
«Y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una
araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar
lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico.
Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse
esa cosquilla molesta del estómago».
Julio Cortázar. «Las babas del diablo»
Yo es que hay veces que me descongojo. El día que me senté por primera vez en una clase de Escritura creativa, un viernes de noviembre no hace ahora ni seis meses, Ángel Zapata, el profesor, nos preguntó por qué estábamos allí. En mi caso, estudié periodismo porque quería ser escritor, trasnoché porque quería ser escritor, hablé con palabras de citas prestadas porque quería ser escritor y bebí muchos whiskies solos porque quería ser escritor; eso sí, muchas noches y copas después, no había escrito ni la primera frase de un mal cuento. Más tarde abandoné el periodismo, me casé con una escritora y terminé trabajando en esta escuela —de escritores— para descubrir lo evidente: para ser escritor, además de disimular, hay que escribir (es lo que tienen las evidencias: en su simplicidad, resplandecen aterradoras ante nuestra ceguera). De modo que podríamos decir que estaba en aquella clase de Escritura creativa de Ángel Zapata para saber por qué era incapaz de escribir una sola línea.
Recuerdo que después de soltarlo, me entró así como una risita nerviosa, para adentro; una risa que aleteaba en la lengua, vibraba esófago abajo, retumbaba en el estómago hasta que su eco se extinguía y reposaba allí, como medio muerta o aletargada, madurando esa «cosquilla molesta» que leo en la cita de Cortázar que han elegido para titular este libro y que me resulta tan familiar desde entonces.
Porque me ha pasado a menudo durante este curso, y supongo que a ustedes también les sucedería algo parecido. Por ejemplo, uno está en su casa, frente al ordenador, tratando de escribir un prólogo o el relato que incluirán en este libro, un domingo por la tarde. Abrimos el procesador de textos en la computadora y en cuanto aparece el documento en blanco descubrimos que la risa, que hibernaba agazapada dentro del estómago, sigue allí como el dinosaurio de Monterroso. La cosquilla molesta, la congoja, se despereza. Inquietos, cerramos la pantalla del procesador, entramos en Internet y echamos un vistazo a las noticias con la esperanza de que ocupar la mente en otra cosa nos alivie la picazón: el carrusel deportivo dice que nuestro equipo va perdiendo y parece que este año el descenso de categoría será irremediable; las noticias económicas hablan de la Gran Recesión— «de momento», apuntilla a continuación el titular para alimentar la aflicción—; la mayor ciudad del mundo en cuarentena y, al otro lado de la frontera, Estados Unidos decreta «emergencia de salud pública» ante la pandemia de gripe porcina. Constatamos otra evidencia: salir al patio, huir del documento en blanco, unirse al club de los Bartleby, no consuela.
Ahora recurrimos a una presunción: ustedes reparan en que escriben un relato para una antología que leerán sus doscientos dos compañeros y sus familias y sus amigos y sus lectores, y yo recuerdo que escribo un prólogo para todos ellos, mi esposa, mi hermana y mi madre, o sea, todas esas personas que tienen un alto concepto de nosotros que en ningún caso debe ser defraudado. Nos imaginamos —los doscientos tres— sentados en nuestras sillas, detrás de las pantallas, todos alineados en una larga hilera de mesas de oficina, uno tras otro, con nuestros respectivos doscientos tres documentos en blanco y sus familias, sus amigos, sus lectores, mi esposa, mi hermana y mi madre…, pero tan solos con las tripas atenazadas por la congoja. Evidenciamos entonces que, aun en el caso de que lográramos que la percepción de los lectores coincida con el alto concepto que tenemos de lo que escribimos (la gloria literaria, vamos), eso tampoco nos reconforta.
Y mientras tanto seguimos avanzando a trompicones, intuyendo que todos hemos pasado las tardes de muchos domingos de los últimos meses así: eligiendo el tema, dibujando al protagonista, esbozando el conflicto, planificando el cambio, adecuando el tono, escarbando en la implicación emocional, rascándonos la tripa: escribiendo. Cada vez que ajustamos una de esas piezas, la congoja se va diluyendo, poco a poco, hasta que los relatos comienzan a fluir como ahora avanza este prólogo hacia el final, aunque sea abruptamente. Y es en este momento, con la tarea cumplida, cuando la cosquilla molesta sacude por última vez el estómago, se escapa esófago arriba, vibra entre los dientes y explosiona en una carcajada de satisfacción. Aliviados, nos descongojamos a gusto, por fin. |