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Belén Jiménez.
Médico – Psiquiatra. Máster en Psicoterapia Integradora Universidad de Alcalá de Henares. Máster en Terapia Familiar Sistémica. Máster en Psicoterapia Humanista Integrativa. Profesora del Instituto Galene. Especialista en Trabajo Grupal. Madrid |
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La manera de hacer es ser
Lao-Tsé
Cuando se elige la profesión de psiquiatra, uno no se imagina lo rápido que va a ascender a una posición de poder y de autoridad sobre el paciente, incluso sobre la sociedad, que otorga la capacidad de opinión en procesos que no son relativos a la patología mental.
Ejercer la profesión bajo el título de médico y vistiendo una bata blanca ya nos posiciona en una relación asimétrica, a la que, si añadimos la especialidad en psiquiatría, nos confiere, además, de un aura de misterio y superioridad. Se nos otorga un papel de autoridad moral, opinamos sobre lo que está bien y lo que está mal, se nos da voz en dilemas sociales y éticos para los que no estamos formados.
De la noche a la mañana nos convertimos en jueces, aferrándonos, unas veces por miedo, otras por prepotencia, o por ignorancia a “ese lado de la mesa”.
No nacemos sabios, ni con los conflictos personales resueltos y, en ocasiones, no somos de utilidad, sino que además podemos incluso perjudicar al paciente.
Encontramos motivaciones sanas a la hora de elegir esta profesión y motivaciones que convendría revisar, como la necesidad desmedida de ayudar a los demás (bajo el riesgo de convertirnos en empecinados salvadores en busca de víctimas), conseguir un reconocimiento profesional, o la necesidad de expresar amor en un contexto justificado.
El plan de formación de la especialidad de Psiquiatría en España, incluye una adquisición de conocimientos en psicoterapia de forma indirecta a lo largo de las rotaciones obligatorias de los años de residencia y ofrece una formación opcional en psicoterapia, dentro de lo que se denomina “libre configuración”, donde se puede rotar durante un máximo de 12 meses, para “practicar la psicoterapia formal y ajustada estrictamente a modelos”.
Se pretende que el psiquiatra logre “ejercer como médico responsable que, de manera ética, respete las obligaciones médicas, legales y profesionales, mostrando un comportamiento personal e interpersonal adecuado, con integridad, honradez y dedicación, capaz de establecer una relación terapéutica con sus pacientes y favorecer un ambiente de comprensión, confianza, empatía y confidencialidad”.
La realidad, en cuanto a la formación que recibimos en nuestro proceso de convertirnos en psiquiatras, es muy heterogénea y depende de la naturaleza de los dispositivos asistenciales que cada unidad docente ofrece y de los profesionales que, arbitrariamente, se cruzan en nuestro camino; de la dedicación, disponibilidad y especialmente de la orientación clínica que tengan. El azar de quienes vayan a ser nuestros mentores juega un papel determinante en nuestra formación y en nuestra futura filosofía laboral. Generalmente, el hospital donde uno se formó, sirve de sello identificativo de la orientación laboral del psiquiatra; “es muy biologicista porque se formó en el hospital X…”.
En otros países, como Suiza o Alemania, el título que se adquiere al finalizar la residencia, es de: Médico Psiquiatra y Psicoterapeuta, y se exige, en el caso de Suiza, dos años dedicado en exclusiva a la formación en una corriente psicoterapéutica, que incluye un proceso de terapia personal y supervisiones de sus prácticas, por terapeutas reconocidos de la corriente elegida.
En España, quien toma la decisión de formarse como terapeuta, ha de hacerlo de forma privada con estudios no reglados, ya sea en universidades o centros privados, por lo que sería recomendable planificar un programa de formación impartido por un cuerpo docente altamente cualificado -que ejerzan la psicoterapia activamente- para conseguir una eficaz y adecuada formación.
El paciente busca una experiencia, no una explicación
Frieda Fromm-Reichmann
Siempre me han parecido más enriquecedoras las autobiografías que los ensayos, y los relatos de casos clínicos más que las disertaciones teóricas, por lo que aquí recojo mi experiencia personal de convertirme en psiquiatra.
Recuerdo los primeros años de residencia como un tiovivo de emociones, expectativas, miedos, frustraciones y actitudes prepotentes, asustada por la influencia que podía ejercer sobre los pacientes.
En la consulta psiquiátrica se encuentran médico y paciente, es decir, dos personas con sus angustias, miedos, conflictos, boicots e inseguridades, con la presunción de que uno (el psiquiatra) está más estable que el otro. Mahoney decía que “la psicoterapia es un proceso interpersonal planificado en el cual la persona menos trastornada, el terapeuta, intenta ayudar a la más trastornada, el paciente, a superar un problema”.
Es fundamental el cuidado personal del terapeuta, su estabilidad emocional, porque no deja de ser una persona. Nos enfrentamos a diario a contextos de alta intensidad emocional por lo que debemos cuidarnos, si no queremos dañar o salir dañados, si queremos ser útiles y no convertirnos en fríos dispensarios de medicación.
Olvidamos la necesidad de ser honestos en la autoobservación de lo que genera nuestra práctica clínica, de supervisar los procesos terapéuticos de la relación médico-paciente, y de dedicarle tiempo e importancia al proceso de crecimiento personal y profesional.
Hace poco una paciente me explicaba que su elección de psiquiatra-terapeuta se basó en la observación de cómo actuaba esa persona en su vida: la congruencia entre lo que promulgaba y lo que hacía, su forma de comportarse… no se puede enseñar lo que uno no cree, y lo que se transmite al paciente pierde validez si el propio psiquiatra no lo tiene integrado… ¿Cómo voy a animar al paciente a poner límites, si soy el primero en someterme a voluntades ajenas? Esta paciente buscaba, en resumen, la honestidad del psiquiatra, su congruencia; valores que a ella le suponían confianza y seguridad.
Durante mi rotación en Psiquiatría Infantil, comencé a preocuparme por recuerdos de mi infancia que se despertaban, o identificaciones emocionales que sentía con los niños. Justificándome con la necesidad profesional de que mis conflictos no interfirieran con los pacientes, tomé la acertada decisión de comenzar un proceso de terapia personal.
He aprendido muchísimo de los libros, artículos, talleres, másteres… He aprendido especialmente de la experiencia con pacientes reales, de las dificultades diarias con compañeros, pero estoy convencida de que lo que más me ha aportado para poder ejercer de psiquiatra, es mi experiencia como paciente, y haber resuelto conflictos de mi historia personal.
Antes empleaba tiempo en deshacer capas de artificio en lo interpersonal, que consumían tiempo, energía y retrasaban un trabajo más profundo y eficaz con el paciente.
Recuerdo un taller vivencial de trabajo de duelo, al que asistí como paciente, donde conocí a una chica con un grave trastorno de la conducta alimentaria. Allí fui testigo, vivenciándolo al mismo nivel que cualquier otro participante, del miedo, la dificultad y el esfuerzo que supone enfrentarse a una patología tan limitante, pero con increíbles y sinceros deseos de desprenderse de ella. Supuso un profundo cambio en mi prejuiciosa concepción de irremediable cronicidad de ciertos trastornos, y me reconcilió con la esperanza de cambio y curación. Por supuesto que había leído mil abordajes terapéuticos que no me fueron útiles hasta que no me aproximé desde una posición más simétrica al proceso de enfermar y al de cambio personal.
Me he formado -y pretendo seguir formándome el resto de mi vida- como terapeuta desde distintas perspectivas (integradora, sistémica, humanista), y he llegado a la conclusión de que lo importante y determinante para el éxito terapéutico, es la relación que se establece con el paciente: relación de persona-paciente a persona-psiquiatra. Un contexto privilegiado donde poder experimentar una relación “correctiva” que le sitúe en otra posición en el mundo.
En consulta intervienen los mismos conflictos que en los que nos involucramos fuera, siendo la relación terapéutica el instrumento idóneo para reestructurarlos.
El proceso de convertirse en persona y en psiquiatra, es una responsabilidad MARAVILLOSA; un privilegio de poder ser no sólo testigo de una lucha personal, sino coprotagonista de la única e irreproducible relación que se establece con una persona doliente o “en busca de sentido”
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