Nº 91 Septiembre de 2009 - Año VIII
ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Escuela Escritores| por Javier Sagarna
Polinesia
Madrid, España
 

Este cuento fue escrito como prólogo del libro Tusitala, de la Escuela de Escritores.

En la panda le llamamos Nano y, desde que lo conozco, tiene un deseo por cumplir.

-Cualquier día agarro un avión y me largo a la Polinesia- Dice un sábado cualquiera, a la tercera caña. Y enciende un pitillo y se queda unos segundos como ensoñado, la vista fija en el mentiroso oleaje de su cerveza.

Y no es que Nano sea un viajero infatigable, ni que pueda recitar de memoria pasajes enteros de La isla del tesoro o haya sentido alguna vez ganas de amotinarse  para tomar el control de la <<Bounty>>. Ni mucho menos. Tampoco puede decirse que trabaje más duro que la mayoría, ni, desde luego, que sepa localizar la Polinesia con precisión sobre un mapa. Nada de eso. Nano vende embutidos, resulta bajito visto de cerca y es de los que, puestos a naufragar, prefiere hacerlo en noche de sábado en cualquier café tranquilo y lleno de humo. Lo que ocurre es que Nano piensa en la Polinesia como otros piensan en el Paraíso o en Shangri-la.

-¿Te imaginas?- me dice pellizcándose la mejilla. A Nano le hubiera encantado atreverse a tener bigotes, un mostacho enorme, de mariscal prusiano-. Sentarse a tocar el ukelele en la puerta de una cabaña de hojas de palma. Al atardecer. Junto a la playa.

Si le dejo puede pasar la noche tomando gin tonics y hablando sin tregua de la brisa entre los cocoteros y del sereno batir de las olas sobre la arena, de los gritos estridentes de los albatros, del agua blanca, verde, añil, rosada, del sordo golpear de los cocos maduros que caen a tierra, de las velas que, más allá del arrecife, cortan el horizonte como aletas de tiburón, de la sal…

-Lo malo en esos sitios es siempre la sal, que todo se lo come- afirma convencido. A esas alturas es fácil que Nano ya se tambalee un poco y que, bajito como es, se aferre a la barra del bar como a un mástil quebrado que arrastra la marea.

Lo cierto es que no cuesta nada imaginárselo como un Robinson Crusoe corto de talla y cubierto de sal, los rayos del sol reflejándose y descomponiéndose en diminutos arcos iris sobre su espalda. Nano a la sal, con una manzana en la boca y un tropel de caníbales pintarrajeados a punto de hincarle el diente como a un cerdito. Igual que al pobre capitán Cook.

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Pero Nano no duda, está convencido de que en su improbable cabaña polinesia disfrutaría como el que más, y, mientras la camarera le sirve otra copa, con cuatro adjetivos se pinta un Gauguin de nativas semidesnudas -<<sin otro vestido que esas guirnaldas de flores y falditas de paja>>, matiza-, que le abanican mientras tañe las cuerdas del ukelele bajo el crepúsculo sin par de Bora-Bora.

Nano habla y disfruta, pero los dos sabemos que nunca pondrá el pie en ningún atolón de la Polinesia. En el fondo –él lo sabe tan bien como yo-, es hombre de tierra adentro y se lo comen los nervios en cuanto se aleja más cincuenta kilómetros de la Puerta del Sol. Así que lo dejo hablar cuando se pone melancólico y, en contrapartida, él me deja que le cuente mis líos con la escritura, que un sábado cualquiera, allá por la tercera caña, le enseñe este libro ya maquetado, a falta tan solo de mi presentación.

-Tusitala- dice, y toma al libro como a un recién nacido-. ¿Y ese título?

Y yo apuro mi vaso y le explico que era así como los nativos de la Polinesia llamaban a Stevenson, -<<a Robert Louis Stevenson>>, puntualizo sin poder evitarlo-, y que significa el narrador.

-¿Les contaba historias?- pregunta con interés.

-Las escribía.

-Las escribía- repite, y tras un breve silencio añade asombrado-. En la Polinesia.

Y se queda un largo rato pensativo, pasando las páginas del libro, ojeando los textos de sus 118 autores, esta Polinesia de relatos y poemas construidos con una rara mezcla de trabajo e intuición, un archipiélago de frases brillantes, de palabras precisas y personajes vívidos, que parece querer decir algo. Pasa páginas, ojea, lee a ratos, un párrafo aquí, un cuento allá, pero no levanta la vista.

-¿De dónde saca esta gente tantas historias?- me dice algo sorprendido cuando por fin me devuelve el libro.

No me reprimo.

-De la Polinesia- respondo. Y nos reímos cada uno de lo nuestro, y nos tomamos aún alguna copa y luego él se encamina a la puerta tambaleándose, usando el paraguas como bastón, y se me ocurre que solo le falta un loro en el hombro para hacer un excelente John Silver.

-Hasta luego, Tusitala- me dice con sorna. Y se marcha muerto de risa.

Vuelvo a casa despacio, dándoles vueltas al libro y a Nano- sí, con veinte centímetros más haría un estupendo John Silver- tratando de atrapar la sombra de una idea dentro de mi cabeza.

En cuanto llego a casa enciendo el ordenador y empiezo a escribir.

Medio minuto después estoy en la Polinesia.

 
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