Nº 92 Octubre de 2009 - Año VIII
ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Escuela Escritores| por Lucía Ardila
Esa llamada
Medellín, Colombia
 

A mi papá

“Espero que esté muerto”, pensé mientras me dirigía al lugar del accidente. Caminaba lentamente y pensaba que no me agradaba la idea de lo que iba a ver. No quería verlo ni herido, ni sano, ni vivo, mi muerto; sencillamente no lo quería ver, ni hoy, ni nunca.

Mi esposa, Lola, acababa de ir en el carro a ejercer su voluntariado con los ancianos. Mi hija, Marta, me dijo que cuando saliera de su trabajo iría al colegio a recoger a sus tres hijos y vendía para acá a cenar con su esposo Ricardo. Yo adoraba la visita de mis nietos. ¿Pero Ricardo? Se me amargaba el rato con sólo verlo; Marta aún tenía en el cuerpo rasgos de la última golpiza que le dio cuando llegó borracho de la casa de su amante. Le he dicho Marta de todas las formas posibles que lo deje, pero ella tiene mucho miedo.

Yo acababa de llegar a casa, un colega me trajo desde el consultorio y se fue. No había acabado de descargar mis cosas cuando sonó el teléfono:

-¿Es la casa de Ricardo?

-No, es la casa de sus suegros. El no está aquí.

-Sí, eso lo sabemos.

-¿Entonces?

-Ricardo tuvo un accidente y necesitamos que se haga presente un familiar lo más pronto posible.

-¿Dónde está? No tengo un carro aquí en este momento.

-Está en la vía angosta de la carretera por donde se sale para El Rincón. Por favor, venga pronto.

-Bueno, voy para allá; pero llega me tomará por lo menos una hora pues tengo que ir caminando...

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No pregunté cómo estaba ni qué había pasado con exactitud. Lo único que vino a mi mente fue un perverso deseo que me dejó mudo, avergonzado de mí mismo.

-Ya salgo-les dije.

Fui caminando por la carretera treinta, una vía muy transitada, llena de carros que iban y venían a toda velocidad, pitos, gritos..., un afán que me era del todo ajeno, tanto que ni siquiera se me ocurrió tomar un taxi; caminar me ayudaba a despejar la mente y tratar de eliminar ese pensamiento, el deseo de encontrar un hecho irreparable. Imaginé contarle a mi hija: "Está muerto. Yo lo vi con mis propios ojos. Ya nunca te va a molestar y vas a poder educar a tus hijitos con la imagen hermosa de un padre muerto y liberarlos de la identificación con ese irresponsable, mujeriego y buscapleitos."

Dios mío, ¿qué es esto?, ¡qué estaba pensando!, ¿me estaba volviendo loco? Pero mis pensamientos iban más rápido que la razón, iban tan rápido que tenía la sensación de no ir caminando, de estar quieto. Sentía que la gente me miraba extrañada, como si estuvieran viendo una figura que se movía en cámara lenta.

De un momento a otro me sacó de mi mismo el pito de un carro que paró y alguien que gritaba:

-José Luis, José Luis, ¿a dónde va, lo llevo?

No supe qué contestar, lo miré con la sensación de no reconocer a la persona que gritaba, lo miraba pero no lo veía, no podía saber quién era y seguí caminando sin darle importancia alguna. Debió pensar que estaba loco. Estaba en un trance en el que se me confundían la angustia y el miedo y tenían imagen fija en la mente: Ricardo en un cajón funerario, cerrado. Nadie lo podía ver.

Crucé el puente y sentí la necesidad de salir corriendo, no sé si para llegar más rápido o para huir de mis pensamientos. No eran míos, no era yo. Traté de distraerlos observando las calles: me parecieron angostas, vi que no tenían pasos peatonales ni rampa para minusválidos y muchísimo menos carriles para bicicletas; estaban llenas de huecos, las alcantarillas destapadas y los semáforos no funcionaban. Los trancones eran fenomenales. ¡Qué delicia ir a pie!, no tener que sudar dentro de un carro sacándole la madre a todo lo el que se atraviese y escuchando madrazos de todo el que se pase.

De pronto regrese a mí, pensé en lo que diría mi esposa y mi hija si pudieran leer mis pensamientos, esos deseos y esa rabia que no abandonaba mi mente. Somos personas de bien; ¿cómo podrían imaginarse lo que pensaba? Me despreciarían por siempre.

Un empujón me saco de mis cábalas. Había mucha gente y muchos carros alrededor de un tumulto y una gritería. ¿Dónde estaba? Era la carretera de salida hacia El Rincón. Era el lugar del accidente. Quise devolverme rápido, hacer como si nunca hubiera recibido esa llamada, esperar a que alguien me contara lo sucedido y reaccionar como es debido. Pero ya era demasiado tarde, cuando traté de voltearme hacia atrás volví a oír mi nombre:

-¡José Luis, José Luis!

Era mi esposa, había llegado antes que yo en lugar del siniestro.

-Ricardo tuvo un accidente, Marta está con él. Ven pronto, hace más de una hora llamaron y no llega la ambulancia. ¿Trajiste tu maletín?, ¡haz algo! ¡Todavía respira!

Me acerqué rápidamente e inicié los procedimientos médicos que me correspondían. Cuando procedí a ejecutar el proceso de resucitación, Marta, mi hija, su esposa, se acercó muy delicadamente a mi oído y, hablando para que sólo yo la oyera, me susurró despacio: "Papito, déjalo morir, por favor, enterrémoslo para siempre". Me paralicé. No hice nada. Sólo la miré a los ojos y lo único que vi en ellos, pasando como una película, fueron mis propios pensamientos.

 
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