Aparece el mercado con todos sus juegos de oferta y demanda. Naturalmente es un mercado altamente imperfecto por la escasez de solicitantes de servicio y las grandes dificultades que tienen los aspirantes a pintores o escultores para tener taller propio y presentar una oferta personal. En cualquier caso, estamos en un momento de la historia en el que el artista trabaja porque le pagan y los económicamente “poderosos”, nobles y eclesiástico primero, comerciantes más adelante, buscan el taller adecuado para que inmortalice su rostro el de sus cercanos.
En los siglos XVI y XVII, el artista se siente cercano a sus clientes pero este sentimiento de cercanía no se produce en los dos sentidos. Ya podemos hablar de pintores menores como de genios de la pintura, Velázquez entre ellos, que será difícil encontrar mezclados este aceite de la nobleza con el agua de esta artesanía sofisticada.
El pintor se hace cronista y utiliza de la historia antigua, de mitología, de la religión y de la leyenda para ensalzar a su patrono y acercarle a los dioses, pero también para crear una trama de mensajes, de lectura más o menos directa en los que pone de manifiesto intrigas palaciegas, enredos y cuernos, ambiciones y sumisiones dentro de la corte o la iglesia. Cada uno lee lo que puede o lo que sabe leer, si es que posee las claves para hacerlo. Velázquez, nuevamente lo cito, no sólo es un maestro en la composición de estos mensajes, también es un gran reivindicador de un “status” superior como hombre de corte.
Aparecen las primeras colecciones de arte. Las cortes europeas se “intercambian” a sus artistas. Estos viajes aportan un desarrollo exponencial en la técnica, también de lo que hoy llamaríamos los contenidos y una mayor “contaminación de estilos” y, lo que es más importante, el autor empieza a pintar no sólo lo que le encarga su comprador, patrono o mecenas, también pinta lo que le parece mejor a él.
Recapitulando, a partir del Renacimiento empieza a esbozarse el mercado del arte, el pintor trabaja por dinero, la calidad empieza a diferenciar y esa diferencia da una cierta autonomía al artista. Esta autonomía, junto con la egolatría de muchos de los “clientes” deviene en una pintura más narrativa y no exenta de reivindicaciones personales y críticas al entorno social en el que se desarrollan.
Os cuento una anécdota. Naturalmente, el arte, como cualquier expresión humana, no es ajeno en absoluto al entorno en el que se desarrolla. Sin conocer ese entorno en difícil explicar algunas situaciones. ¿Cómo es que de Velázquez, estudioso de anatomía, no se conoce más desnudo femenino que “La Venus del Espejo”? Fácil, en aquella época estaba prohibida la pintura de desnudos pero, qué curioso, no la posesión de cuadros con este contenido. Mi idea, sin más soporte que mi intuición, es que pintó algunos desnudos más pero para circuitos muy, muy privados.
Dos Recomendaciones
Ya sabéis lo mucho que animo a coger la máquina de fotos y salir a disfrutar de las muchas posibilidades artísticas que nos dan las grandes ciudades. La Caixa, después de pasear a Manolo Valdés y sus Meninas por distintas ciudades, las trae a Madrid, al Paseo del Prado. ¡Ánimo!, un paseo y a disfrutar dos veces, una al ver las piezas y otra en casa repasando las fotos realizadas.
En la Fundación Telefónica de Madrid, se presenta una magnífica exposición del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, altamente recomendable.
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