ISSN 1989-2101
 
 
 
 
Suscríbete|
E-mail:
Nombre:
 
 
Artículo| por Begoña Olabarría
Acerca del ejercicio, la relación y el contexto
psicoterapéutico y la modulación del psicoterapeuta
Comparte:

Begoña Olabarría. 

Psicóloga Clínica, Docente y Supervisora de Psicoterapia Sistémica, Presidenta de la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP), Vicepresidenta de la Asociación Española para el Estudio Sistémico de la Familia y Otros Sistemas Humanos - AESFASHU

INTRODUCCIÓN

La literatura, la formación y, sobre todo, el ejercicio de la psicoterapia (entendida aquí como intervención y tratamiento en problemas de salud y más específicamente de Salud Mental) viene señalando reiteradamente la necesidad de que el terapeuta trabaje adecuada y suficientemente diversos aspectos de sí a fin de:

1) Identificar, resolver o mejorar elementos, configuraciones psicológicas y relacionales de sí, de manera que la discriminación imprescindible en la relación terapéutica sea eficaz.

2) Estar preparados para poder ejercer distancia terapéutica en la relación psicoterapéutica que, puede alcanzar alta intensidad emocional y provocar impactos en el psicoterapeuta, dejándole “atrapado” en lo personal y “tocado” en la eficacia y en la eficiencia de su ejercicio.

3) Evitar contaminaciones y toxicidades en la relación terapéutica que puedan lastrarla e incluso puedan imposibilitar el acceso al cambio de nuestros pacientes.

4) Extraer del psicoterapeuta el mejor aprovechamiento para la intervención psicoterapéutica.

Si estudiamos los requisitos de formación de los diversos modelos teórico-técnicos de la Psicoterapia, observaremos que exigen un mínimo-base de horas de trabajo personal (casi siempre de psicoterapia personal y/o de trabajo personal) realmente elevado y que esta práctica es sostenida, amparada y requerida por relevantes organizaciones de la Psicoterapia.

Así FEAP sostiene este requisito, entre otros, para la acreditación como psicoterapeuta, y del mismo modo la Federación Europea de Asociaciones de Psicoterapia, EAP, de la que FEAP es miembro y representante en España.

Sin embargo, poco trabajo se ha dedicado a observar los efectos que el ejercicio de la psicoterapia supone a medio-largo plazo sobre quienes la ejercen como actividad principal. Y la modulación que ello supone.

Describir algunos de aquellos efectos y reflexionar sobre los mismos es el tema principal de este trabajo.

Aprendizajes del psicoterapeuta

El ejercicio de la Psicoterapia como actividad profesional principal, contiene un necesariamente largo y, a veces innecesariamente proceloso, camino de formación teórico-práctica.

FEAP propone que ha de partirse de titulaciones que considera más adecuadas para el acceso a esta formación específica: las licenciaturas de Medicina y de Psicología. Y propone una formación de menor duración si la titulación de acceso es de especialista sanitario: Psicología Clínica y Psiquiatría.

Concretamente establece:

“2. Un mínimo de tres años a tiempo parcial, en el período de post-grado universitario, dedicados a la formación teórica, técnica y clínica en Psicoterapia y a la adquisición de las habilidades básicas del psicoterapeuta, a través de cursos y seminarios, con un mínimo total de 600 horas. Incluirá entre ellos -si no ha formado parte de la formación universitaria de acceso- al menos 50 horas de conocimientos fundamentales de las diferentes modalidades y orientaciones de la psicoterapia. Los contenidos mínimos de la formación serán propuestos por la Junta Directiva y aprobados por la Asamblea General de la FEAP en función de los compromisos suscritos por la FEAP con asociaciones y federaciones de rango europeo y/o internacional y la experiencia acumulada en la formación de psicoterapeutas en España.

3. Un mínimo de dos años de práctica profesional como psicoterapeuta, debidamente supervisada. Al menos incluirá el tratamiento de dos casos y un mínimo total de 300 sesiones de tratamiento y 100 sesiones de supervisión de dichos tratamientos (de las cuales al menos 50 serán supervisiones individuales en las modalidades de psicoterapia individual). La supervisión de la práctica profesional habrá de realizarse con psicoterapeutas expertos acreditados como tales por las respectivas asociaciones de psicoterapeutas.(...).

4. Un mínimo de seis meses de actividades prácticas en entornos públicos o privados de Salud Mental, en los cuales el psicoterapeuta en formación pueda tener experiencia directa de la clínica psicopatológica, permitiéndole tomar contacto directo con las diferentes formas de manifestación de los trastornos mentales, y los distintos profesionales que intervienen en la Salud Mental.

5. Un mínimo de 50 horas de formación, que permitan a los alumnos identificar y manejar adecuadamente su implicación personal y su contribución al proceso de la Psicoterapia, mediante métodos que contengan elementos de autorreflexión, terapia o experiencia profesional.”

Para FEAP se iniciaría entonces, cuando para otros ejercicios profesionales se da por terminada con un importante nivel de excelencia (más allá de la formación continuada) la capacitación especializada, la formación en Psicoterapia de los licenciados en Medicina y/o en Psicología que hacen esta opción profesional.

Por tanto, quien inicia la capacitación como psicoterapeuta pronto advierte, si desea hacerlo bien, que inicia un camino profesional más largo que otros y más comprometido (porque compromete la realidad interna del terapeuta). En ese momento todavía es pronto para que los psicoterapeutas en formación adviertan que durante años pueden quedar a merced de marcos formativos que obligan modalidades de relación “atrapantes” en un sentido deformante por la existencia de modalidades sectarias de mercados de formación, y que en ese sentido la existencia de objetivos claros, procedimientos y modalidades precisos, relaciones pautadas, discriminadas y con límites definidos a lo largo del proceso teórico-práctico de formación y en sus diferentes facetas y áreas (programas de formación, psicoterapia ó “trabajo personal”, supervisión de casos, etc.) resultan de la mayor relevancia.

Este trayecto, este contenido formativo no es por tanto largo en exceso. El consenso establecido apunta su necesidad en base a que el psicoterapeuta, a través de la relación psicoterapéutica, va no sólo a “ver” sino a “entrar” en aspectos centrales, íntimos e inestables de los seres humanos, de nuestros pacientes, desde una posición de asimetría relacional, hacia el cambio y desde una óptica de salud.

Es éste uno de los motivos centrales que justifican la importancia de alcanzar consensos definitivos y estables entre los distintos modelos teórico-técnicos al respecto y defenderlos organizadamente, como pretende hacer la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP).

El ejercicio profesional de la psicoterapia. Impacto y modulación.

El ejercicio de la psicoterapia requiere de alta implicación, no sólo para quién la demanda sino también para quien la ejerce.

La implicación requerida y sostenida en la relación terapéutica contiene perfiles fenoménicos singulares en un área que es de ejercicio profesional para el psicoterapeuta.

Pero siendo profesional, se trata de un área que alcanza frecuentemente (y posiblemente es importante e inevitable que así sea) una significación no sólo relevante sino además singular porque conlleva el estudio, la reflexión y la intervención sobre problemas conductuales, emocionales, relacionales de los seres humanos.

Y requiere hacerlo con ellos, con quienes demandan ayuda para el cambio. Personas que simultáneamente a expresar que buscan el cambio, en otros niveles en muchas ocasiones no desean cambiar ellos mismos (“que cambien los otros”) ó al menos no quieren hacerlo en ciertas direcciones tantas veces necesarias.

Con ellos se establece, a través de la relación terapéutica, alto nivel de compromiso e implicación mientras se recibe, al menos, confianza y múltiples depositaciones.

Ese ejercicio profesional establece un singular modo de conocimiento y de contacto asimétrico y profundo con otras vidas, otras experiencias, otros modos de pensar y de actuar, otros problemas, otros “nudos” profundos y oscuros, inaccesibles para otras modalidades de relaciones humanas.

Y ha de hacerse desde y con una relación que por definición es –y debe ser- asimétrica, complementaria, donde el saber, el conocimiento técnico ocupa (o ha de ocupar) el lugar de mayor peso o poder (la naturaleza y acotamiento de este poder es capítulo aparte) en la relación terapéutica para que ésta sea funcional y pertinente y siempre en función del objetivo de la ayuda para el cambio del ó de quienes consultan.

La preparación y entrenamiento de alta cualificación que ha de recibir el psicoterapeuta en el singular objetivo de evitar la contaminación de la relación terapéutica por los posibles “trasvases personales” (deslizamientos de contexto, identificaciones, atribuciones, confusiones de lugar, estrategias relacionales disfuncionales, etc), resulta necesaria. Además obliga a un largo y arduo procedimiento modulador o, mejor, que nos modula, nos construye como profesionales de la psicoterapia y también como seres humanos. Se trata de un doble registro formativo: El de la incorporación de conocimientos y habilidades teórico-técnicas, habitual en otras profesiones, y el del trabajo personal hacia dentro de sí, para los otros (y para sí mismo, naturalmente), que el psicoterapeuta en formación ha de realizar de manera reglada, bajo y con otros psicoterapeutas ya rodados acreditadamente.

Es decir, el psicoterapeuta se prepara y entrena en un conocimiento y saber que obliga a la entrada en lo más humano de otras vidas, desde modalidades de relación asimétricas que le permite llevar las riendas de la relación para su intervención de ayuda.

De este modo, casi siempre o al menos con mucha frecuencia, una buena formación y un buen ejercicio obtiene un resultado añadido muy visible para quienes participan de la vida cotidiana de los psicoterapeutas. Consiste en el efecto de que el área profesional entra a formar parte del contexto significativo de éstos.

Dicho de otra manera, la percepción, las relaciones, las estrategias de actuación en su contexto significativo van a quedar también “modeladas” por esta área. Así, el ejercicio profesional continuado como psicoterapeuta, configura en su contexto de vida un especial conocimiento y modo de relación.

Me refiero aquí a un conocimiento de sí para sí, al que Maturana (1986,1997) se refiere como un conocimiento de carácter estratégico vital propio de los seres vivos, que tiene un perfil diferente y sólo parcial y escasamente coincidente con el “cogito” cartesiano, en tanto que básicamente es un conocimiento que no se conoce a sí mismo. Lo que naturalmente no significa que sea equivalente a un conocimiento inconsciente en el sentido psicoanalítico del término.

Por ello cabe la reflexión sobre cómo este ejercicio profesional de la psicoterapia afecta/modula/condiciona al psicoterapeuta en su vida cotidiana cuando este área se configura como elemento relevante de su contexto significativo, como contexto en el que está involucrado como sujeto, aquél en el que genera estrategias relacionales de acción desde percepciones y conocimientos cuyos “modos” y reglas sólo ocasionalmente y de manera parcial los re-conoce y toma en consideración, otorgando ó adjudicando así definiciones y valores que concibe como consustanciales a las cosas, situaciones, personas y relaciones de las que participa, como si de ellos emanasen (Olabarría y Vázquez , 2007), porque no es posible entonces su disociación de las operaciones organizativo-relacionales de su contexto.

El contexto significativo es para cada sujeto un ámbito primordial del tipo de conocimiento que Morin (1986) denomina como “cálculo” en oposición al “cogito” cartesiano, conocimiento que se conoce a sí mismo. Y esto es así también para los psicoterapeutas,

En su contexto significativo cada sujeto concede –aún cuando una reflexión global ó particular de un momento dado lo niegue- la característica de “elemento natural” a las reglas, valores, roles, atribuciones, modos de percepción, etc. que rigen su contexto, de manera que participa del mismo.

Acerca de la relación psicoterapéutica

Pero después de todo ¿qué tipo de relación es la psicoterapéutica, la relación cuya existencia resulta base para el ejercicio de las diversas modalidades de psicoterapia y cuya “repetición”, por el ejercicio profesional, favorece el posible establecimiento de perfiles de afectación y/o de modulación al psicoterapeuta?

La relación psicoterapéutica es una relación de alta implicación para sus partícipes y marcada por la asimetría, al menos en:

  1. Establecimiento de reglas del contexto terapéutico: horario, espacio, tiempo, periodicidad, etc.

  2. Roles: Usuario/paciente-Técnico.

  3. Contenido de la relación, que se centra en lo aportado por los pacientes, sobre lo que el psicoterapeuta interviene. La definición de la relación incluye que el psicoterapeuta no aporte contenidos explícitos sobre sí mismo, al menos con conciencia de ello, aunque como es obvio trabaja desde sí mismo.

La relación psicoterapéutica comparte genérica o específicamente el objetivo del cambio desde la creencia compartida en diversos grados de que el proceso terapéutico podrá modificar una realidad subjetiva, relacional, comportamental, del paciente.

Pero esa “realidad” el sujeto la percibe como substantiva, unilateral y egocéntrica, firme y sólida, que no admite otro mundo que el que percibe desde sus propios esquemas perceptivos previamente constituidos.

El psicoterapeuta se enfrenta, a través de la relación terapéutica, a modificarla -al menos parcialmente-.

Ese empeño de acceso y configuración de otra “realidad” psíquica con el paciente, en mi opinión no niega, sino que constituye una nueva forma del parámetro de “verdad”, imprescindible en la acción comunicativa externa e interna de los sujetos. Y se realiza desde el polo de mayor poder en la relación primordial del contexto psicoterapéutico que ejerce repetidamente el psicoterapeuta con funciones clínicas, en formas y con procedimientos tantas veces laberínticos (al menos para un tercer observador).

Supone para éste una experiencia repetida y “contrastada” de “ver” más, de “dirigir” las miradas de esos otros que son sus pacientes, de “resolver problemas”, de “promover salud”, de modos muchas veces enfrentados a la resistencia-colaborativa propia de sus pacientes, con quienes trabaja.

Así, a través de su ejercicio profesional, el psicoterapeuta sostiene una experiencia repetida que discurre bajo el saber teórico-técnico que ejerce y administra. Una experiencia que corresponde al saber no consciente antes mencionado, que no se ajusta a un saber lógico lineal, que no se conoce a sí mismo, que, por tanto, el psicoterapeuta no hace surgir como conocimiento sobre sí mismo expresable, configurando una cuestión del sí mismo de cada uno como conocimiento que no se autoconoce.

PASAR A MÁS ADELANTE A LOS “RIESGOS”

Al existir en el psicoterapeuta, que ejerce como actividad profesional principal la psicoterapia, un saber no consciente como antes quedó mencionado, que no se ajusta a la lógica lineal, que no se autoconoce, no puede dejar de surgir de esas sombras plasmándose en diferentes proyecciones en otros ámbitos y contextos de la vida de ese ser humano que es psicoterapeuta profesionalmente. Una de las modalidades frecuentes, en esa búsqueda de descarga de proyecciones, es la búsqueda activa, hasta feroz (¿psicopática?) del estrellato, posiblemente para obtener un espejo externo e interno que le confirme diferentes perfiles a los que me referiré un poco más adelante.

Se trata de una peculiaridad que puede llegar a ser constitutiva del psicoterapeuta, configurando una pseudo-realidad dual marcada por lo impositivo: relacionalmente ha de ajustarse la “realidad” a la configuración de la relación psicoterapéutica (por ese ser humano que es psicoterapeuta en su ejercicio profesional, en su trabajo y que, por tanto y naturalmente, no puede y no debe serlo ni intentarlo en otras relaciones). Pero quienes amplían esta configuración psicoterapéutica profesional a otros ámbitos, introducen de este modo en otros contextos de vida el desgobierno de explicar las situaciones al/os otro/s, de modificarlas y de ejercer la asimetría relacional estableciendo los peligros sobre sí, pero, sobre todo, para los otros, en otros contextos de los que participa el psicoterapeuta en su vida cotidiana, en los que así duplica impositivamente otro mundo contextual y relacional: el psicoterapéutico, más allá de cualquier frontera. No me refiero sólo al extremo de explícitos señalamientos técnicos en una relación no terapéutica como modo de ejercer un poder en una relación, tan frecuente en los psicoterapeutas noveles, sino también a otros modos más sutiles, seductores, inopinados de hacerlo.

Esta “repetición” de deslizamientos de contexto ¿es sólo un “error” o puede alcanzar un nivel de modulación personal del psicoterapeuta?

Acerca del contexto psicoterapéutico y la modulación del psicoterapeuta: Identificación de riesgos

¿Qué tipo de contexto es el psicoterapéutico?

No resulta ajeno a ninguno de los modelos psicoterapéuticos decir que los participantes en la relación terapéutica, el psicoterapeuta y el/los pacientes, establecen un contexto particular sobre una relación singular que les obliga a descentrar sus perspectivas perceptivo-interpretativas desde una atribución recíproca de responsabilidad en diversos planos (el del saber profesional y el de la participación del sujeto en su propio malestar psíquico). En ese contexto se juega la regla de la incondicionalidad de las pretensiones de validez de lo que cada uno aporta. Y es precisamente este hecho, posiblemente, uno de los que incorpora como necesario y plausible la experiencia en el mismo de existencia de diversas facetas en una realidad poliédrica.

Y así, esta modalidad relacional que es la psicoterapéutica parece establecerse en un contexto que contiene suposiciones pragmáticas compartidas por sus protagonistas, tales como:

  1. Intercambio asimétrico y direccional característico de esta relación.

  2. pretensiones de validez y “verdad” sostenidas en la acción terapéutica.

  3. posibilidad de establecer, de manera común a ambos, elementos objetivos y “objetivables” sobre los contenidos aportados por el paciente y las aportaciones técnicas del psicoterapeuta.

  4. “racionalidad” de los partícipes como actores responsables: el psicoterapeuta de su función desveladora, ampliadora o generadora de alternativas y el/los pacientes responsable/s de su modo de ver, actuar, relacionarse, en su contexto a lo largo de su trayectoria vital.

Estas suposiciones pragmáticas compartidas por los partícipes de la relación terapéutica se establecen caracterizando un contexto en el que el poder mayor en la relación asimétrica psicoterapéutica, como ya ha quedado dicho, ha de estar ocupado por el psicoterapeuta, “encargado” así de mirar y ver en y para el otro, de modo tal que parecería, por su función, que sabe y puede “mirar” mejor y “ver” más en cualquier situación.

Se trata de un error epistemológico que no sólo lo realizan quienes ocupan el lugar más complementario de la relación terapéutica sino que con harta frecuencia así lo asumen los psicoterapeutas, como un atributo ó cualidad, en su contexto significativo y en otras áreas, ámbitos y relaciones de la vida cotidiana.

Se trata de una amplificación y desvío de la función y rol de “guía” en la relación para un nuevo conocimiento hacia el cambio que ocupa el psicoterapeuta (evidentemente no es el psicoterapeuta el que “produce” el cambio desde un mejor atributo o cualidad) que frecuentemente, cuando así lo establece éste, utiliza en otras relaciones y contextos de su vida.

El ejercicio de la función psicoterapéutica que consiste en el esbozo constructivo de un “focus imaginarius” que permite la prosecución de la investigación psicoterapéutica con la constitución de nuevas visualizaciones que redefinen y re-sitúan las experiencias vividas y los modos de ver y mirar del paciente, es redundante para el psicoterapeuta en su ejercicio como tal.

Se trata de una redundancia que puede ser experiencialmente amplificada y situada como excesiva cuando el psicoterapeuta realiza correspondencias en otros ámbitos y relaciones, otorgándoles usos trascendentes más allá del marco de la experiencia posible con categorías correspondientes a esos otros ámbitos y relaciones y en que el psicoterapeuta, implicado desde el “conocimiento que no se conoce a sí mismo”, que tiene un carácter estratégico vital, realiza en realidad una trasgresión de límite y un deslizamiento de contexto. Se trata de una trasgresión que conduce a una inadmisible asimilación del “mundo” con la relación terapéutica, el rol en él ocupado y los procedimientos de “mirar” y “ver” allí establecidos para otro cometido en otra relación.

Y ahí y entonces, el psicoterapeuta pretende ocupar un lugar de poder inadecuado, más allá del marco de la relación y del ámbito y contexto, del tiempo y espacio pertinentes.

La relación terapéutica busca establecer una nueva “verdad” para y del paciente/s o usuario/s de la psicoterapia, una “nueva” verdad que se sustancia en el contexto terapéutico. Es preciso tomar en consideración que no me refiero aquí a un concepto de verdad kantiano que incluye la “idea cosmológica de la unidad del mundo”. Sabemos por la psicología evolutiva que es precisa la estructura anticipada y totalizante suficiente del conjunto de elementos de la experiencia para que se establezcan percepciones y el conocimiento sea posible en el sujeto.

En este sentido, la estructura previa o epistemología del sujeto-paciente sobre sí y sus síntomas no es un mero estorbo en el proceso psicoterapéutico, puesto que tiene una función de guía del conocimiento para éste que, eso sí, se opone frecuentemente a la función del psicoterapeuta.

Es preciso aquí distinguir que una función de “guía” no es una función posibilitadora, en tanto el conocimiento que se incorpora en el cambio psicoterapéutico tiene una función regulativa basada en cierto modo específico de experiencia empírica cuya “piedra de toque” de la nueva “verdad” (Habermas, 2002) es el proceso terapéutico. Un proceso que conduce al sujeto-paciente a su reinserción socializada en los contextos de sus mundos, al ensamblaje de una cognición (que re-define y re-sitúa) con el sentir, actuar y hablar.

Sus consecuencias son importantes posiblemente en la:

  • Sustitución de la epistemología del paciente por otro realismo interno.

  • Incorporación de nueva “verdad” con función regulativa.

  • Reinserción o resocialización: establecimiento de nuevos parámetros de relación en los contextos significativos.

Las anteriores “consecuencias” se alcanzan en el contexto terapéutico como efecto de la psicoterapia que se ejerce en base a y a través de la relación terapéutica.

Observemos de nuevo que se trata de un contexto terapéutico que se configura en base a la relación construida entre dos sistemas (el psicoterapeuta y el paciente) que se ponen en relación sobre un encuadre de reglas explícitas y un objetivo global común.

Deben partir cada uno por sí mismo, pero en concordancia, de la presuposición de que el mundo interno relacional y de acción de los seres humanos es accesible, que tiene existencia independiente y que ésta puede ser valorada, re-ajustada, tratada.

Fijémonos entonces en varios elementos relevantes:

  • Que a lo largo del proceso psicoterapéutico, todo ello se va a abordar con la relación terapeuta-paciente/s en un contexto psicoterapéutico, en que el terapeuta tiene el poder de guía

  • Que sólo lo identificable espacio-temporalmente puede ser “tratado” en un sentido finalista de reajuste-redefinición epistemológica que promueva otra valoración del pasado e impulse otra acción de futuro en el paciente, el otro polo de la relación, co-partícipe del proceso psicoterapéutico sostenido experiencialmente en el presente.

  • Que el sujeto precisa entonces de la construcción de una nueva “objetividad” (por más que ésta sea subjetiva) y que ello precisa de la presuposición pragmática de la accesibilidad común del psicoterapeuta y el paciente a ese mundo interno, relacional y de acción que configura un sistema de referencia modificable.

  • Y que ese sistema de referencia es accesible e incorporable al lenguaje (digital y analógico), es comunicable.

En definitiva, el terapeuta y el paciente, constituido el contexto psicoterapéutico, comparten la presuposición pragmática de la existencia “real” de un mundo “objetivo” sobre el que pueden entenderse e intervenir en tanto actores de y en su contexto, de manera asimétrica pero común a todo aquello respecto a lo que pueden consignarse “hechos psíquicos”: cogniciones, sucesos, experiencias, relaciones, emociones, acciones. El paciente accede a otro “realismo interno” de “la mano” del psicoterapeuta, quien también accede a la experiencia del cambio del otro desde su función técnica de guía en la relación psicoterapéutica.

Identificación de riesgos

¿Sabrá (desde el conocimiento del “cálculo” de Maturana) el psicoterapeuta sustraerse a la ilusión de poder que el contexto terapéutico le otorga, cuando sale de éste, o querrá más o menos oscuramente repetirlo en otras relaciones y contextos? ¿Lo incorporará como una imagen de sí mismo en su propio realismo interno reproduciendo parámetros de la relación psicoterapéutica en otros contextos de su vida?

Observemos que el nuevo “realismo interno”, resultado de los cambios en la epistemología del paciente sobre su vida, sí mismo y relaciones, tiene que contar con la connotación pragmática de “real”, que puede ser comunicado ó representado en enunciados “verdaderos” (pese a que los hechos son re-interpretados y reajustados en su valor y puesta en relación con otros) en un “lenguaje” que ha sido construido en el proceso psicoterapéutico, construido entre dos sistemas: El del psicoterapeuta y el del paciente.

Esa condición común, compartida asimétricamente, otorga la condición de “real” a la existencia de los estados de cosas enunciados.

Naturalmente esta entidad de “verdad” de los hechos no puede –ni debe- concebirse científicamente (como hace el modelo representacionista del conocimiento) como la realidad representada, pero obliga la consideración de que no resulta posible ni eficaz cualquier re-lectura ó re-definición de los hechos que no alcance esta condición de “verdad” y por tanto de “real” para el paciente.

La nueva constatación de hechos, la nueva epistemología del paciente, construida en el proceso terapéutico, no puede –ni debe- abandonar sin más el sentido operativo que poseen los procesos de aprendizaje, la solución de problemas, las valoraciones relacionales, porque precisamente de ellos resulta o es efecto aquella constatación de hechos.

¿Sabrá el psicoterapeuta dejar de oficiar de guía para la re-definición epistemológica del otro, cuando está fuera del contexto terapéutico ó quedará atrapado en posibles efluvios “creacionistas” de “realidades”, desde un ejercicio de poder asimétrico en otras relaciones de vida cotidiana?

Otro aspecto no menor se refiere al efecto cognitivo de la psicoterapia y su relación con la razón. Las nociones de “mundo interno” y de “realidad” antes reseñadas expresan globalidades, pero sólo la de “realidad”, por su conexión interna con la valoración de “verdad” permite que podamos darle el valor de idea regulativa de razón: Vincula la re-constatación de hechos a una orientación hacia la verdad. Aspecto éste sin duda clave en el contexto psicoterapéutico. La orientación a la verdad como elemento clave de la función regulativa de la razón es un aspecto relevante que se sustrae a la condición trascendental de objetividad de la experiencia: “Para Kant, la pregunta (…) por las condiciones de posibilidad de la constitución de los objetos, es decir, la constitución del sentido de la objetividad, era idéntica a la pregunta por las condiciones de posibilidad de la validez intersubjetiva del conocimiento verdadero (Apel, 1989).

Pero fijémonos en que (como sabemos quienes hacemos formación y supervisión de psicoterapeutas) una de las motivaciones frecuentes entre quienes se inician y ejercen la psicoterapia es precisamente la de ejercer una ayuda en los problemas de otro como modo oculto –incluso para ellos mismos- de aprender para sí mismos. Es decir, de encontrar modos “verdaderos” de ayudarse en un proceso marcado por la razón contrastada.

Precisamente la re-constatación de hechos y su ajuste regulativo y valorativo hacia la verdad del otro puede configurar un elemento de límite, de razón, para el propio psicoterapeuta, además de para el paciente, que de este modo puede dejar de cumplir cometidos instrumentales, de uso, del psicoterapeuta para sí mismo.

Peirce (1997), con otra finalidad, quiso explicar el concepto de “verdad” desde el progreso del conocimiento, progreso que se orienta hacia ella. Define la verdad como una anticipación del consenso al que los participantes en el proceso de conocimiento autocorrectivo de la investigación se dirigen. Y cada psicoterapia es un proceso de investigación clínica en el que sus partícipes avanzan hacia un conocimiento autocorrectivo.

Efectivamente parece producirse una asimilación de “verdad” con “asertabilidad justificada” entre varios en relación. Pero precisamente éste es el hallazgo: Los procesos de “justificación” que requieren los cambios de epistemología de los pacientes sobre sí mismos, pueden conducir a la aceptación “racional” de sus elementos, hechos, datos, pero no a la “verdad” de los mismos. Y así, la “orientación” a la verdad, entendida ésta como una propiedad que los contenidos de la relación psicoterapéutica no pueden perder, adquiere una función regulativa principal e irreconciliable en el contexto terapéutico, en el que el psicoterapeuta tiene el rol de “llevar las riendas”.

Es fácil, por tanto, desde la experiencia sostenida, en la relación psicoterapéutica de atribución por el/los paciente/s al psicoterapeuta de una especial capacidad como “guía” hacia “la verdad”. La recepción repetida en el tiempo de semejante atribución ¿será suficiente y adecuadamente desvelada y “destrascendalizada” en su vida personal cuando el psicoterapeuta es sensible al ejercicio influyente en los demás?

Finalmente, la actividad profesional de la psicoterapia establece frecuentemente otro ejercicio sumado al anterior en psicoterapeutas de larga trayectoria: la formación de otros psicoterapeutas.

En ocasiones esta docencia se ejerce sobre y desde una oferta de un producto que incluye la imagen del psicoterapeuta formador como un referente tan relevante que tapa la diferencia entre “la cosa en sí” y “la apariencia” generándose un vacío sólo salvable mediante la verificación externa del tránsito del discurso a la acción de éste. Pero frecuentemente esta verificación es de difícil realización por discentes que están atrapados en necesidades de certezas, causalidades y pretensiones de validez propias que promueven los discursos oscuros (a veces bajo la forma de fulgurantemente “claros”) que pueden fácilmente ejercitarse cuando se está en un ejercicio profesional aislado como es el de la psicoterapia. La experiencia de ciertos modos de omnipotencia que otorga a esos docentes este modo de conducirse posiblemente se acompaña de una trayectoria procelosa, con grandes lagunas formativas, que facilita el deseo de impostura de quien no ha sostenido con parámetros contrastados y/o no ha adquirido adecuadamente esa identidad profesional, pero desea incorporar su “imagen” y ser reconocido públicamente en ella.

Naturalmente resulta altamente pernicioso el efecto en cascada que estas “escuelas” con estos “docentes” pueden generar rompiendo las líneas constitutivas de sentido en el que-hacer teórico-técnico de la psicoterapia, nutriendo sus discursos con falsas o no suficiente o adecuadamente justificadas líneas de actuación formativa y propuestas de ejercicios psicoterapéuticos; sin embargo frecuentemente percibimos su presencia y las dificultades para su desvelamiento.

Concluyendo

Si los recursos del psicoterapeuta, no sólo deben ser pertinentes sino también movilizables en un contexto dado y esa “movilización” se encuentra en poder de quien cumple el rol de “llevar las riendas” de la relación terapéutica, la percepción del poder en la relación aumenta en los psicoterapeutas de largo ejercicio profesional, que saben/sabemos también de los riesgos de un uso inadecuado del mismo.

Además, el psicoterapeuta puede entrar en distintos marcos temporales del ciclo vital del otro, así como establecer diversificaciones de significados en los contenidos aportados por el paciente. El tiempo de la acción en el proceso psicoterapéutico apunta a una complejidad creciente, opuesta a la entropía. Por tanto, su poder en la relación terapéutica es grande y pertinente, “natural”, en función de los objetivos del contexto terapéutico.

Precisamente esa experiencia sostenida puede hacer concebir la “naturalidad” de esos usos de poder en otros contextos de vida cotidiana, en función de la experiencia sostenida en el área profesional cuando ésta forma parte del contexto significativo de vida del sujeto que es psicoterapeuta.

Más aún cuando a ello cabe añadir el efecto sobre el psicoterapeuta, de la experiencia sostenida en el tiempo de este ejercicio profesional que supone llevar las riendas de la relación y el contexto psicoterapéutico: Experiencia de reversibilidad, de posibilidad de cambio, de acercamiento empático, de reajustes perceptivos-valorativos, de contacto con esa modalidad de sufrimiento que es el sufrimiento psíquico que a veces y más cuanta más gravedad presenta, no se autopercibe (como no se percibe adecuadamente en el contexto del paciente).

Y sabemos que puede ocurrir como efecto indeseado e indeseable que se configure entonces un modelado de la persona del psicoterapeuta por efecto de esa percepción de poder ejercido en el área profesional (que forma parte de su contexto significativo), sostenida en el tiempo, en el ciclo vital del psicoterapeuta, percepción que configure un conocimiento autopoiético (no cartesiano).

La alta responsabilidad de los psicoterapeutas en su ejercicio profesional obliga a considerar la necesidad de orientar su acción según reglas compartidas por una comunidad científica que las reclama y acordes con la necesaria dependencia de justificación discursiva, pero también es preciso prestar atención y modular a lo largo de la vida profesional los efectos del impacto de este ejercicio en nuestras vidas, con nuestros perfiles de vulnerabilidad.

BIBLIOGRAFÍA

- Apel, K.O. 1989. Sinnkonstitution und Geltungsrechtfertigung en Forum für Philosophie (comps.), Martin Heidegger: Innen und Auβenansichten, Fráncfort del Meno, pag. 134.

- Estatutos de FEAP. Artic. 21

- Gay, J.D. 1987. La vida personal del psicoterapeuta. El impacto de la práctica clínica en las emociones y vivencias del psicoterapeutas. Buenos Aires: Paidos.

- Habermas, J. 2002. “Acción comunicativa y razón sin trascendencia” Barcelona: Paidos Ibérica

- Maturana, H, 1997. “El observador en su observación. Tres conferencias y una reflexión sobre la biología del conocer, del amor y la constitución sistémica de la identidad del ser”. Systémica, 1997, 2, pp. 13-52

- Maturana, H.; Varela, F. 1986, El árbol del conocimiento. Santiago de Chile: Universitaria

- Morin.E. 1986 – El método: la naturaleza de la naturaleza. Madrid. Cátedra

- Olabarría, B. Y Vázquez, P. 2007.”Cambio psicoterapéutico e investigación clínica”. Revista de la AEN, 2007, vol.XXVII, nº 99, pp.7-19, SIN 0211-5735

- Peirce, C. 1997: El camino del pensamiento de Charles S. Pierce. Madrid, Visor.

-Tizón, J.L. 1996. Componentes psicológicos de la práctica médica. Ed. Biblania. Colec. Didascálica

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Nos interesa saber vuestras opiniones, envíalas aquí