Nº 88 Junio de 2009 - Año VIII
ISSN 1989-2101
 
 
 
 
Suscríbete|
E-mail:
Nombre:
 
 
Experiencias| por Ana de Castro
Mi experiencia
"…el bebé siente como propio todo lo que siente su mamá, sobre todo lo que ella no puede reconocer, lo que no reside en su conciencia, lo que ha relegado a la sombra."
 

Hola, escribo desde el jardín de mi casa, con Brus (un bobtail de 40 kilos que aún no ha cumplido dos años) a mis pies tumbado. Hace una temperatura primaveral, suenan varios pájaros de distinto trino, y las máquinas podadoras de algunos vecinos. Siento una enorme suavidad en los pies, sobre los que Brus apoya su preciosa y peluda cabeza blanca. Es un pequeño paraíso. Estoy embarazada de 12 semanas, y guardando reposo desde hace un mes. Me propuso Maca compartir con vosotros mi experiencia y mis reflexiones, dado que tengo mucho tiempo libre. Pues allá voy.

Mi vivencia de este embarazo está muy marcada por el embarazo anterior, una experiencia durísima y compleja. Había tardado años en quedarme embarazada, y finalmente fue posible gracias a costosos tratamientos, creí que iba a ser el año más feliz de mi vida. Pero empecé a manchar, y me mandaron reposo relativo, aunque no dieron importancia al sangrado ni la tocóloga ni los médicos de urgencias.  Fue un período muy intenso,  en el que comenzaron a dar quimioterapia a mi suegro, nos concedieron de milagro la hipoteca que nos permitió dejar el alquiler y venirnos de neo-rurales, firmamos nuestro compromiso civil como pareja de hecho, y me dejé mimar por cuantos me rodeaban, permaneciendo de baja y tranquila. A pesar de todo, en la ecografía de semana 22 me dijeron que había oligoamnios severo, el bebé estaba como un pececito sin agua: lo que había manchado no era sangre sólo, sino todo el líquido amniótico que protege al feto, perdido poco a poco, tras haberse roto su bolsa posiblemente en semana 20. Me recomendaron abortar, dada la alta probabilidad de que el bebé naciera con malformaciones físicas y psíquicas por crecer sin agua, y porque una infección podría matarnos a los dos. Nos instaron a decidirlo rápido, porque en la Sanidad Pública, donde estaba ingresada, no podía quedarme –se declaran todos objetores de conciencia-, tenía que ser en una Clínica abortista, y nos salíamos del plazo legal estipulado. ¿Y deshacerme del bebé a quien tanto amaba, sin seguridad 100% de que era inviable? ¿Y destruir, con él, mi esperanza de ser madre, de traer un hijo a esta familia, de dar vida a una criatura a quien poder acompañar y hacer feliz? ¿Y echar por tierra el esfuerzo económico y emocional de tantos años de intentos de gestación frustrados? No parecía haber salida. Decidí que no sería tan egoísta de traer al bebé a cualquier precio, aunque pudiera nacer con graves deformidades o parálisis cerebral, pero quería un parto natural, cuando viniera, no una extracción fetal a trozos en una clínica privada. Y me insistían en que no podía ser. Sólo una doctora que me visitó en festivo, me dijo que ella, bajo cuerda, me recomendaba dejar el reposo y caminar, para acelerar un parto prematuro, si estaba el bebé en salir. Y por fin empecé con contracciones la noche antes de tenernos que ir a la Clínica asignada. El médico nos trajo el alta, para que nos fuéramos por la mañana incluso en proceso de parto, Jose diciendo que cómo me iba a ir así, el doctor insistiendo en que le daba igual en metro que en autobús –literalmente-, pero que nos fuéramos. Creo que al final o su equipo o el alboroto que se formó en el pasillo, le convencieron, porque me subieron a paritorio, y tras quince horas nació el pequeño, ya todo formado, precioso, pero muerto. Cuánto agradecí que lo dejaran un rato con nosotros, antes de meterlo en ese enorme bote con formol y llevárselo al laboratorio. ¡Qué sufrimiento!

Más experiencias...
Carmen García
  Mónica de la Maza
  Leonor García
  Susana Valero
  Jesús Mena

En fin, estuve de baja un mes más, y me incorporé al trabajo y a la vida que continuaba, aunque sin el pequeño a quien yo había soñado correteando por el jardín. El informe de Anatomía Patológica nos informó de que era un feto sin alteraciones morfológicas, radiográficas ni cromosómicas. Nadie sabe porqué se rompió la bolsa.

A los pocos días recomendé a mi madre irse a Urgencias, por dolor costal y tos persistente, de los que no me había dado cuenta mientras estaba en el Hospital, y acabaron diagnosticándole, tras muchas pruebas, cáncer de pulmón. El mismo por el que falleció mi suegro, finalmente, el 9 de noviembre. Yo creí que me moría, muerto mi hijo y en riesgo vital mi madre. ¡Vaya año 2008!

Pero no me he muerto. Ni ella tampoco, aunque le han quitado -tras la quimio- el pulmón entero, la pleura y la costilla. Es más, está planificando volverse a incorporar a su trabajo, y no quiere ni oír hablar de jubilación a sus 64 años.

Yo hice dos intentos más de embarazo, sin éxito, y tras dos meses de píldora otro intento más... ¡¡¡positivo!!! Y a las dos semanas de la enorme alegría, ¡otra vez la angustia de sangrar! Por eso estoy de baja desde hace un mes, aunque llevo sin manchar 12 días. ¿Qué pasará esta vez? Sé que las madres que rompen bolsa tienen más probabilidades de romperla en los siguientes embarazos, aunque también sé que cada vez es distinto... ruego a Dios que si se rompe otra vez, sea a partir de la semana 28, cuando ya la criatura es viable.

En fin, hasta aquí os he compartido mis experiencias y mi miedo. Ahora os esbozo una reflexión que me surge del libro de Laura Gutman “La Maternidad y el encuentro con la propia sombra”, que encontré en la Biblioteca Municipal el otro día.

Plantea esta terapeuta que “…el bebé siente como propio todo lo que siente su mamá, sobre todo lo que ella no puede reconocer, lo que no reside en su conciencia, lo que ha relegado a la sombra.” De esta manera, cada bebé se convierte en una oportunidad de crecimiento para su madre, y por ejemplo, si sigue llorando después de satisfechas sus necesidades básicas, cabe preguntarse ¿por qué llora tanto su mamá?

Esto me hace pensar mucho en mi bebé muerto. Yo me dedico a cuidar profesionalmente a otros, como psicóloga y como enfermera, a tratar de devolverles a la vida, al amor. Lo que de mí sale a la luz es aparentemente el deseo de dar vida, la acogida cordial, ¿cabe que tenga relegados a mi sombra los deseos de morir y matar, el odio, el rechazo a la vida, el desprecio? Si mi hijo quedó sin su bolsa protectora, ¿qué es lo que está desprotegido en mí? ¿Qué es lo que en mí se muere antes de haber madurado? ¿Cuáles son las necesidades que no cubro, en qué tengo que reparar mi bolsa? Quiero hacerme cargo de mí también en lo que no es obvio, en los deseos y necesidades relegadas. Para que no tengan que manifestarse en forma de somatizaciones de esta nueva criatura que gesto, ni en forma de enfermedades o insatisfacción para mí.

Dice Laura Gutman que su terapia consiste en “Ayudar al adulto a preguntarse por su propia historia en términos emocionales, qué cuidados recibió, qué reconocimiento de sus necesidades primarias siendo niño, cuáles fueron satisfechas, qué elecciones ha hecho en su adolescencia y adultez, y con qué grado de conciencia, qué deseos fundamentales están esperando aún su turno y qué capacidad hay para mirarse en el espejo de su corazón y preguntarse qué quiere y qué puede ofrecer.” A eso voy a dedicarme en este periodo de reposo, en el que tengo tiempo de reflexionar, de aburrirme, de dormir mucho, de pensar en mis pacientes derivados ahora a otros, de crecer por dentro y madurar... ¿Y por dónde voy a empezar? Pues también lo sugiere la autora, y yo os invito a todos a hacerlo “…cierra los ojos, pon las manos en el corazón y pide un deseo loco, imposible, indecible... ese será tu tesoro, tomar en serio esos esbozos de deseos y potenciarlos, para que se conviertan cotidianamente en realidad”.

Un abrazo fuerte a todos.

Ana de Castro

Comparte:

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Nos interesa saber vuestras opiniones, envíalas aquí