En un Simposio anual sobre Sexología, los sesudos estudiosos del tema se reúnen en comisiones de trabajo. Uno de los grupos se plantea como objetivo principal elaborar un catálogo de las formas que hay de hacer el amor entre dos seres humanos.
Para desarrollar este estudio, el procedimiento acordado es que cada uno de los miembros del grupo diga el número de posiciones que conoce y, a partir del que diga el mínimo, complementar con los que hayan ido superando esa referencia. Inician esta primera fase de trabajo y cada uno va cantando: “Quinientas doce”,……”Cuatrocientas ochenta y seis”….”Cuatrocientas diez”….”¡TREINTA Y CINCO MIL!” ….”Quinientas seis”.
Una vez que todos han dicho su número, el director de la mesa los repasa y propone el inicio de la segunda fase. “Si os parece bien, nuestro compañero que ha mencionado conocer cuatrocientas diez posiciones, va a proceder a describirlas una por una para que veamos cuales quedan en el resto de las recopilaciones. Por favor, proceda” “Bien, la primera es que se tumba la mujer y el hombre encima de ella”. Al fondo de la sala se oye un grito que dice: “¡Treinta y cinco mil UNA!”.
Este chascarrillo me ha sugerido en muchas ocasiones una línea de pensamiento: ¿Me estoy complicando la vida?, ¿olvidando la solución sencilla?, ¿he considerado la alternativa más simple?. En muchas reuniones de trabajo me he convertido en “el de las treinta y cinco mil alternativas” (bueno, “el de las muchas alternativas” sería más correcto) y, de repente me ha venido a la cabeza ese pensamiento: ¿No habrá soluciones más sencillas?
“Pensar fácil, es difícil”. Esto lo he escuchado en alguna ocasión, yo añadiría, “difícil, pero no mucho”. Tenemos tendencia, especialmente en ámbitos profesionales a elaborar argumentos complejos, exposiciones barrocas que en algunas ocasiones pretenden adornar innecesariamente, en otras disimular con trazos gruesos los matices de nuestra ignorancia. Alrededor de un Sí o un No, necesitamos incorporar un párrafo o un capitulo entero de argumentos. Bueno, verás, voy a darle una pensada…; Vale, pero déjame que haga una consulta… Hay mil frases que utilizamos cada día antes de enfrentarnos a una respuesta sencilla.
Si a nivel individual nos embarcamos en discursos complejos sobre la mística de la nada, a nivel social me sorprende la complejidad de algunos procedimientos y lo que es peor, la invasión en nuestro entorno de mecanismos de satisfacción aparente anti-sencillos. Veis, también me he liado en palabrería. Más fácil: no nos hagamos un lío, disfrutar es cercano, sencillo y barato.
No soy un experto en sexualidad. Para ser más sincero, no tengo ni pajolera idea, ni siquiera de la mía pero si me hubiesen preguntado cuantas maneras hay de hacer el amor, hubiese respondido que cien por cada día que he compartido con mi mujer porque en cada mirada, en cada gesto, en cada brizna de aire que se movía entre nosotros, había una nueva proposición, una nueva manera de hacer el amor. Sobre “la parte gimnástica”, no explico nada, queda para nuestra intimidad.
Un consejo
Hacia tiempo que no iba al Museo Nacional de Escultura en Valladolid. Muy recomendable. El cambio del espacio expositivo ha mejorado mucho en luces y protagonismo de las piezas importantes. La selección muy agradable y apropiada para expertos y visitantes eventuales.
Este agradable esfuerzo cultural tiene un premio: Comer y beber en la ciudad del Pisuerga (que, efectivamente, sigue pasando por allí.
Fernández me acompaño y le hizo una foto al José de Arimatea de “El entierro de Cristo” de Juan de Juni. La foto, en la línea habitual de mi amigo, la pieza es realmente digna de ver muy, muy despacio y dedicarle el pensamiento más sencillo e inmediato: es bellísimo.
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