Nº 87 Mayo de 2009 - Año VIII
ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Escuela Escritores| por Eduardo Kahane
Te cuento
Ginebra, Suiza
 

A Muriel

Padre, ese traje que llevabas no parecía tuyo. Seguramente te hiciste con él en alguna compraventa o en el Monte de Piedad, aunque no creo que supieras dónde quedaba aquella triste casa de empeño. Yo en cambio recuerdo bien que estaba en una de las calles que bajan hacia el puerto desde la Plaza Independencia, porque en un momento de necesidad empeñé un reloj. Aún hoy tengo presente los rasgos tallados en madera de aquel tipo siniestro detrás de una rejilla, que con cara de hacerme un favor me ofreció una cantidad irrisoria. Pero tú no podías saber dónde estaba porque era conocido como un antro para indigentes criollos y acababas de llegar. ¿Cuánto hacía? ¿Un año? ¿Dos? Muy poco, porque todavía escribías la letra i en castellano con la jota polaca, y la palabra Uruguay te resultaba un jeroglífico.  Estabas delgado como un junco y sin embargo aquella americana te quedaba pequeña. La mantenías cerrada con una mano tímida. No debía de tener ni botones. Eso sí, por debajo, llevabas el chaleco de terno abotonado y la camisa blanca –sin el cuello almidonado de quita y pon que se estilaba entonces –escrupulosamente cerrada. El cesto lo apoyabas en el suelo, pegado a aquellos pies respetuosos, tan juntitos, que siempre me llamaron la atención, y de los zapatos raídos, sobados por el barro de los kilómetros que recorrías a diario entre chacra u chacra.

En aquel tiempo te movías por la calle Industria, en la barrio de la Unión, o mejor dicho, por la calle Industrja en la Unjon, como apuntaste detrás de la foto. Lo que hoy s una zona de trabajadores y casitas bajas, siempre pobre pero con una calle principal ancha y muy comercial, no era sino una sucesión de terrenos ocupados por granjas precarias, con pocas construcciones sólidas y muchos gallineros y conejeras de chapa acanalada y material de desecho. Entre aquella pobreza te tocaba ganarte los cuartos. Vendías a plazos porque no podían pagarte de una vez ni siquiera los chirimbolos que llevabas en el cesto. Cepillos, un par de latas de conservas, un espejo, un sombrero de paja, peines, algún portarretrato, hilos de coser, un bastidor para bordar y tres o cuatro cortes de raso de flores tristes con los que las señoras más hábiles podían confeccionar una blusa dominguera.

Mi mayor asombro no lo producía que consiguieras vivir de aquellas migajas, sino el viejo chambergo en la mano izquierda, la misma que sostenía una correa para echarte a la espalda el cuévano de mimbre. Te tocabas con sombrero y vestías terno y camisa clara mientras le dabas esquinazo al hambre. En ti la pobreza y la dignidad iban de la mano. Lo supe mucho después y no alcancé a decirte que a tu edad pasé también por malas rachas. Tenía hambre, pero no sabía que era pobre, mucho menos miserable. La vida me requería con tanta fuerza y alegría que no había lugar para sentir pena de mí mismo.

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Perdona que me haya llevado tanto tiempo comprender, pero ayudaste poco. No hablabas. Y esto me cayó como una encomienda. ¿No estarías esperando que te lo contara? ¿O sin que tú abrieras la boca yo relatara tu propia historia? Pues mira, así como te veo ahora, has estado presente para mí estos años. Muchas veces te he sorprendido en el metro. Me he puesto delante de ti, curioseando entre las carátulas de clores perfectamente ordenadas en el suelo y mirándote vender cedés pirata por tres duros. El pecho se me cuelga de la garganta porque sé exactamente quién eres y de dónde vienes; tú, en cambio, no puedes reconocerme. Una vez llegaron los municipales y como por arte de birlibirloque lo envolviste todo en una manta y desapareciste. Me quedé delante de un muro, vacío, pensando que había tenido una visión. Pero no. Te has aparecido otras veces. En pequeñas tiendas de ultramarinos, en una sastrería, detrás del mostrador de un <<todo a cien>>. Estabas detrás de un siciliano de cara angulosa y piel cobriza recién bajado del barco. Llevabas una gabardina impecable y había conseguido un trabajo de peón en la construcción. Lo pusieron a cavar una zanja, pero no pudo acabar ni su primera jornada. Lo vi marcharse, mirándose las manos, llorando.

Estás cuando me veo sin casa, sin raíces, sin horizonte para el descanso. Estás más de lo que realmente quisiera, te asomas en pateras, en playas, milagrosamente rescatado con vida. Una tarde, te quedaste mirando a la cámara con esos ojos perdidos por la determinación y el ensueño, ajeno al dolor y a la luz.

No solías hablar; tal vez ahora escuchas. Eso querías, ¿verdad? A medida que te cuento veo que tu historia se va pareciendo a la mía. Quizás por eso, en mis idas y regresos, me ha acompañado este espejo circular y pequeño que empezó siendo tu viejo retrato en sepia.

 
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