
Para aquel señor que se marchó sin despedirse.
El ex niño prodigio
Tengo dieciséis años, soy un chaval bastante feo, según mi madre y sus amigas, aunque, la verdad, yo me veo mi gracia. Como de pequeño yo era niño prodigio porque era muy mono, cantaba muy bien y todas esas chorradas, pues rodé algunas pelis infumables. El caso es que la pirada de mi madre, que también es ex niña prodigio porque a los tres años bailaba claqué y también era muy mona y todas esas chorradas, pues cree que estoy traumatizado por haber pasado de ser un niño prodigio a un adolescente feúcho y vulgar. Bueno, que me obliga a ir al psiquiatra dos veces a la semana y, como me aburro, porque además el psiquiatra este es un pringado insoportable, pues me dedico a hacerme el pirado y me invento cosas y pongo caras raras, caras de pirado. El otro día le conté que creía que me perseguía una barriga gigante, un supermichelín. Le dije que yo sabía que estaba allí, al acecho, esperando para engullirme y, entonces, miré de reojo hacia su papada y su barrigota. El colgado del psiquiatra sabe que hago cuento, pero me sigue el rollo para cobrar y todo eso, y le dice a mi madre que evolucione, despacio, pero que evolucione adecuadamente. Disfruto contándole historias raras con barrigas y michelines porque el tío tiene un complejo de gordo que no puede con él y se le nota. Además, es calvo y un poco cojo. Es el tío más acomplejado que conozco y va y resulta que este tío me tiene que ayudar a mí. Mi vida es un chiste.
Bueno, el caso es que ahora estoy esperando para entrar a la consulta con el pirado gordo este. La señora Berger es su ayudante, es una mujer muy... no sé. A mí me da miedo. Además, es de esas mujeres, como mi madre, que sobreactúa. Que no es natural. Que se le nota que siempre está actuando. Mi madre, la pobre, es una actriz lamentable. La pobre tendría que haber nacido cuando el cine mudo porque con lo que sobreactúa. Es terrible, sus pelis son lo peor que he visto, realmente bochornosas. ¡Pobre mujer, qué carrera tan patética!
En fin, que dice la señora Berger que me espere un rato porque el doctor está acabando unos informes. Seguro que el pringado se está probando una faja de esas que anuncian en la teletienda.
Los policías
En aquel mismo instante, una pareja de policías patrullan por el centro de una gran ciudad, una ciudad cualquiera, una masa amorfa y delirante llena de coches, edificios grises y rostros anónimos, casi clónicos.
-López, te veo muy apagado hoy. ¿Otra vez ha habido bronca con tu mujer?
-Ay, Gómez, yo qué sé... Uf, ya sabes... la vida de pareja.
-¡Qué me vas a contar, López!
-Ya ves.
-Ta te digo.
-Así estamos...
-No me digas más, López. Bueno, tú ya sabes que si puedo...
-Sí, Gómez, claro.
Mientras nuestra pareja de policías charlan sobre sus cosas, sobre insignificantes vidas, algo les interrumpe, algo que les aleja vertiginosamente de sus cavilaciones y les sumerge con violencia en la más pura realidad, en la realidad de la calle, de la vida, del tumulto informe y desquiciante de la gran ciudad.
<<A todas las unidades, tiroteo en la calle Pez, tiroteo en la calle Pez>>, dice una voz metálica que pronuncia tan terribles palabras con la frialdad del acero inoxidable.
-Gómez, estamos al lado. Vámonos de aquí, que ya sabes que a mí la sangre...
-Claro, López, anda que tengo yo el cuerpo para esto.
-Ya ves, Gómez.
-Ya te digo, López.
-Un tiroteo a estas horas.
-Ya ves.
-¡Pues solo faltaba eso!
El colgado
Un grito escalofriante emerge desde algún lugar de aquella urbe. El aire vibra atemorizado y la muerte se materializa, con tanta rotundidad que todo lo demás se desvanece. El psiquiatra con sobrepeso cuelga de un grueso cinturón de cuero atado a la barra de la cortina. Sus pies, diminutos en comparación con el resto del corpachón, se mueven en círculos dando golpecitos de cadencia regular en la pared.
-Señora Berger, ¿qué pasa?
-Muchacho, no entres ahí. Ha ocurrido algo espantoso. Debo llamar a la policía –dice la mujer con el dorso de la mano en la frente.
Esta tía sobreactúa más que mi madre, menuda zumbada, otra del cine mudo. ¿Se le habrá roto la faja al pringado del psiquiatra? Voy a entrar.
¡Menudo colgado! ¡Anda que vaya ayudita me ha buscado mi madre! ¿Cómo habrá conseguido ahorcarse y, lo que es más inquietante, cómo diablos puede aguantar su peso la barra de la cortina?
El código
Nuestra pareja de policías siguen en el feroz laberinto del asfalto cuando, de nuevo, la voz metálica, con su omnímodo control, les sacude las entrañas: <<A todas las unidades: código 6/3 en la calle Desatino. Repito: código 6/3>>.
-¿Qué hacemos, López? Estamos al lado. Desde luego, parece que nos persigue el trabajo. ¡Qué barbaridad! ¡Qué estrés!
-Ya te digo, Gómez.
-Oye, López, ahora mismo no me acuerdo muy bien del código ese que ha dicho... ¿Tú te acuerdas?
-Ni idea, Gómez, pero no me suena mal, será una chorrada.
-Ah, pues vamos.
-Venga.
-Pues venga.
El triste final del psiquiatra gordo
Nuestra pareja de policías llega a la consulta del psiquiatra y lo que observan les sobrecoge de tal modo que ya nada en sus vidas volverá a ser lo mismo. Algo muy dentro de Gómez, muy dentro de López se remueve y estalla en mil pedazos, pedazos de tristeza y desasosiego ante tanta injusticia, ante tanto dolor.
-Gómez, ¡cómo puede aguantar tanto esa barra de cortina?
-Yo qué sé, López. Será alemana.
En aquel preciso instante la barra se rompe y el cuerpo del psiquiatra cae al suelo. |