Tres albañiles a la hora del almuerzo, comentan desesperados la rutina de sus comidas. El primero destapa su bocadillo y se lamenta: “Mira que se lo he dicho a mi mujer, ¡otra vez mortadela!, como me la ponga mañana, me tiro desee el último piso…”. El segundo recita la misma cantinela: “¡Desde luego, otra vez mortadela!, como mi mujer no cambie, me tiro mañana mismo”. El tercero, abre su tartera y protesta: “¡Mortadela de nuevo!, como mañana tenga mortadela en el almuerzo, me tiro desde lo más alto”. Al día siguiente, se produce la desgracia y uno tras otro se tiran desde la cornisa que acaban de rematar. Los tres fallecen. La mujer del primero llora desconsolada: “…si lo hubiese sabido, jamón le habría puesto, ¡ay, qué desgracia!...”, la del segundo se expresaba en términos similares en tanto que la del último, se partía de risa y no paraba de insultar a su marido: “…será idiota, imbécil, vaya estúpido…”. Ante las recriminaciones y preguntas de los demás respecto a estos insultos, ella respondió: “Hay que ser bobo para suicidarse por esto, todas las mañanas era el mismo el que se hacía el bocadillo”.
Me llama la atención la cantidad de veces que escucho, incluso a mi mismo, no soy un marciano, quejarse/quejarnos de lo poco que nos apetece comernos un bocadillo que nos hemos preparado nosotros mismos. Pero no una vez, sino decenas y decenas, quizás miles, de veces. Un día tras otro nos pertrechamos de la mortadela del mal humor de la aversión a lo que nos vamos a encontrar en el día que tenemos por delante, la metemos en un bocadillo y nos la comemos con el asco que dan los sabores repetidos, sin gracia, que tienen algunas dietas. La vida está llena de mortadela pero no hay porque ponerla entre panes y aceptarla como dieta única.
Empieza el año. Momento de propósitos de cambios de “de este año no pasa sin que…”. Casi todos los diciembres, elaboro una larga lista de asignaturas pendientes: prácticas y mejoras en uno (¡o dos idiomas!), ponerme en forma, perder x kilos (o ganarlos), hacer un viaje, declarar un amor (si para esto hace falta tomar mucha carrerilla… ¿?), retomar mis poesías, mi novela, viajar a ver a mi padre/madre/hermano, terminar las asignaturas de, siempre hay algo pendiente.
Cualquier aptitud positiva es valiosa. Fuerza y adelante con ella o con ellas. Yo te ofrezco una idea sencilla y de alta utilidad. Lo digo por experiencia. Cambia el primer cuarto de hora de todos tus días. Cambia tu desayuno, la forma de ducharte, la marca de la pasta de dientes, lee dos páginas de poesía, intenta dibujar el perfil de una menina, de un caballo, de un pez con el que entretener en alguna ocasión a un niño, elabora una lista de las cosas que tienes y quieres (evidentemente no tienen porque coincidir) hacer ese día, haz muchas de las primeras y no dejes de hacer algunas de las segundas aunque te cueste sacar tiempo de la nada, en fin, mil cosas. Un cuarto de hora distinto, todos los días. Noventa horas solamente del próximo 2010 deben ser distintas pero si son las primeras de cada jornada, serán de oro molido.
Hace mucho tiempo, el consejo que me dieron fue: “Da un mensaje positivo a las tres primeras personas que te encuentres cada día”. Evidentemente, aunque venía de un yogui, no fue una frase aislada, de esas que van depurando su esencia a lo largo del tiempo. Se prolongo la conversación varios años y su práctica toda una vida. Uno empieza diciendo cosas positivas a tres personas y acaba diciéndoselo a muchas otras, en ocasiones a todas las que se cruzan en la jornada. ¿Sabes lo que es estupendo de esto?, en poco tiempo te encuentras con que las tres primeras personas que encuentras cada día, te dicen algo positivo y, en ocasiones, todas las que te cruzas en la jornada. No, no soy un teletubbie, ni creo que se pueda ir de eso por la vida, pero tres abrazos, tres caricias diarias al empezar el día, sientan tan bien como una buena ducha, por lo menos.
A lo largo de los meses que llevo colaborando con Bonding, me ha dado la sensación de que las notas sobre pintura que os he propuesto, han tenido muy poco eco. Ya veremos que giro le damos a eso, mientras tanto, me limito animaros, como tantas veces, a que cojáis lo que tengáis más a mano y lo manchéis/llenéis de colores. Echad un poco de tiempo a un lienzo y volcad en él algunos fantasmas y un poco de….mortadela.
Fernández nos manda un tranvía fotografiado en Budapest y os desea unos felices Reyes Magos. Yo les pido para él que le traigan un manual de buenas prácticas fotográficas y/o pictóricas, a ver si hacemos carrera de él.
Podéis mandar vuestras opiniones a Simelmo Marno
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