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Beatriz Martín.
Psicóloga Clínica. Psicoterapeuta acreditada por la FEAP. Máster en Psicoterapia Humanista Integrativa. Actualmente trabaja de Psicóloga Clínica en la Unidad de Psiquiatría del Hospital Son Llátzer de Palma de Mallorca, realizando labores asistenciales, de docencia e investigación. Miembro de APHICE. Miembro de la ATA.
* Premio FEAP 2008 a la Investigación en Psicoterapia |
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RESUMEN
El campo de estudio de la creatividad y la salud mental han permanecido conectados el uno al otro desde al menos tres puntos de vista: el estudio de la asociación de la creatividad y la locura; el uso de distintas ramas del arte como técnicas de intervención psicológica; y la concepción del proceso psicoterapéutico como un proceso creativo. En el presente trabajo se ofrece una visión panorámica de este último punto de intersección: en primer lugar, se señalan las principales líneas de investigación de la creatividad realizadas desde la disciplina de la Psicología y se argumenta la pertinencia de relacionar esos hallazgos con el proceso psicoterapéutico y las variables del terapeuta, del paciente y de la situación creada por ambos. Posteriormente, se realiza una revisión bibliográfica de los acercamientos en el marco de la investigación en psicoterapia que han puesto de relieve alguna dimensión de la creatividad en el proceso psicoterapéutico, el terapeuta o el paciente.
Palabras claves: salud mental, psicoterapia, creatividad, actitudes terapéuticas.
ABSTRACT
The field of study of creativity and mental health has been connected with each other from at least three points of view: the study of the association creativity-insanity; the use of different art branches as a psychological intervention technique; and the conception of the psychotherapeutic process as a creative process. The present article offers a panoramic view of the last intersection point: first of all, it is shown the mayor research lines in creativity from the Psychology discipline and it is argued the pertinence of relating them to the psychotherapeutic process and the therapist, patient and the created situation variables. Afterwards, it is given a bibliographic review of the approaches of psychotherapy that highlighted some creativity dimension in the psychotherapy process, the therapist or the patient.
Key words: mental health, psychotherapy, creativity, therapeutic attitudes.
INTRODUCCIÓN
El campo de estudio de la creatividad y la salud mental no han permanecido ajenos el uno al otro a lo largo de su corta pero intensa historia. De tres maneras, al menos, han permanecido conectados ambos campos de conocimiento.
La primera ha venido de la mano de médicos, psiquiatras, psicólogos y psicoterapeutas que desarrollaron su actividad durante el siglo pasado y que dedicaron un espacio a la creatividad en sus teorías y modelos sobre el ser humano. Alonso (1982) distingue dos tipos de teorías: las que asocian la creatividad con el conflicto (Freud, Jung, Kris) y las que la asocian con la salud mental (Horney, Kubie, Fromm, May, Maslow, Rogers).
Desde ambos tipos de teorías han surgido investigaciones cuyos resultados apoyan la asociación locura – creatividad (Karlsson, 1970; Richards et al, 1988; Jamison, 1989; Andreasen, 1987; Eysenck, 1995), pero también investigaciones cuyos resultados asocian la creatividad a una mayor salud mental. Ante este panorama, han surgido modelos que intentan explicar el sorprendente hallazgo de que los creativos son más “enfermos” y más “sanos” a la vez que la población general (Prentky, 1989; Eysenck, 1995). Por ejemplo, Eysenck (1995) entiende que habría un nexo común entre la disposición temperamental a ciertas psicopatologías y una mayor capacidad de creatividad. Este autor considera esta disposición (el “psicoticismo”) como un componente necesario para el logro creativo, pero inútil sin otros rasgos, como una elevada “fuerza del yo” (que se puede considerar un índice de salud mental) y otras condiciones socioculturales.
El segundo punto de intersección entre la creatividad y la psicoterapia es aquel basado en el empleo de diversas manifestaciones del arte como técnicas de intervención psicológica. En este contexto se encuentran todas aquellas iniciativas que enfatizan los efectos terapéuticos de la expresión artística, por ejemplo, el arteterapia, la danzaterapia, la musicoterapia y la dramaterapia. Cada una de estas disciplinas tiene su historia y sus desarrollos, pero todas ellas tienen en común la concepción de que la creatividad en el arte es fundamental en el desarrollo del individuo y de que en sí misma tiene efectos terapéuticos tales como la expresión personal y de conflictos que de otra manera no serían comunicados, el desarrollo de habilidades personales e interpersonales, la organización interna y la integración de aspectos del sí mismo, la potenciación y afianzamiento de recursos psicológicos como puede ser la autoestima y autoconfianza y finalmente al resolución de conflictos emocionales.
La tercera conexión entre el campo de la creatividad y la psicoterapia tiene que ver con un conjunto de trabajos que entienden todo el proceso psicoterapéutico como un proceso creativo en el que están implicadas variables, con más o menos potencial creador, que tienen que ver con el psicoterapeuta, el paciente y la situación establecida por ambos. Psicoterapeuta y paciente crean un espacio donde el cambio, es decir, la creación de algo nuevo, es posibilitado, gracias a la puesta en marcha por parte de ambos de procesos mentales característicos de los procesos de creación.
El trabajo que a continuación se presenta tiene como objetivo profundizar en esta última cuestión. Para ello, en primer lugar se realiza un breve recorrido por las diferentes investigaciones sobre la creatividad dentro de la psicología, antes de explorar las maneras en que los resultados de esas investigaciones tienen cabida en lo que se entiende como psicoterapia. Posteriormente, se presenta una revisión bibliográfica de los trabajos realizados en el seno de la investigación en psicoterapia que han puesto de relieve alguna dimensión de la creatividad dentro del proceso psicoterapéutico.
LA INVESTIGACIÓN DE LA CREATIVIDAD
Antes de continuar con el tema de la psicoterapia, expondré un breve resumen sobre las principales líneas de investigación en creatividad. La creatividad es un fenómeno humano con una complejidad considerable. Tanto es así que podríamos decir que salpica a todas las ramas del saber y cada una de ellas tiene algo que decir en relación a la creatividad. Su multidisciplinariedad es una característica propia que nadie pone en duda. Dentro de este conjunto de disciplinas, se encuentra la Psicología, que ha abordado aspectos como los procesos cognitivos, la personalidad, la situación en la que tiene lugar, la motivación o el desarrollo de la creatividad.
Dentro de esta disciplina, el acercamiento al estudio de la creatividad se ha realizado desde numerosas perspectivas teóricas. Citemos como ejemplo las que menciona Romo (1997): el psicoanálisis, el positivismo conductista en su versión asociacionista (Mednick), la psicología humanista (Maslow, Rogers), el enfoque diferencialista (Guilford) y el psicométrico (Greeno, Hayes, Simon), el cognitivismo actual (Perkins, Gardner, Weisberg, Csikszentmihalyi, Gruber, Amabile, Johnson-Laird) y el computacional (Margarte Boden).
Pero la complejidad del estudio de la creatividad no acaba ahí. Dentro de cada una de estas perspectivas, los distintos autores se han centrado en diferentes componentes de la creatividad. Un criterio de clasificación habitualmente utilizado en la literatura es el popularizado por MacKinnon (1975): proceso, producto, persona y situación. A continuación me propongo hacer un breve repaso de algunas aportaciones en estas cuatro áreas.
Múltiples estudios se han centrado en la creatividad como proceso, es decir, al cómo se produce el acto creativo. Muchos autores han considerado que el proceso creativo se asemeja al de la solución de un problema, pero con algunas diferencias. Wallas (1926) fue el primero que sistematizó las fases descritas por autores anteriores para la solución de problemas (Dewey, 1910; Poincaré, 1913): 1) preparación; 2) incubación; 3) iluminación; 4) verificación. A lo largo de estas cuatro fases, el creador pone en marcha una serie de procesos cognitivos que tienen como resultado una idea o producto creativo. Pero no sólo la solución debe ser creativa, sino también la formulación del problema (Getzels y Csikszentmihalyi, 1976). Esto se debe a que los problemas a los que se enfrenta el creador potencial son problemas mal definidos, donde no son conocidos ni el punto de partida, ni los componentes ni la meta. Por tanto, para comenzar se hace necesaria una actitud abierta hacia los problemas, entendiéndola como una disposición a buscarlos activamente. Guilford (1967) lo llamó “sensibilidad a los problemas”, que es la habilidad para observar lo extraño o inusual, las deficiencias o necesidades, donde otros no las ven. Esta característica ha sido estudiada e incorporada a varios modelos sobre el proceso creativo (por ejemplo, Getzels y Csikszentmihalyi, 1976; Sternberg, 1988).
Tanto en el proceso de la formulación creativa del problema como en el de la solución se ponen en marcha habilidades de pensamiento que incluyen tanto el pensamiento “convencional” (también llamado convergente, lógico, racional, vertical, y que es el tipo de pensamiento tradicionalmente medido por los tests de inteligencia) como aquel que interviene de manera más decisiva en el pensamiento creativo (para Wertheimer, 1945, es el pensamiento productivo, que reorganiza o reestructura dando paso al insight; para Guilford, 1967, es el pensamiento divergente; para De Bono, 1973, es el pensamiento lateral; para el psicoanalista Rothenberg, 1971, es el pensamiento Janusiano, por citar algunos ejemplos).
La cuestión de la relación entre creatividad e inteligencia ha suscitado un gran número de investigaciones, aunque no ha producido resultados concluyentes. Sternberg y O’Hara (1999) realizaron una revisión de trabajos que intentaron responder a la pregunta de si la creatividad y la inteligencia estaban relacionadas, encontrando todas las posibles respuestas: 1) la creatividad es un elemento de la inteligencia (esta es la posición de Guilford, 1967, Cattell, 1971, y Gardner, 1995); 2) la inteligencia es un elemento de la creatividad (Sternberg y Lubart, 1999); 3) la creatividad y la inteligencia coinciden parcialmente (según Sternberg y O’Hara, la perspectiva más común. El Institute of Personality Assessment and Research, el IPAR, es un representante de esta línea, al que pertenecen los estudios de Barron); 4) la creatividad y la inteligencia son lo mismo, coinciden totalmente (Haensly y Reynolds, 1989; Weisberg, 1986); 5) la creatividad y la inteligencia son dos elementos distintos (no relacionados).
A la hora de estudiar la creatividad no se puede dejar de lado una valoración del resultado del proceso creativo, esto es, sus productos. Es por ellos por los que podemos decir que una persona es o no creativa. ¿Pero quién hace esta valoración? Son los expertos del campo en el cual se realiza el producto quienes pueden valorarlo adecuadamente, atendiendo a unos criterios. MacKinnon (1968) estableció cinco requisitos: novedad u originalidad, adaptabilidad, elegancia, trascendencia y realización. Romo (1997) destaca la transformación (que reformula una situación o campo previo), la condensación (que unifica una gran cantidad de información de una manera sencilla. Similar a la “elegancia”) y el área de aplicabilidad (que genera actividad creadora adicional. El nivel emergentivo de Taylor, 1959). Sternberg y Lubart (1997) afirman que un producto es creativo cuando es original y apropiado, y será más creativo cuanta mayor sea su calidad e importancia.
Por otra parte, la personalidad del creativo ha sido un tema de sumo interés en la literatura, y ha generado una ingente cantidad de investigaciones y resultados en muchas ocasiones contradictorios. Como afirma Torrance (1962), existe una coincidencia general en que los factores de personalidad son importantes en la realización creadora, e incluso, de forma concreta, existen indicaciones de que la personalidad influye a la hora de realizar los tests de pensamiento creador o divergente.
En la revisión que hace Stein (1974), podemos encontrar otros hallazgos: los creativos están orientados hacia el logro; tienen necesidad de orden; son curiosos; son asertivos, dominantes, agresivos y autosuficientes; tienen iniciativa; rechazan la represión, son menos inhibidos, menos formales y menos convencionales; tienen capacidad de trabajo, autodisciplina, perseverancia; son enérgicos y concienzudos; son críticos, aunque menos autocríticos; están abiertos a los sentimientos y las emociones; tienen sensibilidad estética; son introvertidos; se ven a sí mismos como creativos; son intuitivos y empáticos; producen un alto impacto en los otros.
Alonso (1983, 2000) agrupa en las siguientes categorías las conclusiones más comunes sobre la personalidad de los creativos, derivadas de estudios realizados en lo que él llama la década prodigiosa (1960-1970): complejidad, impulsividad, identidad sexual, sociabilidad, disposiciones para el cambio, autoconfianza, autosuficiencia, independencia de juicio, salud mental.
Sternberg y Lubart (1997) destacan cinco características de las personas creativas: perseverancia ante los obstáculos, voluntad de asumir riesgos sensibles, voluntad de crecer, tolerancia a la ambigüedad, apertura a la experiencia, fe en uno mismo y coraje de las convicciones propias.
Feist (1999) considera necesario distinguir las características de los artistas y de los científicos. Aunque comparten algunas características (introversión, independencia, hostilidad, arrogancia, impulso, ambición, autoconfianza, apertura a la experiencia, flexibilidad de pensamiento e imaginación activa), los artistas son más afectivos, inestables emocionalmente, inconformistas y más asociales, mientras que los científicos son más concienzudos y ordenados.
Otra línea de investigación que conecta la personalidad y la cognición son los denominados estilos cognitivos. Estos son un intento de integrar aspectos cognitivos y afectivo-motivacionales. Algunos estilos cognitivos estudiados son la dependencia-independencia de campo (los creativos serían independientes del campo perceptivo, basándose en referentes internos: Spotts y Mackler, 1967), amplitud de categorización (los creativos muestran categorías más amplias, es decir, que incluyen mayor número de elementos, y que entonces ven más similitudes entre elementos que aquellos menos creativos: Pettigrew, 1982), adaptación-innovación (Kirton, 1999).
Otra interesante propuesta es aquella que aborda los distintos estilos en la solución creativa de problemas (por ejemplo, Basadur, Graen y Wakabayashi, 1999; Isaksen, 1995) o la de Sternberg y Lubart (1997) sobre los “estilos de pensamiento”, que definen como las vías preferidas para aplicar la propia inteligencia y saber a un problema o labor. Un estilo de pensamiento no sería por tanto una capacidad intelectual, sino un modo de utilizar las capacidades intelectuales de las que disponemos.
Un aspecto que ha recibido mucha atención es la situación en la que tiene lugar el acto creador, definida por MacKinnon (1978) como “aquellas características de la circunstancia vital y del contexto social, cultural y de trabajo que facilitan o inhiben la aparición de pensamiento y acción creativos” (citado en Puccio y Murdock, 1999).
Pilar González (1981) distingue el clima laboral, el clima escolar y el clima familiar. Existe una larga tradición en el estudio del clima organizacional y su influencia en la productividad, si bien, a juicio de la autora, salvo raras excepciones (Taylor, C.W., 1972, en su obra titulada “Climate for Creativity”), el mundo de los negocios y de la industria ha mostrado al final un superficial interés, centrándose fundamentalmente en la utilización de técnicas creativas aplicadas al producto y ofrecidas habitualmente por expertos ajenos a la empresa. Stein (1975) es un conocido autor que se ha interesado por la estimulación de la creatividad mediante diversas técnicas, fundamentalmente en el contexto organizacional.
Mucha más atención ha recibido el clima escolar y los elementos del mismo que favorecen la creatividad en los niños. Varios estudios se han centrado en las actitudes del profesor que favorecen la creatividad en los alumnos (por ejemplo, Torrance, 1978, o Cropley, 1992, 1997). Nickerson (1999) presenta un buen número de sugerencias para padres y profesores para favorecer la creatividad en los niños.
Respecto al clima familiar, se han estudiado aspectos como el tamaño familiar, el lugar que ocupa entre los hermanos, los intervalos de edad entre los hermanos, el género, el método educativo, acontecimientos traumáticos en la infancia, el juicio parental sobre las manifestaciones creativas de los hijos, los antecedentes familiares de productos creativos, la movilidad geográfica familiar.
Los factores sociales y culturales también han sido objeto de estudio, por ejemplo, Simonton (1975, 1997), que estudió la influencia de los ambientes políticos en la generación de creativos, o Csikszentmihalyi (1988, 1990, 1996, 1999), un autor paradigmático de la investigación sobre creatividad que ha desarrollado un modelo integrador. Éste tiene en cuenta las distintas facetas de la creatividad, prestando especial atención al clima social y cultural.
Amabile (1983, 1996, 1999), otra autora consagrada en la investigación de la creatividad, llama la atención sobre la acentuada negación de la influencia de los factores sociales y ambientales en la realización creativa, y destaca la importancia de desarrollar una psicología social de la creatividad. Estos factores, considera Amabile, deben ser integrados en un marco que incluya factores sociales, de personalidad y cognitivos, y que constituyen básicamente su “modelo componencial”.
Sternberg y Lubart (1997) son un ejemplo de la evolución continua que supone el estudio de la creatividad, añadiendo a sus aportaciones anteriores las de otros autores y proponiendo posteriormente un modelo que incluye la inteligencia, el conocimiento, los estilos de pensamiento, la personalidad, la motivación y el contexto socioambiental.
En resumidas cuentas, el futuro de la investigación en creatividad está en los modelos integradores, y más específicamente en el esclarecimiento de las interacciones entre las distintas facetas de la creatividad.
EJEMPLOS DE CONCEPTUALIZACIÓN DE LA PSICOTERAPIA COMO ACTO CREATIVO
El objetivo de este apartado es mostrar con ejemplos concretos la posibilidad de aplicar los resultados obtenidos en diversas investigaciones de la creatividad en general al campo específico de la psicoterapia.
El proceso psicoterapéutico y sus elementos (paciente, psicoterapeuta, interacción entre ambos, situación terapéutica) es aquí conceptualizado como un proceso creativo y un espacio donde el psicoterapeuta hace uso de su creatividad para ayudar al paciente a que emplee su creatividad personal al servicio de su propia salud mental y crecimiento. Este abordaje se realizará estableciendo un nexo entre las investigaciones sobre la creatividad y los acercamientos teóricos y empíricos a la psicoterapia.
El estudio de la psicoterapia presenta una complejidad considerable, dado que intervienen numerosos elementos: el psicoterapeuta, el paciente, la interacción entre ambos, el lugar y tiempo en los cuales se produce, y dentro de cada uno de ellos las variables parecen infinitas. El psicoterapeuta es una persona que, además de conocimientos sobre su disciplina (habilidades de entrevista, técnicas y estrategias de cambio, conocimientos acerca de la psicopatología y las diversas formas de enfermar, un modelo teórico que guía las intervenciones...), posee unas creencias, valores, motivaciones, estilos cognitivos y de conducta, estados emocionales, etc, que va a poner en juego en mayor o menor medida cuando se encuentra frente a un paciente dispuesto a establecer algún tipo de relación de ayuda. El psicoterapeuta tendrá que utilizar toda su persona de forma creativa para acometer la tarea psicoterapéutica. El paciente es otra persona que además de tener un problema o una demanda que le lleva a solicitar ayuda de un profesional, tiene igualmente unas creencias, valores, motivaciones, estilos cognitivos y de conducta, estados emocionales, además de recursos y herramientas de cambio que tendrá que desbloquear o modificar para recorrer el camino hacia una mayor satisfacción personal. Todas estas características no se manifestarán de la misma forma ante todos los psicoterapeutas (Beutler y Clarkin, 1990). Aparece como una variable muy importante la interacción entre estas dos personas, una interacción que será dinámica y cambiante a lo largo de todo el proceso psicoterapéutico, y que además es el mejor aliado del psicoterapeuta. El paciente inicia una terapia, y se convierte en una aventura que el paciente vive como protagonista, construyendo él mismo el escenario, los distintos personajes, las metas. Es por tanto una actividad de creación de nuevos rumbos, dado que el que venía siguiendo hasta ahora ha dejado de servirle. La psicoterapia se constituye así como un acto creativo, donde están involucradas todas las facetas de las investigaciones sobre creatividad.
Como eje vertebrador de esta relación entre psicoterapia y creatividad utilizaré elementos de la primera para los grandes apartados (proceso psicoterapéutico, psicoterapeuta, paciente, encuentro entre ambos) y dentro de cada uno de ellos haré referencia a las cuatro manifestaciones de la creatividad distinguidas por McKinnon: el estudio del proceso creador tendrá más peso en el abordaje del proceso psicoterapéutico; la personalidad y el producto creador estará más presente cuando hablemos del psicoterapeuta y el paciente; y la situación creadora se reflejará en la interacción entre ambos.
El proceso psicoterapéutico creador
Al menos tres autores han entendido la psicoterapia como un proceso creativo, aunque con diferencias entre ellos. Para Erika Landau (1987), el proceso psicoterapéutico es un proceso creativo por antonomasia que, en su conjunto, al igual que cualquier otro campo, está dividido por las mismas fases que Wallas (1926) especificó. Ramón Rosal y Ana Gimeno-Bayón (Gimeno-Bayón y Rosal, 2001; Rosal, 2002), desde un paradigma más empírico, atribuyen a ciertos episodios eficaces del proceso psicoterapéutico las fases del proceso creador destacadas por Wallas y otros autores, optando por la división del proceso global de la psicoterapia en procesos creativos más pequeños. Vamos a ver a continuación ambas aportaciones.
Landau (1987) utiliza la metáfora de la espiral para ilustrar los cambios que se producen a lo largo del proceso psicoterapéutico. A partir del nivel que el paciente trae a la terapia, se van sucediendo las distintas fases del proceso creativo, produciéndose una ruptura del círculo cerrado en el cual se hallaba el paciente, para entrar en la espiral de crecimiento. Este proceso de cambio pasa por diferentes planos: en el plano primero, el paciente gira en un círculo cerrado patológico, inmerso en un caos carente de sentido, pero donde hay reglas estrictas y todo es conocido y seguro. Este círculo cerrado implica miedo al conocimiento, a lo nuevo, y hábitos rígidos (frente a la flexibilidad y el valor para embarcarse en experiencias nuevas).
El plano segundo es aquel en el que el paciente no sólo toma conciencia de los problemas sino que también puede verlos bajo distintos aspectos y puede expresarlos de una manera diferenciada. Se establece una relación fortalecedora del yo con el psicoterapeuta y el caos interno aparece dotado de sentido. En el plano tercero, el paciente adquiere nuevas técnicas para analizar sus problemas y para poder enfrentarse a ellos. Comienza a afrontar el mundo exterior y las nuevas relaciones. En el plano cuarto, el paciente concilia paradojas y contradicciones, desarrolla sus potenciales individuales, puede enfrentarse a situaciones confusas. Se da una integración del mundo interno y externo por la autorrealización.
Este paso del círculo cerrado al punto más alto de la espiral alcanzado en terapia tiene lugar a través de las mismas fases que Wallas (1926) señaló en el proceso creador, según Landau. La fase de preparación consiste en la percepción de un problema y la reunión de informaciones que se refieren a él. El individuo creativo recoge durante esta fase todo tipo de experiencias vitales y de saberes sin previa censura, es decir, sin ponderar lo que puede ser importante y lo que no. En la psicoterapia, en esta fase tiene lugar la formulación del problema. La fase deincubación es un tiempo de espera en que se busca inconscientemente una solución. Es para el individuo un tiempo de inquietud y frustración elevadas, que a menudo va acompañada de sentimientos de inferioridad e inseguridad y que exige una notable tolerancia a la frustración. En la fase iluminativa irrumpe de repente la solución. Como tal experiencia suele ir acompañada de sentimientos muy fuertes, el individuo no preparado a menudo la arrincona o frena. En terapia, esta fase también llega de repente, cuando algo encaja. En la fase de verificación se realiza un examen de la solución encontrada. También se da en esta fase la comunicación, que consiste en traducir la visión subjetiva a formas simbólicas objetivas, y así lo hace el paciente, manifestando su experiencia subjetiva interna en nuevos comportamientos ante su entorno.
Landau no especifica cómo se entretejen los planos o niveles de cambio dentro de la espiral y las distintas fases del proceso creativo, aunque aporta un caso clínico a modo de ilustración. Por otro lado, si bien aclara, en su descripción de las fases de Wallas, que para los distintos autores no siempre se trata de fases claramente delimitadas, al aplicarlo a la psicoterapia apunta que se trata de fases bien definidas, y efectivamente esa sensación se tiene a la luz del caso clínico. Sin embargo, en el ámbito de la psicoterapia, la experiencia clínica nos muestra que se trata de un proceso dinámico y no lineal, así como múltiples sucesiones de estas cuatro fases.
La división de todo el proceso psicoterapéutico en fases es algo muy común en la literatura, por razones obviamente didácticas y también por algunas consideraciones clínicas (diagnóstico vs tratamiento). Sin embargo, no ha sido habitualmente utilizado a la hora de acercarse al fenómeno de la psicoterapia desde una perspectiva más empírica. Las aportaciones de Ramón Rosal y Ana Gimeno-Bayón, además de establecer un vínculo entre los estudios sobre la creatividad y la psicoterapia, se sitúan en un marco más propicio para la investigación dentro de este último ámbito, y situándose en paradigmas actuales de investigación en psicoterapia. A diferencia de Landau, estos autores entienden que el proceso psicoterapéutico está dividido en procesos creadores sucesivos, con fases igualmente, pero en el marco del acontecimiento de cambio intrasesión de Rice y Greenberg (1984).
Rosal y Gimeno-Bayón y Rosal (2001) se plantean las siguientes preguntas: 1) ¿Qué ocurre en la vida mental del paciente durante las sesiones en las que se logra un cambio terapéutico creativo? ¿Qué tipos de procesos psicológicos se encuentran activos durante esos episodios?; 2) ¿Hasta qué punto es correcto aplicar en esos episodios el esquema de las fases del proceso creador de Wallas u otros similares? ¿Cómo se manifiesta la denominada “fase de incubación” en una sesión terapéutica en la que se haya aplicado una técnica con fantasía guiada u otro tipo de procedimiento imaginario?
Estos autores describen las actividades realizadas en una sesión terapéutica de la siguiente manera: primero se da un intercambio de información verbal del paciente al psicoterapeuta sobre algunas experiencias interiores o comportamiento y del psicoterapeuta al paciente si realizara alguna intervención. El tipo de pensamiento, salvo raras excepciones en las que se produjera alguna situación favorable al insight o pensamiento intuitivo, sería el de conceptualización y razonamiento (ya sea inductivo o deductivo), y el hemisferio activado en ambos interlocutores sería el izquierdo. La segunda actividad ocurriría en el contexto de un trabajo vivencial, según la metodología de estos psicoterapeutas (que implican procedimientos psicocorporales o el uso de visualizaciones mentales, por tanto un pensamiento analógico), en el cual el paciente estaría distanciándose de la perspectiva desde la cual estaba contemplando sus situaciones problemáticas y del discurso del pensamiento racional, creando así las condiciones propicias para que se produzca una “fase de incubación”, que explicaría la consiguiente iluminación o intuición súbita que a continuación vivencia el paciente, manifestaciones de la capacidad de percepción global, y de síntesis cognitivo-emocional propia del hemisferio derecho. Tras esta actividad y por tanto del trabajo vivencial, volvería a pasar a primer plano el hemisferio izquierdo y el tipo de pensamiento correspondiente, donde se realizarían aspectos de la fase cuarta de Wallas (evaluación, verificación, toma de decisiones).
Esta es una propuesta muy interesante que ejemplifica un punto de intersección entre la investigación en creatividad y la investigación en psicoterapia, pudiéndose enriquecer ambas de los hallazgos e hipótesis surgidas de la otra.
La creatividad del psicoterapeuta
La creatividad del psicoterapeuta se puede abordar desde, al menos, tres puntos de vista, que coinciden con algunas líneas de investigación de la creatividad: producto, proceso y personalidad.
El primer punto de vista desde el cual se puede abordar la creatividad del psicoterapeuta se refiere al producto: éste se pueden entender como la creación de una nueva técnica o un nuevo modelo teórico, o la modificación o ampliación de técnicas o teorías ya existentes, que es aceptado por la comunidad científica e incorporado al saber dentro del campo. Pero el producto creativo del psicoterapeuta también se puede entender a otro nivel. Cuando el psicoterapeuta realiza una intervención, síntesis de los datos recogidos acerca del paciente y de su bagaje teórico y técnico, el psicoterapeuta ofrece un “microproducto”, más o menos creativo, resultado de un “microproceso” dentro de la sesión. Es el conjunto de estos “microproductos” los que permiten ir avanzando en el proceso psicoterapéutico hasta cumplir los objetivos establecidos entre paciente y psicoterapeuta.
Como apuntaban Csikszentmihalyi y Getzels (1971), la creatividad se asocia con los problemas descubiertos, es decir, con aquellos que no pueden ser resueltos algorítmicamente, sino que necesitan replanteos de la situación y definición de las dificultades para poder encontrar soluciones y por tanto necesitan la reestructuración del problema. Lo que le pasa al paciente es sin duda un problema muy mal definido, y esto plantea retos importantes al psicoterapeuta. Éste pone en marcha todo su saber para aclarar lo que le está pasando al paciente y guiarle en su proceso de solución de problemas. En la primera fase de ir averiguando el “qué” (fase que se repetirá mil veces más a lo largo de la terapia, por la aparición de nuevos problemas mal definidos al ser solucionados los previos), el psicoterapeuta tendrá que emplear distintas estrategias, que si bien tendrá incorporadas y aprendidas en diferente grado de destreza dependiendo de la experiencia, necesitará adaptar a las características del paciente concreto que tiene delante (actitud más o menos colaboradora, capacidad de introspección variable, nivel cultural, limitaciones físicas, intensidad de la sintomatología, etc...). Lo mismo se verá obligado a hacer cuando acometa el “cómo”: adaptará las técnicas al paciente e incluso inventará nuevos recursos si sus técnicas habituales no le sirven.
En todo este proceso que acabamos de describir, adquiere mayor relevancia el estilo personal del psicoterapeuta, en tanto en cuanto esa tarea a realizar tiene sentido en el contexto de una relación interpersonal. No se llegarán a las mismas conclusiones si el psicoterapeuta utiliza un estilo de relación u otro distinto. Si bien ese determinado estilo de relación puede constituir una técnica en sí, la aplicación práctica de la misma diferirá entre unos psicoterapeutas u otros. A esto, llamado “estilo terapéutico”, se le ha dedicado gran atención dentro del campo de la psicoterapia, tanto en investigación (pongamos como ejemplo el famoso modelo integrador de Beutler, Crago y Arizmendi (1986), quienes lo consideran una característica interna terapéutica) como en la docencia. El estilo terapéutico personal puede ser un facilitador de la labor profesional, que, por sus características intrínsecas, requiere una buena dosis de creatividad.
Aunque los resultados de investigación sobre las variables de personalidad del psicoterapeuta han sido poco concluyentes (Feixas y Miró, 1993), los profesionales de este campo advierten de su influencia y ha sido incorporado a la formación de psicoterapeutas. Así, una parte importante de esta formación se dedica a la formación en actitudes creativas, aunque habitualmente no se le haya llamado de este modo. Por ejemplo, recordemos algunas características de la personalidad creativa destacadas por investigadores de la creatividad, y pensemos en “actitudes terapéuticas”. El psicoterapeuta en formación se entrena en tolerancia a la ambigüedad: es bien sabido la actitud de precipitación del psicoterapeuta novel a la hora de intervenir, más por un proceso de inquietud interna que por criterios estrictamente terapéuticos. Se le enseña a que sea receptivo a múltiples experiencias, tanto internas (sus propios sentimientos desencadenados en sesión) como externas (dentro de sesión y fuera de ella). En su relación con el paciente, se convertirá en experto en plantearse preguntas acerca de su mundo personal que vayan más allá del discurso del paciente; en improvisar y ser flexible a la hora de utilizar las técnicas; en seguir por un camino a pesar de no saber si conducirá a la meta deseada, demostrando autoconfianza en las decisiones que toma; en seguir probando y añadiendo herramientas a su labor clínica, por medio de una formación continuada que satisfaga su voluntad de crecer; en no tirar la toalla ante pacientes con enfermedades crónicas, superando obstáculos que conllevan una alta carga emocional y perseverando a pesar de los mismos; que sea sensible a los problemas, tanto del paciente que no son mencionados por él, como de aquellos que impiden un acercamiento al fin terapéutico.
Alberto Rams (1987) describe en el Boletín de la Sociedad Española de Psicoterapia y Técnicas de Grupo (Mayo 1987) un programa de formación de psicoterapeutas creado en el seno del Instituto de Psicoterapia Humanista, del que fue co-fundador. La filosofía global del programa es que “formar terapeutas es trabajar con personas y facilitarles que puedan ir más allá de las técnicas, más allá de las teoría, más allá de las escuelas...”. El programa “Alfa” facilita “una Estructura de Aprendizaje en la que cada alumno puede conocer su propio estilo a partir de una Estructura Mínima y de un Enfoque Multiverso [corporal, afectivo, racional, intuitivo y transpersonal], que segurice pero que no ahogue su propia originalidad como persona y como terapeuta”.
La creatividad del paciente
Para introducir este apartado, reproduzco las explicaciones que hace Alonso (2000) de la teoría fisiológica de Gerald Edelman (1987), por constituir un buen marco de referencia de las ideas que se desarrollarán posteriormente:
“El individuo se construye creativamente a sí mismo, de manera que la creación de la propia individualidad es el hecho básico de la existencia humana. Lo que aquí nos interesa es subrayar esta sorpresa de lo cercanos que se encuentran dos conceptos como individualidad y creación. El individuo se construye desde su propia creatividad según esta teoría fisiológica, y no hay ninguna ley ni norma que establezca que este proceso debe terminar en algún momento de la existencia. Podríamos decir que el mandato de la fisiología sobre el individuo es que sea creativo. Si deja de serlo, es porque otros imperativos psicológicos y ambientales se oponen a este caminar aprendido desde la infancia” (Alonso, 2000, p. 117)
La teoría fisiológica de Gerald Edelman hace referencia al nacimiento y la construcción de la mente humana. Utilizando la analogía de la mente y el ordenador, afirma que las personas nacemos con un hardware (el cerebro) y que corresponde a uno mismo crear su propio software en interacción con el mundo que le rodea. Es uno mismo quien construye su realidad.
Este proceso de creación de sí mismo puede verse obstaculizado por fuerzas ambientales y psicológicas, y es quizá en este momento cuando la persona experimenta un estancamiento a través de la manifestación de diversos síntomas y busca ayuda profesional, busca un contexto de interacción distinto al suyo habitual, para salir del impasse en el que se encuentra, o del círculo cerrado, como mencionaba Landau (1987).
Rosal y Gimeno-Bayón (2001), en su capítulo titulado “la psicoterapia entendida como superación de los obstáculos del vivir creativo” abordan de forma muy completa y documentada lo que he denominado creatividad del paciente, atendiendo al proceso, el producto (en íntima relación con la personalidad) y la situación, por lo que a continuación tan sólo presentaré algunas consideraciones (atendiendo igualmente al proceso, el producto y la personalidad) que dan sentido a la idea de que el paciente manifiesta, o sería deseable que manifestara, un comportamiento creativo en terapia.
Al hablar de la creatividad del psicoterapeuta señalaba que emprender la aventura de la psicoterapia era sin ninguna duda enfrentarse a un problema muy mal definido. Para el paciente también existen problemas mal definidos, pero de otra naturaleza. Con ellos llega a la terapia. Existe una enorme variabilidad en lo que el paciente considera su problema o problemas y en la manera en que los expone al psicoterapeuta. Una de las tareas de este último es hacerse una idea clara de los problemas del paciente, tarea que no podrá realizar sin la participación activa de este último. Tras configurar de manera general la lista de problemas del paciente (Horowitz, 1997), una buena parte de las siguientes intervenciones que hará el psicoterapeuta irán dirigidas a que el paciente afine más y más en ellos, descubriendo así nuevos problemas o modificaciones de los originalmente establecidos si es preciso. Es el paciente el protagonista de toda esta labor, y en ocasiones dependerá de su sensibilidad hacia los problemas el éxito de muchas intervenciones del psicoterapeuta.
Esta es la hipótesis del experimento con pintores que realizaron Jacob W. Getzels y M. Csikszentmihalyi (1976) para confirmar su modelo explicativo de la creatividad: existe una relación significativa entre la conducta de “encontrar problemas” en los estudiantes de Bellas Artes y el valor estético de los dibujos que producen, según la evaluación hecha por expertos. Esto recuerda a lo que se ha llamado en psicoterapiacapacidad de introspección (que se puede definir como “la actitud psicológica que se orienta hacia la búsqueda de información sobre lo que pasa en el interior del sujeto mismo que utiliza este mecanismo” (Gran Diccionario de Psicología, 1996): el paciente “encuentra problemas” (incomodidades, incongruencias, incoherencias) en el “objeto” que debe manipular y transformar, esto es, su vivencia y experiencias internas en relación con situaciones externas. Además, estos autores definen conductas de búsqueda de problemas en las fases finales de la ejecución de las obras pictóricas, tal y como sucede en la solución de problemas personales, aplazando la solución para no quedarse en un problema superficial, sin que ello se deba a una falta de dirección. Los sujetos creativos de su estudio trabajaban por una meta definida aunque no siempre accesible al conocimiento consciente. Los pacientes a menudo se encuentran en esta situación: la meta definida suele formularse en términos imprecisos (“estar mejor” o estar como en la fase previa a la aparición de síntomas o sensaciones desagradables), pero el camino a la meta se desconoce; de la misma manera, aparecerán reformulaciones de la meta ante el encuentro de problemas o reconsideraciones nuevas. Todo esto requiere actitud crítica en el proceso (podríamos decir, autocrítica, puesto que el “objeto” es uno mismo), tendencia a mantener abiertos los problemas y tolerancia a la ambigüedad que impida un cierre prematuro favoreciendo la incorporación de nuevos elementos o nuevos enfoques facilitadores de la solución, tal y como se da en el pensamiento creador (Romo, 1997).
Otra característica que se da en algunos procesos creadores y también dentro del individuo en el proceso psicoterapéutico es el insight. Como afirma Manuela Romo (1997), el insight no es exclusivo de la genialidad, sino que se da ante situaciones muy diversas de la vida cotidiana. El insight es un proceso de todo/nada en el que se da una reorganización súbita de los elementos del problema, para lo cual es necesario un acercamiento progresivo a la solución, rompiendo un set previo, rompiendo las cadenas de la experiencia previa, convirtiendo lo extraño en familiar y lo familiar en extraño. En ocasiones, para las personas que acuden a terapia con problemas psicoemocionales, realizar en solitario una ruptura de las cadenas de la experiencia previa puede ser altamente angustiante, por el compromiso que ello supone de necesidades básicas para la supervivencia del individuo (necesidades de afecto, de aceptación, de reconocimiento...). Cuando no existe el riesgo de que esas necesidades queden sin cubrir (como efectivamente ocurre en psicoterapia, donde uno de los factores terapéuticos, si no el más importante, es la posibilidad de satisfacer algunas de esas necesidades), el paciente puede embarcarse sin riesgos a esa tarea, consiguiendo por tanto insights que den una nueva significación a determinados problemas de otra manera inabordables.
Como describió Gruber (1989), el insight juega un triple papel en el pensamiento creador: es indicador de un grado de maestría en un dominio; a menudo representa un momento de consolidación, una especie de reconocimiento de lo que ya se conoce; y va cargado emocionalmente, de tal manera que esa experiencia mental se acentúa y mueve a las persona a preservar la idea nueva y a estimular futuras ampliaciones. No es por tanto un salto en el vacío ni es necesariamente una incubación inconsciente. El paciente necesita dedicar mucho esfuerzo para llegar alinsight, para llegar a reorganizar muchos datos inconexos (cognitivos, emocionales, interpersonales, conductuales) en una significación o solución única que explique de forma sencilla y a la vez compleja (la “elegancia” de MacKinnon) la confusión anterior. La elevada carga afectiva que supone este “descubrimiento” lleva consigo una difícil marcha atrás en el proceso, y por tanto, el que se pueda suponer que algunos cambios que el paciente logra en psicoterapia son permanentes y un peldaño más hacia la mejoría definitiva, y esto puede darse así precisamente por lo que Romo (1997) señala en relación al insight creador: “En el insight creador la mente aporta lo que en los otros casos es aportado desde fuera; y porque se echa mano del conocimiento acumulado, de los propios valores, porque está en juego toda la biografía intelectual y ¿por qué no?, también la historia subjetiva –incluso entre los científicos- se alcanzan soluciones únicas” (p. 113).
Respecto al producto de la psicoterapia, podríamos decir que entra dentro de los productos psicológicos de Guilford, 1959 (frente a los productos palpables); a la creatividad individual de Landau, 1987 (frente a la creatividad social); o a la novedad en relación con el mundo experimental del sujeto señalado por Brogden y Sprecher, 1964 (frente a la novedad para una cultura). Siendo esto así, los expertos que valorarán el producto serán el paciente mismo y el psicoterapeuta.
En otro sentido, Ghiselin (1963) veía el valor de la creatividad en el grado de reestructuración de nuestro mundo significativo, diferenciando dos planos: el superior o primario y el inferior o secundario. En el primario se da una visión nueva: cambia el universo de las significaciones, presentando elementos nuevos o un nuevo orden de las relaciones; “nueva constelación a partir de una confusión desordenada” en palabras de Ghiselin. En el secundario se da una ampliación de una visión existente de antemano. Este tipo de cambios se dan constantemente dentro del proceso psicoterapéutico. El primer plano diferenciado por Ghiselin, donde surge un nuevo orden o constelación a partir de una confusión desordenada, coincide con la tercera fase señalada por Gimeno-Bayón y Rosal dentro del proceso de terapia, en la cual, tras un procedimiento o trabajo vivencial (“incubación”), es necesario utilizar de nuevo el pensamiento racional y elaborar lo experimentado. De lo que se haga en esta fase dependerá la ocurrencia o no de cambio, y en el caso de que tenga lugar, el tipo de cambio en cuanto a reestructuración del sistema paciente.
La cuestión del cambio en el campo de la psicoterapia ha sido ampliamente abordada, ya que ésta tiene su razón de ser en la medida en que genera cambios. Las distintas orientaciones y prácticas psicoterapéuticas se basan en una concepción del cambio psicoterapéutico (Poch y Ávila Espada, 1998). Cito como ejemplo de ello la clásica distinción realizada por la Escuela Interaccional del MRI (Mental Research Institute) dentro de la terapia sistémica. Watzlawick, Weakland y Fish (1985) distinguen los Cambios-1 o de primer orden (que siguen la “lógica” intentando lo contrario al problema o la misma clase de solución intentada, pero que no cambia la estructura del sistema, ni por tanto, la conducta sintomática) y Cambios-2 o de segundo orden (que se centran en las intervenciones paradójicas distintas al sentido común, pero que producen cambios cualitativos o discontinuos hacia una clase diferente de solución intentada y que implican nuevas reglas de organización del sistema familiar). El cambio de segundo orden se daría, en la clasificación de Ghiselin, en el plano primario, dando lugar a una constelación nueva.
Una distinción un poco distinta la realizan Rosal y Gimeno-Bayón (2001) utilizando la terminología de Harter (1990): llaman cambio correctivo a aquel que suprime el síntoma o conjunto de síntomas y cambio creativo a aquel que cambia la organización del sistema en el que se incluyen aquellos síntomas. En terapia individual, la reestructuración del sistema implica un cambio en la personalidad del paciente. Según los autores, en el caso de la psicoterapia, coinciden las cuestiones habitualmente diferenciadas del producto creador y de la personalidad creadora. Los rasgos de apertura a la experiencia, independencia de juicio y fortaleza del yo se encuentran bloqueados o distorsionados por los diversos síndromes psicopatológicos y trastornos de personalidad, siendo por tanto la meta de la psicoterapia que el sujeto supere los obstáculos psicológicos que le impiden ejercitar tales rasgos. Es sumamente interesante la conceptualización que realizan estos autores de los trastornos psicológicos como estilos anticreativos de vivir y la explicación de cómo cada uno de los trastornos de personalidad, siguiendo la famosa clasificación de Millon y Everly (1985 / 1994), manifiestan dificultades para el desarrollo de las características asociadas por la distintas investigaciones a las personas creativas (Gimeno-Bayón y Rosal, 2001; Rosal, 2002).
En psicoterapia, las características de personalidad del paciente son un aspecto clave y merecedor de un cuidadoso análisis. Malugani (1990) afirma que “la psicoterapia no es para todos ni de todos. Para que una relación dual se estructure según criterios terapéuticos, aquel que busca (paciente) ha de presentar determinadas características propicias para la realización de un trabajo productivo sobre sí mismo” (ya es importante la idea de “trabajo productivo sobre sí mismo”. La psicoterapia exige un elevado esfuerzo por parte de quien decide realizarla, y constituye un trabajo con un “objeto” concreto que es uno mismo). Este autor, en consonancia con otros importantes psicoterapeutas (Malan, 1979; Mann, 1973; Sifneos, 1979; Davanloo, 1980) enumera algunas actitudes peculiares que debe presentar el paciente para que una psicoterapia breve tenga alguna probabilidad de éxito: Estructura del yo suficientemente “fuerte” (capacidad de hacer frente a las frustraciones del proceso); la motivación; la flexibilidad; principio de autogestión (capacidad de saber concentrarse en los aspectos todavía sanos de su personalidad); presencia de expectativas, es decir, de una confianza esperanzada en el futuro.
Sorprende el paralelismo que existe entre algunas actitudes que han sido asociadas a la creatividad en diferentes estudios y las características que propone Malugani que ha de tener el paciente para indicar un psicoterapia breve: fuerza del yo (Eysenck, 1995); motivación (Amabile, 1996; Sternberg y Lubart, 1997); flexibilidad (Guilford, 1967; MacKinnon, 1962; Hilgard, 1959; Torrance, 1962); autoconfianza (Taylor y Ellison; 1964; Barron y Harrington, 1981; Guilford, 1959); perseverar ante obstáculos, manejando la frustración (Sternberg y Lubart, 1997; Eysenck, 1995). Algunas de ellas han sido objeto de investigación en psicoterapia y destacadas como factores que contribuyen al éxito terapéutico (Feixas y Miro, 1993): locus de control interno, expectativas y motivación al cambio.
Existe consenso en que las psicoterapias breves tienen más probabilidades de éxito en aquellos pacientes con psicopatología leve, que incluye una aceptable fortaleza yoica. No quiere decir que los pacientes con fortaleza yoica baja no sean susceptibles de psicoterapia, sino que necesitan terapias más prolongadas que incluyan dentro de su objetivo aumentar dicha fortaleza, es decir, producir cambios al nivel de la personalidad (cambios profundos que reestructuren el sistema). Se ha dicho que los creativos tienen un fortaleza del yo alta (Barron, 1969; MacKinnon, 1977; Eysenck, 1995). En este sentido, vemos de nuevo un paralelismo entre las metas de la psicoterapia y algunos aspectos personales facilitadores de la creatividad.
Estimulación de la creatividad del paciente por parte del psicoterapeuta
La relación terapéutica ha demostrado ser una de las variables más significativas en el proceso de cambio que tiene lugar en una psicoterapia. Esta relación depende de las variables personales de ambos, pero el conocimiento de estas variables individuales no suele ser suficiente para dar cuenta de las interacciones, ni del proceso relacional que tendrá lugar durante la psicoterapia (Poch y Ávila Espada, 1998), por lo que requiere un abordaje específico. En este apartado, vamos a ver de qué manera la relación terapéutica puede influir en la generación de productos psicoterapéuticos creativos en el paciente.
Resulta muy ilustrativo este fragmento de Rof Carballo (1961):
“El inconsciente del enfermo suele adivinar, como se ha visto ya en otros lugares de este libro, lo que ocurre en el nuestro. Esta flexibilidad en el cambio de plano de consideración, es decir, esta libertad de cambiar de mundo, es, en cierto modo, captada por el paciente y ejerce sobre su curación, a mi modo de ver, una influencia favorable. Si, en cambio el analista (que puede ser muy sagaz y experto) persiste terco en sus interpretaciones –las cuales, a su vez, también pueden ser bastantes certeras o estar próximas a serlo-, influye, en cambio, desfavorablemente sobre su paciente, por el hecho mismo de su terquedad. Esto es por percibir el paciente de manera inconsciente que el mundo de su médico no es flexible, plástico, sino rígido, anquilosante. Todo lo más que puede hacer es tratar de pasar de su mundo neurótico al mundo del médico, aceptar sus esquematismos, sus dogmas, sus puntos de vista. Los cuales, en efecto, están más adaptados a la realidad, son más sanos, hasta cierto punto, que los del paciente. Pero sólo hasta cierto punto. Ya que devolver la salud al enfermo no es convertirlo a otro estilo de ver la realidad, sino dotarlo de la plasticidad suficiente para poder cambiar elásticamente su sistema de referencias” (p. 298)
El psicoterapeuta es para el paciente muchas cosas. Al margen de la particular percepción del paciente, el psicoterapeuta adopta distintos roles según las necesidades del paciente o del proceso psicoterapéutico: así, en algunos momentos será un experto (dando información al paciente, por ejemplo, sobre distintos aspectos de su enfermedad, como puede ser la etiología o el pronóstico); otras veces será un educador (sugiriendo pautas de conducta o estableciendo límites); otras veces adoptará una actitud cuidadora; pero en todas las ocasiones se erige como un modelo de pensar, sentir y actuar. Las actitudes que mantiene el psicoterapeuta son importantes en tanto en cuanto servirán de ayuda al paciente en la resolución de su malestar; constituirá un modelo de actitud que el paciente podrá hacer propio si encaja dentro de sus sistema cognitivo y emocional; y, de manera más importante, favorecerán o impedirán que el paciente desarrolle sus propias capacidades o ponga en marcha sus recursos propios para el cambio deseado. Es importante destacar que es el paciente el que cambia y por tanto es él quien hace posible que el cambio tenga lugar dentro de él. El psicoterapeuta actúa comofacilitador de ese cambio, y no como productor del mismo de manera directa, por lo que se hace imprescindible una reflexión acerca de la forma en que puede ayudar a que el otro cambie, más allá de las consignas verbales y del apoyo emocional.
Algunas sugerencias que hace Nickerson (1999) en relación al desarrollo de la creatividad en los niños guardan una interesante similitud con algunas actitudes del psicoterapeuta que son importantes para que el paciente ponga en marcha sus recursos psicológicos hacia el cambio. Nickerson (1999) exponía, entre otras, las siguientes directrices:
Afirmación de propósitos e intenciones: la necesidad de hacer un trabajo continuo para poder hacer posible la creatividad. Una labor importantísima del psicoterapeuta es trabajar las expectativas del paciente sobre el proceso de terapia y sus resultados, de manera que la fantasía de encontrar fórmulas mágicas por parte del paciente no impida la elaboración psicológica. Veíamos anteriormente la importancia de las expectativas del paciente para el éxito terapéutico.
Adquisición de conocimientos específicos de los dominios: así como el escritor aprende recursos literarios o el pintor conoce la gama de colores, el paciente va aprendiendo y construyendo de manera idiosincrásica un modelo de la naturaleza y condición humanas, propia y de los otros.
Estimulación de la curiosidad. La curiosidad que rechace el dar sistemáticamente las cosas por correctas, tenga un cierto escepticismo sobre las explicaciones establecidas y tenga un fuerte deseo de encontrar explicaciones profundas. En los niños, el juego; en los adultos, el juego intelectual, esto es, el placer de jugar con las ideas. La estimulación de la curiosidad supone el ser más observador y prestar atención a los pequeños hechos de la vida cotidiana. Es evidente el enorme potencial que tiene, en el caso que nos ocupa, una alta autoobservación a distintos niveles. El psicoterapeuta está señalando su importancia con el mismo hecho de realizar preguntas indagadoras sobre toda la esfera personal del paciente.
Construcción de la motivación: si bien la ausencia de motivación es un impedimento determinante de la labor psicoterapéutica, el abordaje explícito de esta cuestión en las fases iniciales puede incidir en un aumento de la misma (Fernández y Rodríguez, 2001). Si el psicoterapeuta pasa por alto este aspecto o considera que no hay nada que él pueda hacer, es probable que no se inicie el proceso terapéutico, o que se inicie con escasas garantías de éxito.
La autoconfianza y la disposición al riesgo: el pensamiento creativo se bloquea en un individuo cuando está dominado por el temor: el miedo a fallar (es decir, a que se conozcan sus limitaciones) o el miedo al ridículo impiden la expresión del pensamiento creativo e incluso su aparición. La confianza en sí mismo se genera paulatinamente con la expresión de sus propias ideas y el apoyo del éxito (no sólo premios, sino la acogida respetuosa de sus propuestas). Truax y Carkhuff (1967) y Bergin (1966) encontraron que las actitudes del psicoterapeuta de aceptación incondicional, empatía y ausencia de evaluación externa, descritas por Rogers (1961) como generadoras de una seguridad psicológica capaz de fomentar la creatividad del paciente, correlacionaban significativamente con los resultados positivos del tratamiento. Para Nickerson, la disposición al riesgo se fomentará en la medida en que sus fracasos sean interpretados y entendidos no como una debilidad vergonzosa sino como una ocasión de contrastar la experiencia y una oportunidad de aprendizaje, lo que constituye el punto de partida de la denominada “intervención en crisis” en el campo de la salud mental (Caplan, 1974). Se entiende que las crisis (o fracasos en los recursos que el paciente estaba utilizando hasta ese momento) son un momento privilegiado para la intervención, ya que la resolución exitosa de las mismas supone una mayor oportunidad de desarrollo y crecimiento, así como una disposición favorable para afrontar futuras crisis.
Desarrollar habilidades de autodirección: Autodirigirse es una función que implica ser director activo y consciente de los propios recursos cognitivos: esto supone que el sujeto presta atención a los propios procesos de su pensamiento y se siente plenamente responsable del mismo. Conocerá por tanto los puntos débiles y fuertes del mismo para saber suavizarlos o utilizarlos. El paciente tendrá la oportunidad de descubrirlos a lo largo de su proceso terapéutico, con la ayuda del psicoterapeuta. La toma de conciencia de los puntos débiles y fuertes de su estructura psicológica es la puerta de entrada a la superación de los débiles y la potenciación de los fuertes. En ocasiones, esta habilidad de autodirección es alarmantemente baja (por ejemplo en determinado trastornos de personalidad, Cloninger, 2000), por lo que constituye objetivo del tratamiento a conseguir por medio de una determinada relación terapéutica.
Enseñar técnicas y estrategias para facilitar el rendimiento creativo. Pongamos como ejemplo las técnicas con imagen utilizadas por Rosal (1996) para facilitar cambios creativos en el paciente. Esas herramientas son integradas por el paciente de manera que acaban siendo parte de su bagaje de recursos psicológicos y pueden ser utilizadas de forma creativa una vez finalizada la terapia.
Proporcionar equilibrio entre libertad y estructura: sabemos que la estructuración excesiva inhibe la creatividad. Pero también parece cierto que la inhibe la falta de estructura. Este clima parece también importante en las sesiones psicoterapéuticas para que el paciente pueda realizar un trabajo creativo sobre sí mismo: Mitchel, Bozarthy y Krauft (1977) encontraron que las actitudes señaladas por Rogers que favorecían la libertad y seguridad psicológicas no eran suficientes para la obtención de buenos resultados en un tratamiento.
INVESTIGACIONES SOBRE LA CREATIVIDAD EN LA PSICOTERAPIA
Son muchos los autores que, intencionadamente o sin pretenderlo, se han acercado al estudio de las diferentes variables implicadas en la psicoterapia desde una visión que incluye algunos factores que se han asociado a una mayor creatividad. A continuación se presenta una revisión bibliográfica de estos acercamientos.
En la década de los cincuenta, Moustakas y Smillie (1957) publicaron un artículo en elJournal of Individual Psychology que relacionaba la evaluación que se había estado realizando de la psicoterapia y las distintas visiones sobre la creatividad. Posteriormente, numerosos trabajos se han centrado en la psicoterapia como proceso creativo y en la creatividad del psicoterapeuta: Kelman (1963) ofrece una medida del terapeuta como artista de la vida y artista en terapia. Flach (1978) destaca la similitud entre el proceso creativo y la psicoterapia, especialmente por el uso de la asociación libre, el juicio diferido, la redefinición del problema y los nuevos insights.
Rosal (2002) apunta dos estudios que se han centrado en la importancia de la actitud creadora del psicoterapeuta en la década de los ochenta: Domash (1981) investiga la dimensión intuitivo artística del trabajo terapéutico y Linden (1985), dentro del paradigma psicoanalítico, estudia el poder a la vez creativo y psicoterapéutico de la utilización de metáforas.
Rothenberg (1988), psiquiatra interesado en la cuestión de la creatividad que ha realizado numerosos estudios sobre el proceso creativo y sobre la creatividad y la psicopatología, publica en 1988 el libro titulado “The creative process of psychotherapy”.
En el volumen 12 del Journal of Constructivist Psychology (1999) varios artículos se han centrado en la creatividad del proceso psicoterapéutico y el psicoterapeuta: Raskin (1999) muestra ejemplos de casos en los que relaciona cuatro metáforas constructivistas sobre la psicoterapia (la terapia como ciencia personal, desarrollo personal, reconstrucción narrativa y elaboración “coloquial”) con el aumento de la creatividad del psicoterapeuta. Anderson, Ogles y Weis (1999) presentan dos casos en los que la creatividad del psicoterapeuta fomenta o perjudica la apertura del cliente a interacciones interpersonales que tienen como resultado el establecimiento de una alianza terapéutica positiva. La creatividad del psicoterapeuta a la hora de establecer la alianza incluye habilidades como percepción interpersonal, anticipación, experimentación y revisión de hipótesis interpersonales. Leitner (1999) sugiere seis procesos asociados a distintos niveles de conciencia del paciente que el clínico debe tener en cuenta para conectar con la creatividad del mismo. Leitner y Faidley (1999) sugieren distintas vías para aumentar la creatividad del psicoterapeuta en sesión y fuera de la sesión: teniendo tiempo para estar solo, buscando un determinado tipo de interacción con los otros, fantaseando, teniendo pasión por su trabajo, llevando una vida equilibrada, reduciendo la presión del tiempo, formándose opiniones, centrándose en el proceso y observando el crecimiento del cliente. Bohart (1999) presenta un caso clínico en el que el psicoterapeuta utiliza la intuición y otras características del proceso creativo.
Más recientemente, Tonrey (2003) hace una revisión de la literatura sobre creatividad en psicoterapia y ofrece una integración de la investigación en creatividad y la investigación en psicoterapia. Destaca la necesidad de la creatividad del psicoterapeuta para una psicoterapia efectiva y presenta el estudio de un caso para ilustrarlo.
Carson y Becker (2003) han publicado un libro en el que examinan la naturaleza, el papel y la importancia del pensamiento creativo en el counseling y la terapia, fundamentalmente de pareja y familiar. Exploran varios aspectos del pensamiento creativo, características personales de los psicoterapeutas altamente creativos, técnicas e intervenciones creativas, barreras para el trabajo creativo y el desarrollo de la creatividad. La sección segunda del libro está dedicada a la percepción que tienen los propios psicoterapeutas sobre la creatividad en su trabajo con parejas y familias, basándose en los resultados de un estudio que llevaron a cabo con 142 psicoterapeutas. Los participantes realizaron un cuestionario de dieciséis preguntas con opciones de respuesta en una escala de cinco puntos, que versaban sobre su propia percepción como creativos, y cuatro preguntas abiertas relacionadas con el significado y la importancia que le daban a la creatividad, las características creativas personales, el uso de técnicas creativas, y los bloqueos y barreras en su creatividad. Respecto a las características creativas del psicoterapeuta, las tres más mencionadas fueron flexibilidad, voluntad para correr riesgos y el sentido del humor, dentro de una lista de 127 características aportadas. Otras respuestas que se repitieron fueron intuición, apertura, espontaneidad, autoconfianza, valentía, energía y espiritualidad. Los autores señalan la existencia de diferencias entre las características de los psicoterapeutas creativos y las de la población general.
Posteriormente, estos autores (Carson y Becker, 2004) reexaminan la cuestión de la creatividad en la psicoterapia y el counseling a través de un análisis crítico de varios artículos de una publicación especial del Journal of Clinical Activities, Assignments & Handouts in Psychotherapy Practice, 2(2), 2002, en la que diversos autores (Kottler y Hecker, Rosenthal, Hazler, Chen, Schofield) ofrecen una panorámica sobre la cuestión de la creatividad en la psicoterapia. Estas publicaciones constituyen un esfuerzo por reunir de una manera cohesiva y científica las aportaciones realizadas en relación a la creatividad en psicoterapia. La importancia del tema se hace patente en el hecho de que la revista pasó a llamarse Journal of Creativity in Mental Healthtras finalizar el volumen 2. Esta revista, editada por la Asociación para la Creatividad en el Counseling, sección 19 de la Asociación Americana de Counseling, tiene publicados dos volúmenes con cuatro ediciones cada uno, siendo uno de sus temas más frecuentes la indagación en las técnicas y en los beneficios de utilizar medios creativos en la formación y la práctica del counseling.
En relación a la creatividad del paciente, Nydes (1962) presenta la creatividad como una vía constructiva para resolver conflictos internos o como reacción ante un ajuste neurótico. Kestenbaum (1985) estudia el proceso creativo en la psicoterapia infantil. Los estudios publicados en Psychotherapy Patient, 4 (1) en 1987: Dunn (1987) muestra algunas condiciones a tener en cuenta en la psicoterapia de los pacientes creativos. Romanyshyn (1987) describe tres momentos del proceso creativo psicoterapéutico, ilustrándolos con un caso. Foon (1987) destaca el locus de control interno del paciente como la condición fundamental para la creatividad en la psicoterapia y analiza el rol del psicoterapeuta en establecer y mantener las condiciones adecuadas para el desarrollo de la creatividad del paciente. Eng (1987) ilustra la creatividad del paciente con un incidente en el proceso terapéutico de un varón veterano del Vietnam, enfatizando de esa manera la importancia de que paciente y psicoterapeuta entiendan la situación terapéutica como creativa para valorar las manifestaciones creativas del paciente. Zaraleya-Harari (1987) describe las características del paciente creativo a través de un caso de terapia con un artista. Silverman (1987) sugiere que la poesía es para el clínico una herramienta de diagnóstico efectiva de la personalidad del paciente.
En las dos últimas décadas, Zysman y Cipriani (1992) presentan, a través de estudios de casos, una técnica para facilitar el insight en psicoterapia, que reduce la fase de incubación descrita por Wallas. Kahana (2000) describe los recursos y ventajas para la psicoterapia de las personas creativas, analizando cinco casos de pacientes creativos entre 67 y 89 años de edad.
En España, Gimeno-Bayón y Rosal aplican de forma creativa y perfectamente argumentada los resultados de las investigaciones sobre la creatividad al proceso psicoterapéutico. Definen una "psicoterapia de la creatividad" como "aquel proceso en el que se facilita que un sujeto (bien porque experimenta malestar psíquico en su vida y quiere cambiar, bien porque desee vivir con mayor plenitud sus capacidades), desestructure un sistema de personalidad limitador -en sus diversas dimensiones: somática, psicodinámica, emocional, cognitiva, práxica, interactiva, etc.- y lo reestructure o reconstruya como un nuevo sistema -de percepciones, vivencias emocionales, tendencias, etc.- más armonioso, integrador y autónomo que el anterior, y en contacto íntimo con las realidades personales y situaciones involucradas" (Rosal y Gimeno-Bayón, 2001, p. 251)
Han realizado numerosas publicaciones donde presentan sus trabajos, algunos conjuntos y otros por separado: Rosal presenta en 1983 la ponencia “Investigación sobre la creatividad y psicología humanista” en el II Congreso Nacional de Psicología Humanista celebrado en Bilbao en diciembre del citado año, ponencia que es publicada en la Revista de Psiquiatría y Psicología Humanista, 4, 1-15. Posteriormente es publicada con el mismo nombre como capítulo 3 en el libro “Cuestiones de psicología y psicoterapias humanistas” (2001) junto con Gimeno-Bayón.
Ambos son autores de “Contribuciones de los modelos psicoterapéuticos gestáltico y analítico-transaccional en el desarrollo de la actitud creadora” (1988) que fue publicado en la Revista de Psiquiatría y Psicología Humanista, 22, 80-90, y posteriormente, de forma ampliada, con el título “Psicopatología y psicoterapia de la creatividad: modelos terapéuticos de Perls, Berne y Kelly” como capítulo 14 del libro ”Cuestiones de psicología y psicoterapias humanistas”. En su libro “Psicoterapia integradora humanista: manual para el tratamiento de 33 problemas psicosensoriales, cognitivos y emocionales” (2001) abordan más específicamente el tema de la creatividad en la psicoterapia en el capítulo titulado "La psicoterapia entendida como superación de los obstáculos del vivir creativo".
Rosal (1996) realiza su tesis doctoral sobre la efectividad de la actividad imaginaria en los cambios creativos del proceso psicoterapéutico, publicada en 2002 con el nombre El Poder psicoterapéutico de la actividad imaginaria y su fundamentación científica.
Siguiendo la clasificación de MacKinnon (1974), Gimeno-Bayón y Rosal (2001) separan cuatro aspectos o manifestaciones de la creatividad: el producto creador, la personalidad creadora, el proceso creador y la situación creadora, aplicándolo a la vivencia del cliente en el proceso psicoterapéutico. Se presentan las aportaciones de los distintos estudios de la creatividad, aunque centrándose en sus manifestaciones en la experiencia terapéutica. Destaca la revisión que realizan sobre las concepciones de distintos autores en relación a tres características de personalidad que correlacionan con la creatividad: apertura a la experiencia, la independencia de juicio y fortaleza del yo. Desde una perspectiva claramente integradora, encuentran concordancia entre las distintas investigaciones, señalando conceptos afines dentro de cada una de las características de personalidad reseñadas e incluso equivalencias conceptuales a pesar de las diferencias terminológicas entre los distintos autores. Este extracto de uno de sus libros nos ofrece una visión clara de la perspectiva de estos autores:
“Teniendo en cuenta la finalidad de nuestro estudio, pensamos que estas aportaciones son una contribución para fundamentar nuestro reconocimiento de la posibilidad del estudio sobre el carácter creativo del proceso psicoterapéutico, el cual puede considerarse en buena parte como una ayuda para que el sujeto supere los obstáculos psicológicos que le impiden ejercitar las actitudes de apertura a la experiencia y de independencia, como también la fortaleza del Yo, correlacionada con la creatividad y que viene a ser un aspecto relevante de la meta de una terapia profunda. Por el contrario, como veremos más adelante, los diversos síndromes psicopatológicos y trastornos de personalidad expresan estilos de vida en los que estos rasgos, y con ello la creatividad, se encuentran claramente bloqueados o distorsionados” (Gimeno-Bayón y Rosal, 2001, p. 106)
CONCLUSIONES
Hemos visto que una de las convergencias entre el campo de la creatividad y el campo de la psicoterapia es aquella que entiende el proceso psicoterapéutico como un proceso creativo, así como todas las variables que intervienen en él. Uno de los objetivos de las páginas anteriores ha sido mostrar el paralelismo existente entre los procesos internos y externos que intervienen en el acto de creación, estudiados en los artistas y los científicos, y los procesos que intervienen en la psicoterapia.
Algunos autores abordan la cuestión de la psicoterapia como proceso creativo (p.e. Rothenberg, 1988); otros la creatividad del psicoterapeuta (p.e. Raskin, 1999; Carson y Becker, 2003); otros la creatividad del paciente (p.e. Dunn, 1987; Rosal, 1996; Kahana, 2000); y otros la interacción entre ambos, por ejemplo, actitudes del psicoterapeuta que favorecen o dificultan la creatividad del paciente (p.e. Foon, 1987; Leitner, 1999) o actitudes creativas del psicoterapeuta que favorecen o dificultan el proceso terapéutico del paciente (p.e. Anderson, Ogles y Weis, 1999).
Es innegable que la psicoterapia encierra en sí misma un alto grado de incertidumbre. No hay un paciente igual a otro: ni en lo que tiene de sano, ni en lo que tiene de enfermo. Los manuales y protocolos tienen una aplicación limitada a determinadas fases, y en todo caso es necesaria una buena dosis de flexibilidad, adaptación, improvisación. Por este motivo, y como se ha señalado anteriormente, al psicoterapeuta en formación se le enseña a ser creativo, o al menos, se le pide que sea creativo: que sea tolerante a la ambigüedad, que sea receptivo a numerosos aspectos que pueden suceder en un encuentro con un paciente, que observe, que busque, que indague, que genere su propio estilo, que se plantee preguntas, que sea curioso, que sea crítico y autocrítico, que improvise, que sea flexible, que se adapte al paciente, que se siga formando durante toda su vida. Se le enseña una forma de relacionarse con el paciente que fomente su autonomía y autodirección, ofreciendo seguridad y libertad psicológica, creando un clima sin juicios de valor, y transmitiéndole implícitamente lo que en definitiva es globalmente creatividad: que aprenda de los errores, que tolere la frustración porque forma parte de la vida, que tolere la angustia, que no sea rígido, que se adapte a los cambios, que quiera crecer, que busque y desarrolle sus proyectos, que entienda las crisis como oportunidades para crecer...
Ante las consideraciones anteriores, aparece de forma clara la pertinencia de los esfuerzos encaminados a relacionar científicamente la creatividad y la psicoterapia. La vieja cuestión de si la psicoterapia es un arte o una ciencia plantea una dicotomía que, como muchas otras, resultan un artificio mental para hacer más manejable nuestra realidad. Landau (1987) escribía: “a la controvertida cuestión de si el terapeuta es propiamente un artista o un científico (Rogers 1965), yo sólo puedo responder que es ambas cosas. A veces se hallará en uno de esos roles, y a veces en el otro” (p. 166). La segunda parte de la frase sigue poniendo de manifiesto esa dicotomía (a veces es un científico y a veces es un artista), incitando a un posicionamiento en uno u otro lugar. Estos dos polos requieren una integración, que significa considerar que el “arte intuitivo” del psicoterapeuta puede ser objeto de investigación científica y por tanto puede ser aprendido como una herramienta más dentro del campo.
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La publicación de este artículo en BONDING cuenta con la autorización del Anuario de FEAP
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