
Curro siempre había tenido problemas para levantarse por las mañanas. En el colegio le castigaban porque llegaba tarde, y ahora, metido en la edad adulta, perdía por ello un empleo tras otro con regularidad. Le dije un día frente a una cerveza (yo) y un chocolate con churros (él) que se comprara un despertador digital, de esos con el chip japonés y el piar denteroso. Se rió sin ganas ante la inocencia de mi propuesta, y procedió a contarme los
pormenores de su eterna lucha contra el sueño.
Su primer intento serio por vencer el sopor mañanero lo hizo con el despertador de su abuelo; el de Vallecas, el que se quedó medio sordo por un obús durante la guerra. El despertador era un engendro monstruoso con un tic-tac que hacía estremecer el agua del vaso en la mesita de noche y que ya la primera mañana provocó que el gato de la vecina de arriba, un tanto histérico y con tendencia a saltar de medio lado al ver su propio reflejo en el
espejo, se cayera por la ventana del sexto al oír tan tremendo timbre. Como Curro es Curro, a los catorce días ya se acostumbró al soniquete y dejó de oírlo. Su solución de aumentar el número de los agresivos artilugios conforme se aclimataba al ruido chocó con la incomprensión generalizada de los vecinos, que se quejaban de ventanas resquebrajadas, mascotas desquiciadas que corrían en círculos todo el día o abuelas ingresadas en el servicio de cardiología con taquicardias crónicas.
«Y un día llegó la policía y me confiscó todos los relojes —relató resignado mientras removía el chocolate con medio churro—. Pero no me di por vencido».
Curro es que tiene alma de inventor. Se sacó de la manga un sistema basado en la aromaterapia. Usaba distintos aceites en cacerolillas de hojalata esparcidas por el dormitorio, que se calentaban gradualmente conforme a un sistema de resistencias pre-programadas. Al evaporarse, esparcían fragancias diversas que por primera vez le sacaban de la cama de forma infalible. Usaba distintos aromas según cómo tuviera que enfrentarse al quehacer cotidiano: aceites concentrados de café cuando le esperaba un cliente agresivo, de hígado de bacalao revigorizante cuando el pronóstico del tiempo anunciaba una semana gris, y de esencia de vainilla los fines de semana en que llevaba a la churri de turno a remar al estanque del Retiro. Lo tuvoque dejar también, me confesó con un suspiro, porque a Chalao, su perro mil leches, amigo inseparable, le daba por chutarse lamiendo las cacerolillas. Después de la segunda visita de urgencia a la clínica veterinaria de su cuñado, este le advirtió que la próxima vez que le pillara usando al pobre animal como conejo de Indias en experimentos químicos no autorizados, cuñado o no cuñado, le iba a denunciar.
«Pero lo del conejo de Indias me dio una idea —murmuró inclinándose hacia delante—. Me puse en contacto con un instituto de ingeniería japonés, donde investigan con formas de integrar fibras luminosas en textiles con vistas a distintas aplicaciones en el hogar. Ahora colaboro con ellos en el desarrollo de un prototipo con posibilidades increíbles. Desde hace
una semana duermo con una colcha que se ilumina por las mañanas, y que poco a poco llena la habitación con una luz que simula el espectro solar y que se te cuela por los párpados y te espabila como nada. Esta va a ser la solución, lo presiento. Pero no lo cuentes por ahí, que es muy secreto».
El error que cometieron los ingenieros del imperio del sol naciente fue subestimar la capacidad de aclimatación del subconsciente de Curro. Ya a las dos semanas de empezar a usar la colcha, Curro dormía feliz a pata suelta hasta que le daban las tres de la tarde, envuelto en una luz resplandeciente que le hacía soñar con interminables playas caribeñas iluminadas por el sol. Por eso, en un arrebato poco meditado, el equipo de ingenieros le pegó un sensor en la frente, que realimentaba la potencia de las fibras luminosas de la colcha según la profundidad del sueño. Cuanto más durmiera Curro, más brillaría la colcha.
Y ahí fue cuando el tema dejó de ser un secreto para pasar a convertirse en el foco de atención de todos los periódicos del país y alguno del extranjero. El sistema de realimentación funcionó en todo excepto en despertar a Curro. Tras dos semanas más, el fulgor que irradiaba la colcha tenía ya calidad de supernova. Ni cortinas ni visillos ni persianas ni almohadas podían contener aquel torrente de luz que anegaba la ciudad. A eso de las seis y media, cada madrugada de aquel invierno, periquitos, caniches, bebés, jubilados, panaderos, serenos y hasta algún que otro geranio en un radio de cinco kilómetros abrían los ojillos inyectados en sangre con un sentimiento de desesperación. Todos despiertos. Todos, menos Curro.
Los vecinos presentaron quejas formales. También organizaron corrillos de protesta con pancartas frente a su portal, aunque esto último no resultó muy eficiente porque los protestantes se dormían en los bancos. Pero no fue hasta que toda aquella contaminación luminosa empezó a influir en el tráfico aéreo de Barajas y a afectar a las costumbres migratorias de un par de especies aviares en peligro de extinción, cuando se puso fin al experimento de forma oficial. Los japoneses se llevaron la colcha a Japón. En el vecindario
se decretaron tres días de fiesta, que todos se pasaron en la cama. Y durante un tiempo, no supe nada de Curro.
Hasta hoy.
Hoy he recibido un telegrama.
«paco cómo va colega STOP encontrado nuevo trabajo cortado a mi medida STOP muy contento STOP sigo con asunto colcha japoneses STOP compatible incluso deseable para nuevo trabajo STOP definitivamente no más problemas con vecinos STOP único problema no hay churros STOP manda receta y churrera STOP adjunto dirección STOP faro fin
del mundo s/n ultima thule STOP tu amigo curro STOP». |