posé mis dedos entre sus costillas para comprobar que era ese el corazón que acababa de pararse.
«Imposible reanimarla —pensé mientras la sacaba de la incubadora—. Tiene un corazón de metal». La sostuve entre las manos y me senté sobre las cajas. La cría aún se movía; poco a poco dejó de chuparse las garras. Intenté calentarla con las manos, pero fue inútil, su corazón se había extinguido, no había nada que yo pudiera hacer. Así que me abrí la bata y la acomodé sobre mi pecho. No tenía pulso. Pero durante un rato pude sentir cómo buscaba con el hocico sobre mi piel. Acaricié su cuerpo peludo hasta que dejó de moverse, y entonces dudé si debía entregarla al laboratorio o si sería mejor un abandono anónimo entre los residuos biológicos. Pero la cría aún desprendía calor, y yo estaba cansada para pensar, así que preferí dejarla en la incubadora, y esperar a la mañana siguiente para comentarlo con Carmen. La coloqué boca abajo, tal y como la había encontrado. Antes de salir de la unidad, cogí un empapador y lo enrollé alrededor de su cuerpo, con cuidado de no taparle la cara.
A la mañana siguiente, al entrar en el hospital sentí un temblor rítmico en el suelo. En el elevador, de camino a la unidad, los cristales me parecieron a punto de quebrarse por la vibración. Y en el pasillo, el sonido metálico hacía bailar las pilas de cajas como si fueran a desplomarse. Al llegar a la unidad, sonaba aún con más fuerza, como un timbal que culmina en un concierto. Abrí la compuerta y encontré a Carmen sentada sobre un montón de cajas, mecía a la criatura entre sus brazos mientras le susurraba una canción de cuna.
«¡Tiene el corazón de metal!». Sonrió.
No supe qué contestar, así que me encogí de hombros y volví al pasillo. Las pilas de cajas se habían desmoronado sobre varios monitores, y una de las cunas térmicas había volcado. Tendría que abrirme paso si pretendía llegar hasta mi despacho. |