ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Artículo| por Richard Erskine y traducido por Mario Salvador
Vergüenza y reivindicación de uno mismo: perspectiva
de análisis transaccional e intervenciones clínicas
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Richard Erskine. 

Psicólogo clínico. Con tres décadas de experiencia como Psicoterapeuta y docente de los métodos de la Psicoterapia Integrativa. Como profesor en la universidad de Illinois, desarrolló los conceptos iniciales de la Psicoterapia Integrativa. Director del Instituto para la Psicoterapia Integrativa de New York. Especializado en el tratamiento de la obsesión, de la disociación, y de los procesos esquizoides. Nueva York. Profesor del Instituto Galene.

La vergüenza y la reivindicación son mecanismos protectores que ayudan al individuo a evitar la vulnerabilidad a la humillación y a la pérdida de contacto en la relación. Cuando una relación es corrompida por la crítica, el ridículo, la culpa, el ignoramiento u otras conductas humillantes, el resultado es una vulnerabilidad en la relación. El contacto o la proximidad es interrumpida. La vergüenza y la reivindicación resultan de la desgracia humillante o el reproche y una pérdida de autoestima.

Tanto la vergüenza como la reivindicación reflejan las defensas usadas para evitar experimentar la intensidad de cuán vulnerable e indefenso es el individuo a la pérdida de relación. Simultáneamente, la vergüenza es una expresión de una esperanza de que la otra persona tomará la responsabilidad de reparar la ruptura en la relación. La reivindicación implica una negación de la necesidad de relación.

Una Experiencia Personal

Hace unos años un colega me telefoneó y criticó mi conducta, definiendo mi motivación como patológica. Aunque me disculpé, intenté explicar la situación, e intenté rectificar el problema escribiendo, la relación previamente cálida y respetuosa terminó en  una falta de comunicación.

En cada intento subsiguiente de hablar con esa persona, tropecé con mis propias palabras, me vi a mí mismo como un inepto, y evité hablar sobre mis sentimientos y sobre mi relación.  La experiencia de ser humillado por un colega respetado me dejó sintiendo vergüenza debilitadora. Deseé una reconexión. Deseé que la persona se interesara  por  mis sentimientos y nuestra falta de contacto y reconociera y respondiera empáticamente  y recíprocamente a la experiencia humillante que yo había tenido en la conversación telefónica original.

El sentido de vergüenza y deseo me impulsó a examinar mis reacciones internas a la humillación. En mis sesiones de psicoterapia reexperimenté ser un niño en el segundo y tercer grado de escolarización, lleno de miedo y adaptándome a un profesor altamente crítico. El beneficio personal de la psicoterapia fue un reclamo de la sensibilidad hacia otros y a mí mismo y  un sentido personal de alegría. El beneficio profesional de resolver mi vergüenza fue una evolución en los métodos terapéuticos y las interacciones en mi práctica clínica. Se me encaró con varias cuestiones: ¿Cómo y cuando defino a la gente? ¿Adscribo a la motivación más que facilito a la autocomprensión de la persona y su  conducta? ¿Cuál es el efecto de mi afecto interior o conducta en la otra persona? ¿Estoy, en mi intento de ser terapéutico, indicando al cliente, “algo está mal en ti?”

Las ideas teóricas sobre la vergüenza y la reivindicación y las intervenciones clínicas presentadas en este artículo son el resultado de varios años de mi investigación de mis errores como terapeuta, las rupturas que he creado en la relación terapéutica con clientes, y los métodos que pueden incrementar el sentido de vergüenza de un cliente. Una aproximación respetuosa a la experiencia fenomenológica de cada cliente del proceso de nuestra terapia aportó una exploración, transacción por transacción de mis fallos empáticos, malas percepciones de niveles de funcionamiento, y desarmonizaciones afectivas- las interrupciones en la relación de contacto. Cuando tomo la responsabilidad por las rupturas en la relación terapéutica, mi terapia se enfoca en la armonización con la experiencia afectiva del cliente, y en la respuesta con un afecto recíproco. Mi implicación terapéutica está en mi consistencia, responsabilidad,  y seguridad. Es en la exploración y la resolución  de las rupturas en nuestra relación que puedo ser más efectivo al descubrir las creencias que determinan las experiencias interpersonales significativas en la vida de mi cliente.

La psicoterapia de análisis transaccional en los 70 y a principio de los 80 estaba  marcada por la definición de las conductas de los clientes y  estaba sesgada por  métodos clínicos que empatizaban la explicación, confrontación, y el  cambio de conducta. Tales métodos a menudo ensombrecen temas relacionados con vergüenza y  reivindicación. Definir el sentimiento de un cliente  como un Racket, o la conducta como un  juego o como un guión es adverso para resolver problemas psicológicos que  se originan  en la experiencia de humillación, negligencia, o abuso.

Definir a alguien, incluso agudamente, puede devaluarle y humillarle. Explorar en la experiencia de otro, su motivación, auto definición, y el significado de su conducta evita la humillación potencial. Responder con empatía y armonización refuerza a la persona a expresar totalmente sentimientos, pensamientos, percepciones, y talentos. La exploración, armonización, y la implicación invitan a una revelación del significado subyacente y de la motivación inconsciente.

La práctica clínica y el desarrollo teórico pujan uno con otro en el proceso de evolucionar. Intervenciones clínicas que hacen uso del respeto (Erskine & Moursund, 1988); transacciones empáticas (Clark,  1991); Compromiso emocional (Cornell & Olio, 1992); la exploración, armonización e implicación (Erskine, 1991; Erskine, 1993; Erskine & Trautmann, 1993) han revelado que la vergüenza y las fantasías auto protectoras son dominantes en las vidas de muchos clientes. Sin embargo, estos fenómenos no se han integrado adecuadamente con una teoría de análisis transaccional de Estados del Yo y guiones. La experiencia clínica ayudaba a desarrollar una comprensión teórica que mira la vergüenza  y la reivindicación como dinámicas intrapsíquicas arcaicas diseñadas para proteger al individuo del reproche, humillación, y la pérdida de contacto en la relación. La vergüenza arcaica sin resolver incrementa el dolor de cualquier crítica. El conflicto intra psíquico arcaico añade una toxicidad que inunda la humillación con vergüenza debilitadora o defensiva.

La Literatura

En la literatura del análisis transaccional, la vergüenza y la reivindicación han recibido poca atención como tópicos teóricos o como áreas de importancia clínica. Oblicuamente, Berne (1972),  Ernst (1971), y Erskine y  Zalcman (1979) todos presentaban unas bases teóricas para la comprensión de la posición existencial y creencias de guión relacionadas con la vergüenza. La descripción de Erskine (1988) del Estado de Yo Niño se defiende contra los conflictos intrapsíquicos, cuando es elaborada para incluir afecto y fantasía, aporta una teoría del Estado del Yo para la comprensión de las dinámicas de  la vergüenza y la reivindicación.

English (1975) se dirigía directamente a la vergüenza y el control social, describiendo la vergüenza como “ el precio de la internalización del niño de un específico mensaje de control desde su familia y cultura”. Ella continuó diciendo que el efecto es la inhibición, limitación, y control de la curiosidad expansiva”. English empatizaba que el acto de avergonzar niños sirve a “ la función de adaptar al niño a la civilización de la familia, para mejor o peor”.

Recientemente, Klein (1992) definía la reivindicación como “el núcleo de las estructuras defensivas de nuestros egos”. Ella indirectamente relacionaba la defensividad de la reivindicación con la vergüenza cuando describía la reivindicación como “ el camuflaje de nuestra autoestima negativa”

Aunque Berne (1972) y Ernst (1971) no escribían específicamente sobre vergüenza o reivindicación, las dinámicas relacionadas con estos sentimientos están reflejadas en las posiciones existenciales de “ Yo no estoy bien - Tú estás bien” o en la defensa “ Yo estoy bien - Tú no estás bien”.

La literatura de psicoterapia sobre la vergüenza y  la reivindicación ha sido también escasa, aunque recientemente el concepto de vergüenza ha recibido creciente atención. Goldberg comenzaba Vergüenza comprensiva (1991) trazando el origen de la palabra moderna inglesa “shame” (vergüenza) del Indo Europeo “schame”, que significa “esconder” o “ cubrir”. Él continuaba con ejemplos de casos clínicos de cómo individuos esconden y cubren sus siguientes incidentes de insulto o desgracia. Cada uno de los ejemplos de Goldberg sobre vergüenza reflejaban degradación o experiencias humillantes infligidas por la conducta de otra persona. De  acuerdo con Goldberg, la vergüenza es causada por “la pérdida de conexión afectiva con otros que son significativos, que  son, o se creen que son, necesarios para la supervivencia psicológica y física de uno”. (p. 59). El resultado es la pérdida de autoestima y el ocultamiento protector de una baja autoestima ante otros, así como ante posibles reproches e insultos futuros. La vergüenza representa un miedo especial-  “como un instinto de auto preservación” (p 18), como “un vehículo silencioso que guarda un secreto a la desgracia” (p 22). En esencia, la vergüenza es una experiencia solitaria aunque auto protectora. Sin embargo, Goldberg también ve la vergüenza como “ lo crucial de la libertad humana”, con un potencial constructivo (1990, p 591).

Lynd (1958), uno de los escritores más tempranos sobre la vergüenza, definía la vergüenza como un sentido de injuria a la confianza  de uno mismo y otros. Lewis (1971) describía la vergüenza como una reducción  de la autoestima y en la estima de los otros resultando en furia o ira que funciona para reganar un sentido de ser valorado. Wilson (1990), escribiendo para una audiencia profana, dijo, “la vergüenza es un sentido fuerte de ser únicamente diferente y menos que otros seres  humanos” (p25).

Kaufman, en La psicología de la vergüenza (1989), escribió:
“Fenomenológicamente, sentir vergüenza es sentirse visto en un sentido dolorosamente disminuido. (p 17). La vergüenza es el recurso de lo que ha sido referido como heridas narcisistas o injurias.(con) baja autoestima, pobre concepto de uno mismo, o imagen auto disminuida. (p 25).”
“La vergüenza se vuelve activada cuando las expectativas fundamentales de un otro significativo (escenas imaginadas de necesidad interpersonal) o aquéllas expectativas igualmente fundamentales de uno mismo (escenas imaginadas de propósito) son repentinamente calificadas como equivocadas o son frustradas.(p 35).”

Silvan Tomkins (1963) describió la vergüenza como uno de los nueve afectos humanos: como “el afecto de la indignidad, de transgresión y alienación” ( p 18). Como uno de los primeros psicólogos que investigaron seriamente las emociones, Tomkins (1962, 1963, 1991) fue  pionero al elaborar la teoría que dio voz a las observaciones clínicas de muchos terapeutas del juego entre afecto, percepción, cognición, reacciones físicas, y la conducta. Tomkins estaba particularmente interesado en gestos faciales, respiratorios y corporales  como una expresión de varios afectos y cómo las emociones sirven como el sistema motivacional primario de los seres humanos. El describía la vergüenza como un afecto en un continuo con humillación, siendo la vergüenza de menor intensidad y la humillación relacionada con la aparición de un afecto mucho más grande. Aunque Tomkins teorizaba que la vergüenza estaba entre los nueve afectos primarios humanos que motivaban la cognición y la conducta, él describía la vergüenza como apareciendo siempre en  presencia de otras emociones. La vergüenza sirve como un impedimento para la expresión del interés, excitación o alegría, e interfiere con el placer de una experiencia.

Nathanson (1992) aplicaba la teoría del afecto de Tomkins- específicamente en lo que se relaciona con la vergüenza y el orgullo- a descripciones de la vida diaria y a psicoterapia  y psicoanálisis. Los escritores psicoanalíticos han ignorado generalmente el tema de la vergüenza. Desde una perspectiva psicoanalítica la  vergüenza es una resistencia- una formación de una reacción que trata la conversión de lo que es fenomenológicamente experimentado. La vergüenza es vista como inhibiendo los impulsos exhibicionistas disfrazando los deseos prohibidos desde la conciencia (Goldberg, 1991).

Erikson ( 1950, 1959, 1968)  fue uno de los primeros teóricos en prescindir de la teoría instintiva de Freud y la importancia central de la culpa en ese paradigma. En vez  de eso, él escribió sobre el desarrollo ontológico de la identidad a través del ciclo de la vida. El describió  ocho estados de desarrollo o crisis a través de las cuales los individuos forman y refinan sus identidades- una aproximación personal a verse uno mismo y al mundo. El segundo estado de Erikson centrado en un sentido de autonomía versus vergüenza y duda. Él (1968) escribió que igual que la autonomía y el orgullo emanan de un sentido de bondad  interior, así la duda y la vergüenza derivan del sentido de la maldad: “un sentimiento de autocontrol sin pérdida de autoestima es la fuente ontogenética de un sentido de libre voluntad.  Desde un sentido inevitable de pérdida de autocontrol y  sobre control parental viene una propensión a la duda y la vergüenza” (p 109). La calidad de la relación entre  niño y padre es el factor primario en sí, el niño desarrolla un sentido de ser impotente, inhibido, y  avergonzado. “la calidad de la autonomía que los  niños desarrollan depende de la habilidad de sus padres para garantizar la autonomía con dignidad y un sentido de interdependencia personal que ellos derivan de sus propias vidas” (Erskine, 1971, p 60). La vergüenza  resulta cuando los padres recurren a la burla, que impulsa al niño a abandonar los deseos y los intereses; la duda resulta de sobrecontrol externo que roba al niño el sentido de eficacia- que él o ella es capaz de controlarse a sí mismo-a. (Wolf, 1988).  

Lewis (1971, 1987), siguiendo las ideas de Erikson, parecía ser uno de los primeros escritores psicoanalíticos en relacionar el fenómeno de la vergüenza con la práctica clínica. Ella empatizaba el esfuerzo de recuperar un sentido de ser valorado siguiendo una pérdida de valor o de estima a los ojos de los otros o de uno mismo. Wurmser (1981) describió la vergüenza como relacionada a creencias sobre algo equivocado con uno mismo, es decir, “soy débil”, “estoy sucio”. Basch (1988) dio a la vergüenza un lugar significativo dentro de la teoría psicoanalítica de la psicología de uno mismo. Él describió la vergüenza como “una emoción dolorosa ...una maniobra básicamente protectora”  (p 136) que pone un final a la auto expresión o las expectativas. Tanto Kohut (1977,1984) como Morrison (1987) relacionaban el origen de la vergüenza con experiencias de fracaso empático en la vida corriente y también, importantemente, con sentimientos de inseguridad resultando de fracaso  empático parental desde la niñez temprana.

Sullivan (1954) describió la dinámica de la vergüenza con el término ansiedad:
“ En lo que yo uso el término, la ansiedad es un signo de que la autoestima de uno está en peligro... La ansiedad es una señal de peligro del auto respeto, a la situación de uno a los ojos de personas significantes presentes, incluso si son sólo figuras ideales desde la niñez” (p 207).

Sullivan también describió cómo usa la gente la ira y la “incomprensión” para evitar la ansiedad de “descenso  previsto de autoestima” (p 207).

La reivindicación ha recibido incluso menos atención en la literatura psicoanalítica que la vergüenza. La literatura sobre el tratamiento de los desórdenes narcisistas es un área en la cual los escritores han implicado una conexión directa entre la humillación, vergüenza, baja auto evaluación, ira, y reivindicación (Kohut, 1978; Lewis 1987; Modell 1986; Morrison 1986; Reich 1986; Wurmser 1987). Bursten (1973) describió la adopción de una estancia de arrogancia, auto glorificación, y agresividad con reparación de la vergüenza. Bach definió la grandiosa fantasía narcisista como una defensa contra un “defecto en el sentido de uno mismo que requiere una sobrecompensación inusual” (p 93). La sobrecompensación es desarrollada a través de fantasías  rígidas de uno mismo, una defensa contra la vergüenza y la baja estima causada por experiencias humillantes con otros. Horowitz (1981) relacionaba la ira de reivindicación y la atribución de la culpa a otros como una defensa contra el insulto y la vergüenza. Basch (1988) aportaba un ejemplo clínico del reverso del insulto y la vergüenza en el caso de una mujer que era terriblemente humillada y fantaseaba con la venganza como un rechazo de su sentido de la vergüenza. Goldberg (1991) relacionaba tales fantasías con un intento de ganar control sobre la falta de poder. Wallace y Nosko ( 1993) describieron cómo la ira y la violencia sirven como un medio de  evitar el sentido de abandono unido a la vergüenza en hombres que pegan a sus mujeres. Aunque la reivindicación no ha recibido adecuada atención en la literatura clínica o teórica, los autores que describen el fenómeno implican que la reivindicación es un proceso defensivo usado para evitar un sentido de vergüenza y los recuerdos o la anticipación de la humillación y el reproche.

Los métodos clínicos para el tratamiento de la vergüenza  y la reivindicación que empatizan el respeto, la armonización, y una relación de contacto están más completamente desarrollados que una perspectiva teórica en este área. La distinción entre vergüenza y humillación necesita ser clarificada. ¿Es la vergüenza  un afecto humano innato o una combinación de procesos intrapsíquicos que incluyen las emociones, los sistemas de creencias, y los procesos defensivos? ¿Es la vergüenza una reacción a la conducta corriente de otros, el resultado de unas introspecciones arcaicas,  o una posición existencial? Más aun, ¿cómo pueden ser explicados estos fenómenos en el marco de una teoría del análisis transaccional?

Vergüenza: Una clarificación teórica

La vergüenza es  un proceso autoprotector usado para evitar los afectos que resultan de la humillación  y la vulnerabilidad a la pérdida de contacto-interrelación con otra persona. Cuando niños, e incluso adultos, son criticados, devaluados, o humillados por personas significativas, la necesidad de contacto y la vulnerabilidad al mantener la relación pueden producir un afecto defensivo  autoprotector y una conformidad con las definiciones impuestas disminuidoras. La vergüenza es un proceso complejo que implica:

1) un concepto de uno mismo disminuido, una disminución del valor de uno mismo en unión con la humillación externa y la crítica introyectada;
2) un desplazamiento defensivo de la tristeza y el miedo; y 
3) una negación de la ira.

La vergüenza implica una negación de la ira para mantener la apariencia de una relación conectada con una persona que estimula relaciones humillantes. Cuando la ira es negada un aspecto valioso de uno mismo se pierde: la necesidad de ser tomado seriamente y  respetuosamente, y la necesidad de tener impacto en la otra persona. El valor de uno mismo es disminuido.

La vergüenza también implica  un desplazamiento de los afectos de tristeza y miedo: la tristeza de  no ser aceptado como uno es -con las propias urgencias de uno, deseos, necesidades, sentimientos, y conductas- y el miedo al abandono en la relación por causa de quién uno es . El miedo y la pérdida de un aspecto de uno mismo alimenta la tendencia hacia la sumisión una disminución de la propia autoestima para establecer confluencia con la crítica y/ o la humillación. 

La sumisión a la  humillación, el desplazamiento del miedo y la tristeza, y el  desconocimiento de la rabia producen el sentido de vergüenza y duda descrito por Erikson (1950). Escribiendo desde una perspectiva feminista sobre la terapia de relación, tanto Miller (1987) como Jordan (1989) validan esta explicación relacionando la vergüenza con la pérdida de conexión humana.

“La vergüenza es sobre todo un sentido de no validez para estar en conexión, un sentido profundo de no ser amado, con la consecuente inadvertencia de la propia necesidad de querer conectarse con los otros. Asi como la vergüenza implica una extrema conciencia de uno mismo, también indica poderosos anhelos de relación.” (Jordan, 1989, p 6)

Kaufman (1989) similarmente expresaba que la vergüenza refleja la necesidad de contacto en la relación: “En el medio de la vergüenza, hay una añoranza ambivalente por la reunión con quienquiera que nos avergonzó.”(p 19). La vergüenza es una expresión de una esperanza de que el otro tomará la responsabilidad de reparar la ruptura en la relación.

Tomkins, (1963) escribió que la vergüenza es el afecto presente cuando ha habido una pérdida de dignidad, transgresión y alienación. Él implicaba que la vergüenza es un afecto diferente en naturaleza y función de los otros ocho afectos en su  esquema  teórico. El afecto de la vergüenza, de acuerdo con Tomkins sirve como una alternativa o impedimento a otros afectos- una defensa contra el interés y la alegría. Las ideas de Tomkins se comparan con las observaciones de Fraiberg (1982/  83) sobre la formación de defensas psicológicas en niños. Ella describió el proceso de “transformación de afecto” (p 71) en el cual un afecto es substituido o transpuesto por otro cuando el afecto original fracasa al crear el contacto necesario entre el niño y el adulto cuidador, a veces tan pronto como a los nueve meses de edad. Cuando el niño es humillado, el miedo a la pérdida de relación y la tristeza de no ser aceptado se convierten en el afecto de la vergüenza.  La vergüenza está compuesta de tristeza y miedo, el rechazo de la ira, y  un bajo concepto de uno mismo- junto  con la humillación.

Esta  sumisión a la humillación asegura una relación continuada y, paradójicamente,  también una defensa. Esta disminución protectora de la autovaloración es observable entre animales salvajes cuando un animal se encoge en presencia de otro para evitar un ataque y para garantizar la aceptación. Es autoprotector bajar el estatus de uno para alejar la agresión cuando una pelea por la dominancia pudiera ocurrir. El autoconcepto disminuido o la autocrítica que es una parte de la vergüenza disminuye el dolor de la ruptura en la relación mientras  al mismo tiempo mantiene una apariencia en la relación. La a menudo citada frase del entrenador de boxeo, “pégales con toda tu  fuerza” (“de beat´em to the punch”, en el original, N.T.) describe la función de la baja autoestima contra la posible humillación de los otros. Sin embargo, el golpe es dirigido a uno mismo en forma de baja autovaloración.

Vergüenza y Reivindicación:  una  perspectiva de AT

Las formulaciones de una teoría de análisis transaccional de la vergüenza y la autorectitud requieren que los conceptos estén integrados en la teoría de los Estado del Yo y la teoría del guión. Para llegar a un entendimiento de cómo funcionan los fenómenos de la vergüenza y la reivindicación dentro de los Estados del Yo, es esencial que los conceptos usados estén claramente definidos. Berne (1972) recomendaba que las discusiones teóricas permanezcan en un grupo dado de conceptos y definiciones para que las definiciones usadas “pertenezcan al  mismo marco o vengan del mismo punto de vista” (p 412). Las siguientes definiciones de los Estados del Yo son aportadas como un marco conceptual para tal exploración teórica. Muchas de ellas se extraen  y se apoyan en el material que previamente he publicado (ver Erskine, 1980, 1988, 1991, 1993; Erskine & Moursund, 1988).

Estados del Yo

En 1961 Berne definió los Estados colectivos del Yo Niño como un Yo arcaico compuesto de fijaciones de estados de desarrollo más tempranos: como “reliquias de la propia niñez del niño” (p 77). El Estado del Yo Niño es la entera  personalidad de la persona tal como él o ella eran en ese periodo de desarrollo previo (Berne, 1958/1977,1961, 1964). Cuando se funciona en un Estado del Yo Niño la persona percibe necesidades internas y sensaciones y el  mundo externo como él o ella hizo en una edad de desarrollo previa. “Esto incluye las necesidades, deseos, urgencias, y sensaciones; los mecanismos de defensa; y los procesos de pensamiento, percepciones, sentimientos, y conductas  de la fase de desarrollo donde aparece la fijación.” (Erskine,  1988 p 17). Las fijaciones del Estado de Yo Niño ocurrieron cuando las necesidades críticas de contacto en la niñez no fueron satisfechas,  y el uso de defensas del niño contra la incomodidad de las necesidades no encontradas se volvían habituales (Erskine 1980).

Los Estados del Yo  Padre son las manifestaciones de las introyecciones de las personalidades de la gente real como fueron percibidas por el niño en el momento de la introyección (Erskine, 1988; Loria 1988). La  introyección es un mecanismo de defensa frecuentemente usado cuando hay una falta de contacto psicológico entre un niño y los adultos responsables de sus necesidades psicológicas. La introyección es una identificación inconsciente con las creencias, sentimientos, motivaciones,  conductas, y defensas del otro. El otro significativo es hecho parte de uno mismo, y el conflicto resultante de la falta de satisfacción de la necesidad es  internalizado para que el conflicto pueda aparentemente ser manejado más fácilmente. (Perls, 1977; Rosenfeld, 1978).

Los contenidos del Estado del Yo  Padre pueden ser introyectados en cualquier momento de la vida  y, si no son reexaminados en el proceso de desarrollo posterior, permanecen no elaborados o no integrados en el Estado del Yo Adulto. El Estado del Yo Padre se constituye de pedazos ajenos  de personalidad, enmarcados en el Yo y experimentados fenomenológicamente como si fueran los de uno mismo, pero, en realidad, forman una personalidad prestada, potencialmente en la posición de producir influencias intrapsíquicas en los Estados del Yo Niño.

El Estado del Yo Adulto consiste en desarrollo emocional, cognitivo y  moral; la habilidad de ser creativo; y  la capacidad para el compromiso total en las relaciones significativas. El Estado del Yo Adulto da cuenta de lo que pasa e integra  lo que está pasando momento a momento internamente y  externamente, de experiencias pasadas y sus efectos resultantes, y las influencias psicológicas e identificaciones con otra gente significativa en la vida de uno.

La vergüenza arcaica es una expresión interna de un conflicto intrapsíquico entre un estado reactivo del Niño y un estado influyente del Yo Padre. Cuando un Estado del Yo Niño es activo, (subjetivamente informado o conductistamente observable), está catectizado por una teórica  inferencia del Estado del Yo Padre y está influyendo intrapsíquicamente (Berne, 1961;1964). “El individuo manifiesta una actitud de sumisión infantil” (Berne, 1961 p 76) y  puede hacer uso de las defensas  infantiles como el evitamiento, la congelación o la lucha (Fraiberg, 1982/1983); la fragmentación del Yo (Fairbairn, 1954);  la transformación de afecto y la inversión de la agresión (Frairberg, 1982/1983); y la fantasía (Erskine, 1988, p 18; Erskine & Moursund, 1988, p 23). 

Berne (1961) describió las dinámicas intrapsíquicas de los Estados del Yo como representando “las reliquias del infante que  una vez existió realmente, en un esfuerzo con las reliquias de los padres que una vez realmente existieron” por eso “replican las luchas reales de la niñez por la supervivencia entre gente real, o al menos esa es la manera en que el paciente lo experimenta” (p 66).

El conflicto intrapsíquico es en parte mantenido por la necesidad del niño de relación  (Fairbairn, 1954), atracción (Bowlby, 1969), o el contacto (Erskine, 1989) y la defensa del Estado del Yo Niño contra la  consciencia completa de las necesidades de contacto, atracción y relación. Estas necesidades son evidentes en la lealtad psicológica al estado intrapsíquicamente influyente del Estado del Yo Padre (Erskine, 1988, 1991). La lealtad está en el evitamiento defensivo de la realización  “Mis necesidades psicológicas fueron descontadas” o en la fantasía inconsciente “ si soy lo suficientemente  bueno, mis necesidades serán satisfechas. ”

De cara a establecer una teoría analítica transaccional que describe el fenómeno de la vergüenza y la reivindicación, los términos humillación y  transacciones humillantes son usados aquí para referirse a las interacciones que suceden entre gente cuando una persona degrada, critica, define o ignora al otro. Los términos vergüenza y reivindicación son usados para referirse a las dinámicas intrapsíquicas que ocurren dentro de un individuo  y que pueden  describirse como la influencia del Estado del Yo  Padre, sumisión/conformidad y /o sistemas arcaicos de defensa. Cuando el sentido de la vergüenza  se ha  fijado, representa un conflicto intrapsíquico entre un estado exteropsíquico influyente del Yo y un estado arqueopsíquico defensivo y conformista del Yo: ese niño que anhelaba una relación. “la fijación se refiere a un modelo de afecto, conducta o cognición desde un estado anterior de desarrollo que persiste y puede dominar la vida posterior.” (Erskine, 1991, p 69). Son las defensas  fijadas que mantienen al Yo en estados fragmentados e interfieren con la integración de experiencias arcaicas en un Yo Adulto (Erskine & Moursund, 1988). 

Una Fantasía Defensiva

Como un proceso de desarrollo normal, los niños pequeños a menudo usan la fantasía como una manera de aportar controles, estructura, crianza, o cualquier cosa que se haya  experimentado como perdido o inadecuado. La función de la fantasía puede ser estructurar la conducta como una  protección de las consecuencias o para aportar amor y apoyo cuando los cuidadores reales son fríos, ausentes o abusivos. La fantasía sirve como un amortiguador entre las figuras reales parentales y los deseos, necesidades, o sentimientos de los niños. En familias o situaciones donde es necesario reprimir una consciencia de necesidades, sentimientos, y recuerdos para sobrevivir o ser aceptados, la fantasía autocreada puede ser fijada y  no integrada con aprendizaje de desarrollo posterior. Con el tiempo, la fantasía funciona como un reverso de la agresión: La crítica, devaluación, y la humillación a la que el niño puede haber sido sujeto son amplificadas y vueltas contra él como en la autocrítica. Tales fantasías basadas en la vergüenza sirven para mantener una ilusión de compromiso a una relación cuando la relación actual puede haber sido rota con la humillación.

Muchos clientes informan de un persistente sentido de vergüenza acompañado por autocrítica degradante. Ellos repetidamente imaginan fracasos humillantes en la realización o la relación. En la fantasía ellos amplifican la sumisión con la crítica  y  humillación introyectada mientras se defienden contra los recuerdos de la tristeza original de no ser aceptados como uno es y el miedo al abandono por quien uno es. Cuando los recuerdos de tempranas humillaciones traumáticas son defensivamente reprimidos, pueden reemerger en la conciencia como fantasías de fracasos futuros o degradación. La autocrítica y la  fantasía de fracaso humillante sirven dos funciones adicionales: mantener la renuncia de la ira y proteger contra el trauma de críticas futuras y degradación.

La Reivindicación: Una doble defensa  

La reivindicación sirve a una función más elaborada que los aspectos defensivos de la vergüenza. La reivindicación es una fantasía auto generada (en ocasiones manifestada en transacciones abiertas) que defiende contra el dolor de la pérdida de la relación mientras aporta un seudo-triunfo sobre la humillación y una inflación en la autoestima. Mientras la vergüenza y las fantasías autocríticas dejan a la persona sintiéndose devaluada y ansiando una reparación en la relación, las fantasías reivindicativas son un intento desesperado de escapar a la humillación y de ser libres de la vergüenza justificándose uno mismo. La reivindicación es: 
1) una defensa contra la tristeza y el miedo de la humillación, 
2) una expresión de la necesidad de hacer un impacto y ser tomado en serio y tratado respetuosamente, y 
3) una defensa contra una conciencia de la necesidad de que el otro repare la relación rota. La persona fantasea el valor sobre sí mismo, a menudo encontrando fallos en otros y después renunciando a la conciencia de la necesidad del otro. El yo es experimentado como superior.

Como describió Alfred Adler, una fantasía de superioridad se defiende contra los recuerdos de  humillación ( Ansbacher & Ansbacher  1956) y desvía el sentido de vergüenza hacia afuera. Un caso clínico como ejemplo ilustra este concepto. Robert, un casado de 39 años padre de dos, había estado en terapia de grupo durante dos años y medio. Robert describió que, mientras conducía al trabajo, frecuentemente fantaseaba discutiendo con sus  colegas o el supervisor de departamento. Él a menudo elaboraba estas fantasías con una oratoria bien articulada ante la mesa de directivos. En estas discusiones fantaseadas, él señalaba los errores de otros, cómo sus críticas a Robert eran  equivocadas, y más importante, cómo hacían errores que él, Robert, nunca haría. En la fantasía de Robert, la mesa de directivos sería influida por los argumentos convincentes de Robert. El sería exonerado de toda crítica mientras los otros serían culpados tanto por criticarle como por sus propios fracasos. Estas fantasías obsesivas eran a menudo iniciadas por  alguna  crítica en el trabajo que  no era acompañada por una  oportunidad para que  Robert explicara su motivación. La falta de diálogo continuado con la gente  parecía impulsarle en fantasías obsesivas donde podía debatir con los otros enfrente de una audiencia que, al final, estaba de acuerdo en que  Robert tenía razón, por duro  que fuera.

Estas fantasías obsesivas gradualmente disminuyeron y  finalmente cesaron cuando él exploró las humillaciones que  había experimentado repetidamente en la escuela elemental en un tiempo en el que tenía dificultades de habla. Tanto los profesores como otros niños se burlaban de este impedimento. Aunque en psicoterapia él no podía recordar ninguna de las burlas, sabía que  había sido ridiculizado. El tenía un sentido constante de que la reacción de otros hacia él implicaba que  “algo está mal en ti”.

Pasados los años, él trabajó en mejorar su discurso, venció al impedimento, y  desarrolló una dicción impecable. Sin embargo, junto con las humillaciones que había experimentado como niño, adoptó la creencia “algo está mal en mi” como una explicación para su pérdida de amistad íntima con otros niños y la aprobación de los profesores. Él más tarde se defendió contra la conciencia de la creencia de guión perfeccionando su discurso. Sin embargo, a pesar de cuán perfecto se volvió su  discurso de adulto, cuando alguien le criticaba él escuchaba sus comentarios. Las críticas activaban los recuerdos emocionales de humillaciones anteriores donde las críticas introyectadas influirían su Estado del Yo Niño y potenciarían las críticas actuales. Para consolarse, de camino al trabajo al día siguiente, se defendía obsesivamente de las observaciones de sus colegas o supervisores, ansiando que alguien dijera que  tenía razón.

En el caso de Robert, el proceso defensivo de la renuncia a la ira, la sumisión, transposición de afecto y  fantasía se volvían fijos en la misma manera que cualquier proceso defensivo lo hace si no es respondido con una relación de empatía y armonía afectiva. Fue a través del respeto  por el estilo de relación de Robert  con la gente y una exploración genuina  de la experiencia de Robert, que  él comenzó a revelar la presencia de sus  fantasías obsesivas. Las fantasías reivindicativas  defendían contra los deseos naturales de contacto en la relación y  su necesidad de que otros repararan la relación interrumpida. A través de las transacciones empáticas y sintonía, fue capaz de experimentar la vergüenza original- la tristeza, miedo, ira, y sumisión en respuesta a las humillaciones. Cuando expresaba la tristeza y el miedo en la pérdida de contacto en sus relaciones con profesores y niños, él redescubría su  ansia de ser reconectado con otros. Las fantasías defensivas cesaron. La implicación del terapeuta y otros miembros del grupo hizo posible que Robert experimentara su necesidad de  contacto emocional cercano como natural y deseable.

El sistema del Guión  

Los conceptos de Berne de guión han sido explicados y  ampliados por  muchos autores desde que fueron presentados (English 1972; Erskine 1980; Erskine & Zalcman  1979; Goulding & Goulding 1979; Holloway 1977; Kahler con Capers 1974; Steiner 1971; Woollams 1973). Cada autor presentaba sus ideas y aportaba interesantes perspectivas teóricas, indicaciones útiles, y nuevas dimensiones de práctica clínica. Aunque sólo unas pocas de estas contribuciones teóricas eran consistentes con la perspectiva de Berne sobre el guión como un fenómeno de transferencia o su teoría de Estados del  Yo (Erksine 1991). Varios  modelos de Estados del Yo fueron usados como base para matrices de guión sin referirse a las conceptualizaciones originales de Berne de los Estados del Yo y sin definir los argumentos para reformular el Estado del Yo y la teoría del guión. Berne (1972) también contribuyó a esta inconsistencia teórica mezclando conceptos y modelos en sus trabajos posteriores. El aminoró el impacto que sus teorías relacionales y evolutivas tenían que ofrecer y por tanto disminuyó su propia extensión creativa de la teoría psicoanalítica y de la psicoterapia.

En la psicoterapia de la vergüenza y la reivindicación, como con muchas otras desviaciones psicológicas enraizadas en desviaciones de la relación, la terapia es realzada si el terapeuta tiene unas bases teóricas y orientadas hacia la relación para determinar el tratamiento y las intervenciones clínicas subsecuentes. Aunque varias definiciones de guión existen en la literatura del análisis transaccional, la siguiente definición de guión se aporta como una base para correlacionar las definiciones originales de Berne de los Estados del Yo con una definición operacional del guión de la vida como una base para una discusión consistente de la psicodinámica y los  métodos de psicoterapia: El guión es un plan de vida basado en introyecciones y/o reacciones defensivas hechas bajo presión, a cualquier edad de desarrollo, que inhiben la espontáneidad y limitan la flexibilidad en la solución de problemas y en la  relacion con la gente.

Estas introyecciones y/o reacciones defensivas ocurren bajo la presión de fracasos en una relación de contacto y de apoyo. Las necesidades de contacto y sentimientos relacionados de pérdida de relación son negados y suprimidos al adoptar reacciones defensivas e introyecciones. Este proceso defensivo forma “el corazón  intrapsíquico del guión” (Erskine 1980).

Desde su presentación inicial en 1975 por Erskine y Zalcman y su publicación en 1979 como “el sistema de Rackets: un modelo para el  análisis de rackets” (Erskine y Zacman), se ha vuelto claro que el término americano “racket” no tiene  traducción directa en otras lenguas. En aras a aportar una uniformidad internacional en la teoría del análisis transaccional y su terminología, recomiendo usar el término sistema de guión más que análisis de rackets. Los conceptos permanecen igual; sólo los términos son diferentes.

El sistema de guión (originalmente  publicado como el sistema de rackets) aporta  un modelo para comprender las dinámicas sistémicas entre las dimensiones intrapsíquicas de conducta y psicológicas del guión de  vida. El sistema de guión reproduce cómo las reacciones intrapsíquicas (conclusiones defensivas y decisiones) e introyecciones que forman el corazón de un guión de vida están organizadas como creencias de guión; cómo estas creencias son manifestadas en la conducta, fantasía y en las tensiones psicológicas; y cómo un individuo estructura sus percepciones e interpretaciones de la experiencia para proporcionar reforzamiento de las creencias de guión. Gráficamente representa una sección trasladada del guión- cómo el guión de vida se vive fuera del aquí y ahora.

El sistema de guión se correlaciona con la teoría del Estado del Yo mientras provee una perspectiva alternativa sobre la organización de introyecciones y reacciones defensivas-  las fijaciones del Yo exteropsíquicas y arqueopsíquicas. Estas fijaciones, en forma de creencias de guión, sirven como defensas  cognitivas contra la consciencia de las necesidades y sentimientos presentes a una edad más temprana cuando la necesidad de llenar el contacto personal se perdió y las creencias de guión se formaron e introyectaron. Cuando es operacional, el sistema de guión describe la contaminación del Yo Adulto por los Estados de Yo Padre y Niño.

El sistema de guión se define como “un sistema autorreforzado y distorsionado de sentimientos, pensamientos y acciones mantenidas por individuos ligados al guión”. (Erskine y  Zalcman, 1979). En el intento de un niño de dar sentido a la experiencia de una falta de contacto en la relación él o ella se encara con la respuesta a la cuestión: “¿qué hace una persona como yo en un mundo como este con gente como tú?” Cuando el niño está bajo presión de una falta de contacto en relaciones que reconocen, dan validez, o satisfacen necesidades, cada uno de las tres partes de esta cuestión puede ser contestada con una reacción defensiva y /o la identificación inconsciente defensiva con el otro que constituye la introyección. Cuando las introyecciones, las conclusiones y las decisiones defensivas  no son respondidas por una persona empática o llena de contacto, a menudo se vuelven, en un intento de ganar auto apoyo, creencias fijas sobre uno mismo, sobre otros, y forma de vivir -el núcleo del guión de vida-. Estas creencias de guión funcionan como una defensa cognitiva contra la conciencia de los sentimientos y necesidades de contacto en la relación que no fueron adecuadamente respondidas en el momento en que se formaron las creencias de guión. La presencia de creencias de guión indica una defensa continua contra la conciencia de necesidades de contacto en la relación y el pleno recuerdo de interrupciones en la relación.

La manifestación del guión consiste en todas las  conductas externas e internas que son manifestaciones de las creencias de guión y necesidades y sentimientos negados. La exhibición de guión también incluye las experiencias internas de tensión psicológica  y las fantasías que apoyan las creencias de guión aportando experiencias reforzadoras. Las experiencias reforzadoras son el recuerdo seleccionado de transacciones, fantasía, y experiencias corporales que refuerzan la creencia de guión. Aquellas experiencias que no refuerzan las creencias de guión son a menudo negadas (Erskine & Moursund,1988).

En el  caso de Robert, durante la escuela elemental adoptó la creencia de guión  “Algo está mal en mi” junto a la humillación de los niños y profesores como una pseudosatisfación de su necesidad de ser aceptado por ellos. Desde la perspectiva de la teoría de los Estados del yo, el núcleo del sentido de vergüenza de Robert consiste en el desplazamiento defensivo de la tristeza y miedo, una negación de la ira al no ser tratado respetuosamente, un autoconcepto disminuido fijado a la crítica introyectada, y una necesidad de contacto del niño en las relaciones. Esta necesidad natural de relación mantiene al Estado del yo Niño lealmente cercano y dependiente del Estado del yo Padre y asegura la sumisión con la humillación introyectada. Cuando el dolor de no ser aceptado como uno es, se vuelve demasiado grande, como en la situación de Robert, una fantasía defensiva de reivindicación puede ser usada para negar la necesidad de  relación mientras simultáneamente expresa la necesidad de hacer un impacto y ser tratado respetuosamente.

Desde la perspectiva de la teoría de guión, el sentido de vergüenza incluye el núcleo de la creencia de guión “algo está mal en mi” que sirve como una defensa cognitiva contra la consciencia de las necesidades de relación y los sentimientos de tristeza y miedo presentes en el momento de las experiencias humillantes.

Cuando la creencia de guión “algo está mal en mi” es operacional, las conductas externas de la manifestación de guión son a menudo aquellas que son descritas como inhibidas o inadecuadas: timidez, falta de contacto visual en la conversación, falta de auto expresión, expresión disminuida de necesidades naturales, o cualquier inhibición de la expresión natural de uno mismo que puede ser sujeta a crítica.

Las fantasías pueden incluir insuficiencia anticipada, fracasos en la realización, o crítica que concluye con un reforzamiento de la creencia de guión “Algo está mal en mi”. Otras fantasías pueden implicar una reconstrucción de sucesos y una memoria reorganizada en tal manera que refuerza las creencias de guión. En algunos casos, la creencia de guión es manifestada en restricciones psicológicas como dolores de cabeza, lesiones de estómago, u otras molestias físicas que inhiben al individuo de comportarse de una manera que pueda estar sujeta a comentarios humillantes de otros, mientras simultáneamente provee de una evidencia interna de que “algo está mal en mi”. A menudo viejos recuerdos de experiencias humillantes se recuerdan repetidamente para mantener una homeostasis con las creencias de guión y la negación de las necesidades y sentimientos originales. Ya sea inhibiéndose uno mismo o con fantasías autocríticas, la necesidad de contacto en la relación permanece como una esperanza inconsciente de reestablecimiento de una relación de contacto y de una total aceptación por el otro. Es como si él estuviera diciendo a aquellos que le ridiculizaron, “si me vuelvo lo que tú defines que soy, entonces ¿me querrás?”

Robert, como un ejemplo de alguien usando las dinámicas de una doble defensa de reivindicación, entró en terapia  libre de cualquier esperanza o necesidad de relación. Su manifestación de guión parecía ser lo contrario de su creencia de guión: El perfeccionaba su discurso y conducta en tal manera que no había evidencia externa de que “algo está mal en mi”. Sus fantasías eran reivindicativas, enfocándose en qué estaba mal en el otro. El permaneció hipersensible a las críticas con un ansia inconsciente de alguien con autoridad para decirle que estaba bien.

“Algo está mal en mi” 

El refuerzo continuo de la creencia de guión “algo está mal en mi” presenta al terapeuta con desafíos complejos específicos y  únicos en la psicoterapia de la vergüenza y reivindicación. En muchos casos clínicos esta creencia particular es inflexible en respuesta a los métodos frecuentes del análisis transaccional de explicación, confrontación, e interpretación; redecisión programada; y énfasis en el cambio de conducta. Cada uno de estos grupos de métodos aporta sólo cambio parcial o temporal en la frecuencia o intensidad de la creencia compleja de guión que  está en el núcleo de la vergüenza y  reivindicación. De hecho, el uso frecuente de estos métodos comunica a menudo “algo está mal en mi”, que puede entonces reforzar el núcleo de la creencia de guión, incrementar la negación de la necesidad de contacto con la relación y, en consecuencia, aumentar el sentimiento de vergüenza y reivindicación. A través del uso de métodos que enpatizan el respeto (Erskine y Moursund, 1988), transacciones empáticas (Clark, 1991), compromiso emocional (Cornell y Olio, 1992), y acercamiento afectivo, e implicación (Erskine, 1991, Erskine 1993, Erskine y Trautman 1993), la oportunidad de  reforzar la creencia de guión durante el proceso de terapia es considerablemente disminuido.

Para facilitar la planificación de tratamiento y afinar las intervenciones clínicas, es esencial distinguir las funciones intrapsíquicas así como los orígenes históricos de la creencia de guión. El origen histórico complejo de “algo está mal en mi” dentro del  Estado del yo Niño puede ser entendido desde tres perspectivas:
- mensajes con decisiones sumisas;
- conclusiones en respuesta a una  imposibilidad y
- reacciones defensivas de esperanza y control.

Cada una de las maneras en las que las creencias del guión fueron formadas tienen funciones intrapsíquicas únicas que requieren énfasis específicos en psicoterapia.

El concepto de mandato y contra mandato, atribuciones malévolas,y mensajes parentales letales con decisiones correspondientes está bien establecida en la teoría de la formación del  guión (Berne 1972; Goulding y Goulding 1979; Steiner 1971). Frente a una pérdida potencial de relación, un niño puede ser forzado a hacer  una decisión defensiva para aceptar en su identidad la definición de aquellos de quien depende. Esta puede ser una adaptación con mensajes implícitos o explícitos de “Algo está mal en tí.” En muchos casos el mensaje se entrega en la forma de una pregunta crítica: “¿Qué está mal en tí?” El mensaje psicológico es  “No estarías haciendo lo que haces si fueras normal”. Tal crítica se equivoca al evaluar la conducta natural y espontánea del niño, comprender la motivación del  niño, o al investigar lo que puede faltar en la relación entre el niño y la persona que hace la crítica. Un niño que forma tal creencia de guión en sumisión a la crítica puede volverse hipersensible a la crítica, fantasear críticas anticipadas, y acumular recuerdos reforzadores de críticas pasadas. La función intrapsíquica es mantener un sentido de proximidad en la relación a expensas de una pérdida en la vitalidad natural y la excitación de la espontaneidad.

Cuando los niños se encaran con una tarea imposible, a menudo concluyen, “Algo está mal en mi”. Con tal conclusión se pueden defender contra la incomodidad de las necesidades de contacto perdidas y mantienen una pseudoapariencia de relación. Las familias disfuncionales a menudo presentan demandas imposibles a los niños. Es imposible para un niño pequeño evitar que un padre alcohólico se emborrache, o para un bebé curar la depresión, o para un niño de escuela elemental ser un consejero matrimonial. Es imposible que un niño cambie el sexo para  satisfacer el deseo del padre de tener un sueño realizado. Cada uno de estos ejemplos representa una inversión de la responsabilidad del cuidador para el bienestar del  niño y una pérdida de contacto en la relación. Posteriores interrupciones en la relación se experimentan como “mi falta”, y desvían la conciencia de necesidades y sentimientos presentes cuando el bienestar del niño no está siendo respetado.

La creencia de guión “Algo está  mal en mi” puede estar formada en una tercera manera- como una reacción defensiva de control y esperanza, la esperanza de una relación continuada y llena de contacto.  Cuando las relaciones de familia son disfuncionales, un niño que necesita contacto en la relación, puede imaginar que los problemas del cuidador son culpas suyas: “hago que papá se emborrache”, o “hago que mamá se deprima” o “yo causé que sucediera el abuso sexual ... así que algo debe estar mal en mi” Aceptando la culpa, el niño no es sólo la fuente del problema, sino que puede tambien imaginar estar en posición de resolver el problema: “Seré muy bueno” “me daré prisa y creceré” “  yo puedo ir a terapia para mejorar “ o “si las cosas se ponen muy mal puedo matarme porque es todo mi culpa” La función de tales reacciones es crear una ilusión esperanzadora de cuidadores que satisfacen necesidades que les defienda contra la conciencia de una falta de necesidades insatisfechas en las relaciones  primarias. Los cuidadores se experimentan como buenos y amantes, y cualquier ignorancia, crítica, o incluso violación es porque “algo está mal en mi” Aquí el núcleo de la creencia de guión puede funcionar como un control defensivo de los sentimientos de vulnerabilidad en la relación.

Dentro de los Estados del Yo Niño, cada uno de estos tres orígenes de las creencias de guión tiene funciones intrapsíquicas específicas de identidad, estabilidad, y continuidad. Con una persona en particular puede haber sólo una manera de que sea formada la creencia de guión. Frecuentemente, sin embargo, las creencias de guión tienen más que un origen y múltiples funciones intrapsíquicas. Cualquier combinación de estas tres reacciones defensivas hechas bajo presión incrementa la complejidad de las funciones. La creencia de guión “Algo está mal en mi” es a menudo compuesta por estas múltiples funciones.

Es esencial en una cura de psicoterapia en profundidad evaluar los orígenes y  funciones intrapsíquicas de una creencia de guión y valorar la significación de cómo esas funciones múltiples ayudan al cliente a mantener la homeostasis psicológica. La psicoterapia de la vergüenza y la reivindicación es compleja por causa de las complejas y continuamente reforzadoras funciones intrapsíquicas. Identificar simplemente una creencia de guión y  métodos de intento de cambio o redecisión pasa por alto las funciones psicológicas en la formación y mantenimiento de la creencia de guión. Tales esfuerzos pueden incrementar la intensidad de la función intrapsíquica y puede hacer al núcleo fijo del guión menos flexible. Se requiere una exploración respetuosa y paciente en la experiencia fenomenológica del cliente para aprender la combinación única de funciones intrapsíquicas. Es entonces la tarea de un psicoterapeuta orientado a las relaciones establecer una implicación y armonía afectiva y de desarrollo que facilite la transferencia de funciones intrapsíquicas defensivas a la relación con el terapeuta. A través de la consistencia del terapeuta  la seguridad y la responsabilidad en las relaciones de contacto, el cliente puede relajar procesos defensivos e integrar Estados fragmentados del Yo (Erskine 1991). Las funciones son una vez más aportadas a través del contacto en una relación interpersonal y ya  no son más una función auto protectora.

La  vergüenza en el Estado del Yo Padre

Cuando el núcleo de la creencia de guión en el Estado del yo Niño está  formada como decisiones sumisas, conclusiones  en respuesta a una imposibilidad, reacciones defensivas de esperanza  y control, o cualquier combinación de estas tres, hay más probablemente una ausencia de cuidados, comprensión, y relación comunicativa. Cuando hay  una falta de contacto psicológico pleno entre un niño y los adultos responsables de su bienestar, la defensa de introyección se usa frecuentemente. A través de la identificación defensiva que constituye la introyección, las creencias, actitudes, sentimientos, motivaciones, conductas, y defensas de la  persona de quien el niño es dependiente se hacen parte del ego del Niño en forma fragmentada, (estado exteropsíquico). La función de la introyección es reducir el conflicto externo entre  el niño y la persona de quien el niño depende para realizar sus necesidades. El Estado del Yo Padre puede estar activo en transacciones con otros, influyendo intrapsíquicamente, o fenomenológicamente experimentados como propios.

Un Estado del yo Padre activo puede transaccionar con miembros de la familia o colegas como el otro introyectado hizo una vez, por ejemplo, comunicando, “algo está mal en ti” La función  de  tal transacción es aportar alivio temporal en el Estado del yo Niño desde la crítica interna del Estado del yo Padre y  continuar la negación de la necesidad original en la relación de contacto.

El Estado del yo Padre intrapsíquicamente influyente es una repetición de la crítica introyectada en el pasado. Perpetua el ciclo de sumisión a la crítica y la defensividad de la tristeza y el miedo dentro del Estado del yo Niño. Este ciclo defensivo de la vergüenza  funciona para mantener una ilusión de acercamiento y lealtad a la persona con quién el niño estuvo originalmente ansiando una relación llena de contacto.

La vergüenza  en el Estado del yo Padre no sólo puede estar activa o influenciando, sino que puede también ser experimentada como propia. El sentido del padre de vergüenza puede haber sido introyectado. Con la cathexis de la introyección la vergüenza es malinterpretada como la propia de uno (Erskine 1977). La creencia de guión “algo está mal en mi” puede realmente existir en el Estado del yo Padre. El ciclo de la vergüenza - sumisión a la crítica, desplazamiento de la tristeza y el miedo, negación de la ira, y el ansia de la relación- puede ser del padre o de la madre. La reivindicación defensiva puede ser también el resultado de la cathexis de una introyección.

            Por ejemplo, durante años Susan sufrió de una vergüenza debilitadora relacionada con su propio sentido de insuficiencia, teniendo una madre que estaba alternativamente deprimida o enfadada, y el miedo de que ella también estaría “loca” algún día. La fase inicial de la terapia reconocía sus propias necesidades de atención, validaba la negligencia emocional de su niñez, y normalizaba el proceso defensivo de “algo está mal en mi” La psicoterapia entonces se enfocó en la vergüenza introyectada que era originalmente de su madre. Con una psicoterapia profunda orientada al contacto con el Estado del yo  Padre que empatizaba la investigación, implicación, y la armonía Susan fue capaz de recordar vívidamente queriendo aguantar la carga por su madre de modo que la madre pudiera estar libre de sufrimiento. Durante un diálogo del Estado del yo Niño a Estado del yo Padre, ella sucintamente describió el proceso: “Te quiero tanto, Mamá, llevaré tu vergüenza por ti”

Intervenciones clínicas

La psicoterapia de la vergüenza y la reivindicación comienza con el terapeuta descubriendo la psicodinámica propia de cada cliente. Cada cliente avergonzado en la vergüenza presentará un grupo diferente de conductas, fantasías, funciones intrapsíquicas, y defensas autoprotectoras. Las perspectivas teóricas descritas en este artículo son generalizaciones desde la práctica clínica y la integración de varios conceptos teóricos. La teoría no significa que represente una afirmación de lo que es, sino que sirven como guía en el proceso terapéutico de la exploración, armonización  e implicación. De forma importante, el fenómeno de la vergüenza y la reivindicación explicado desde la perspectiva del análisis transaccional puede animar al análisis transaccional a explorar con cada cliente  sus únicas experiencias de la vergüenza y adoptar un acercamiento psicoterapéutico orientado a la relación.

Una investigación paciente, respetuosa en la experiencia del cliente aportará tanto al cliente como al  terapeuta una comprensión cada vez mayor de Quién es el cliente y las experiencias a las que él o ella ha sido sujeto. El proceso de la exploración debe ser sensible a la experiencia subjetiva del cliente y las dinámicas intrapsíquicas inconscientes, debe ser efectiva en descubrir y revelar necesidades, sentimientos, fantasías y defensas. El  foco principal de una buena investigación es el auto descubrimiento del cliente del ansia de la relación, las interrupciones de contacto, (tanto externa como internamente), y  recuerdos que en el pasado necesariamente han sido  excluidos de la consciencia. Un enfoque importante pero menor es la comprensión creciente del terapeuta de la experiencia del cliente y su funcionamiento intrapsíquico. En muchos casos ha sido importante para los clientes descubrir que el terapeuta está genuinamente interesado en escucharles y  en saber quiénes son. Tales descubrimientos sobre la relación con el terapeuta presentan una comparación entre el contacto disponible en el aquí y ahora y el recuerdo de lo que puede haber Estado  ausente en el pasado. La comparación presenta una  oportunidad de reconocer lo que era necesitado y validar que  los sentimientos y la autoestima pueden estar claramente relacionados con la calidad de la relación con los otros significativos.

La vergüenza puede ser una dinámica  significativa en la mayor  parte de las dificultades de relación, incluyendo depresión, ansiedad, obesidad, adicciones, y manifestaciones caracterológicas. La armonización implica un sentido de ser totalmente consciente de las necesidades, afecto y  dinámicas auto protectoras- una sensación quinestésica y  emocional de lo que es vivir con las propias experiencias. La armonización ocurre cuando el terapeuta respeta el nivel de desarrollo del cliente, afronta la vergüenza y evita definir o categorizar las fantasías, motivaciones o conductas del cliente. La armonización también implica la comunicación sensata con el cliente de que el terapeuta es consciente de los problemas interiores del cliente-que el cliente no está totalmente solo en la tristeza de no ser aceptado como es, y en el miedo de la pérdida de la relación por ser uno quien es. Los procesos terapéuticos de armonización e implicación reconocen la dificultad de revelar las confusiones y conflictos internos de uno, valoran el intento desesperado de auto apoyo y afrontamiento, y simultáneamente aporta un sentido a la presencia del terapeuta. 

Algunos clientes con base en la vergüenza no habrán tenido la experiencia de hablar sobre las necesidades o tener un lenguaje que está relacionado con el afecto y procesos interiores. En algunas familias, tener necesidades o expresar emoción puede resultar en que el niño sea ignorado o ridiculizado. Cuando ha habido una falta de armonización, reconocimiento o validación de necesidades  o sentimientos en la familia o en el colegio, el cliente puede no tener lenguaje de relación con el cual comunicarse sobre sus afectos o necesidades (Basch, 1988; Tustin, 1986). Hay a menudo una ausencia en tales sistemas de familia o escuela del contacto interpersonal y afectivo  (una transacción no verbal) en la cual la expresión de afecto por una persona en la relación estimula un afecto correspondido o reciprocidad en el otro.

El afecto es de naturaleza transaccional-relacional, requiriendo un afecto recíproco en resonancia.  La expresión de la tristeza requiere el afecto recíproco de la compasión y posibles actos de compasión; la expresión del afecto-ira requiere los afectos recíprocos de atención, seriedad, y responsabilidad y quizás actos de corrección; la expresión del afecto-miedo requiere afectos recíprocos y acciones relacionadas con la seguridad; y la expresión del afecto-alegría requiere los afectos recíprocos de  vitalidad y expresión de placer.

La armonización incluye la sensibilidad del terapeuta al afecto del cliente, y en reciprocidad él o ella es estimulado a expresar un afecto correspondiente y una conducta resonante, un proceso similar al que Stern (1985) describe en la sana interacción entre un infante y su madre. El afecto  recíproco en el terapeuta puede ser expresado reconociendo el afecto del cliente  y lleva a la validación de que  el afecto  tiene una función en su relación. Es esencial que el  terapeuta sea tanto conocedor y armonizado al nivel de desarrollo del cliente en la expresión de las emociones. El cliente puede necesitar tener su afecto y necesidades reconocidas, pero falta el lenguaje social para expresar las emociones en conversación.  Puede ser necesario para el terapeuta ayudar al cliente a que nombre sus sentimientos, necesidades, o experiencias como un paso inicial para ganar un sentido de tener un impacto en la relación.

La implicación comienza con el compromiso del terapeuta en el bienestar del cliente y un respeto por sus  experiencias fenomenológicas. Ello sale de la exploración empática del terapeuta en la  experiencia del cliente y se desarrolla a través de la armonización del terapeuta con el afecto del cliente y la validación de sus necesidades. La implicación es el resultado de estar el terapeuta totalmente en contacto con y para el cliente de manera que corresponda con el  nivel de desarrollo de funcionamiento del cliente (Clark, 1991).

La vergüenza y reivindicación son procesos defensivos en donde un valor individual se descuenta y la existencia, significación, y solvencia de un  molestar en la relación es distorsiono o negado. Una implicación del terapeuta usando reconocimiento, validación,  normalización,y  presencia disminuye el descuento interno (Schiff & Schiff, 1971) que es parte de la negación defensiva que acompaña a la vergüenza.

A través de la sensibilidad a la manifestación de la vergüenza y la comprensión de las funciones intrapsíquicas de vergüenza y reivindicación, un psicoterapeuta puede guiar a un cliente a reconocer y  expresar sentimientos y necesidades de relación. El reconocimiento es el antídoto terapéutico al descuento de la existencia de un malestar en la relación. El reconocimiento se vuelve interno y disuelve la negación del afecto o necesidades cuando es dado por un otro receptivo que sabe y  comunica sobre necesidades y  sentimientos.

La validación terapéutica ocurre cuando el sentido de la vergüenza del cliente, su disminuida autoestima, y fantasías defensivas son experimentadas como el efecto de problemas en relaciones significativas. La validación es el lazo cognitivo de causa y efecto, la respuesta terapéutica al descuento de la importancia de un molestar en la relación. La validación aporta al cliente un valor aumentado de su experiencia fenomenológica y por tanto un sentido aumentado de su autoestima.

La normalización implica la despatologización y considerar la desestimación de la resolubilidad de un malestar en la relación. Muchos clientes como niños se les dijo “algo está mal en ti” o cuando se encararon con la imposibilidad de ser responsables del bienestar de sus padres, concluyeron “algo está mal en ti”. La carga de responsabilidad de la ruptura en la relación fue erróneamente situada en el niño y no en el cuidador adulto. El antídoto terapéutico a desestimar la resolubilidad de un problema es la resignación de la responsabilidad en la relación. Es imperativo que el terapeuta comunique que las experiencias de  vergüenza, autocrítica, o ridículo anticipado son reacciones de defensa normales a ser humillado o ignorado, y  que estas respuestas no son patológicas.

La asignación de responsabilidad puede comenzar con un terapeuta activamente tomando responsabilidad por cada ruptura en la relación terapéutica. La mayor parte de las rupturas terapéuticas ocurren cuando un terapeuta fracasa al armonizar la comunicación afectiva o no verbal del cliente (Kohut 1984). Cuando un cliente lleva la responsabilidad de la  relación, el descuento de la resolubilidad continua y el sentido de vergüenza es reforzado. Puede ser necesario para un terapeuta tomar total responsabilidad por no entender la experiencia del cliente, por no saber evaluar sus procesos defensivos, o no estar armonizado con las necesidades y afectos del cliente.

La presencia es la implicación terapéutica que sirve como antídoto al descuento de una auto valía. La presencia terapéutica es aportada a través de exploraciones empáticas (Stolorow, Brandschaft,  & Atwood, 1987) y armonización consistente con el nivel de desarrollo afectivo y necesidades. La presencia implica la atención y paciencia del terapeuta. Ello comunica que el terapeuta es responsable, seguro, y confiable. La presencia  ocurre cuando la conducta y la comunicación del terapeuta en todo momento respeta y alimenta el valor del cliente. La presencia es alimentada por la disposición del terapeuta a ser impactado por el afecto del cliente y su experiencia- tomar la experiencia del cliente  seriamente.

La implicación psicoterapéutica a través de transacciones que reconocen, validan, y normalizan la experiencia del cliente es el antídoto a la toxicidad de desestimar la existencia, importancia, o responsabilidad por resolver las interrupciones de contacto en la relación. La presencia armonizada y seguridad del terapeuta es el antídoto al descuento de la valía del individuo (Bergman 1991, Jordan 1989, Miller 1987, Surrey 1985).

La psicoterapia efectiva de la vergüenza y reivindicación requiere un compromiso del terapeuta en una relación de contacto, un compromiso de paciencia, y una comprensión de que tal terapia es compleja y requiere una considerable cantidad de tiempo. La exploración, armonización, e implicación implica una orientación mental, una manera de ser en la relación, tanto como un grupo de habilidades terapéuticas. Cuando son usados en resonancia con el nivel de desarrollo de un cliente, son métodos que proporcionan una relación comprensiva que permita a un cliente expresar un sentido de autovaloración que puede no haber sido expresado  antes. La exploración, armonización, e implicación son descripciones de interacciones respetuosas que favorecen la relación de contacto. Es a través de una psicoterapia de relación orientada a la relación de contacto que las dinámicas protectoras de la vergüenza y reivindicación son reveladas y resueltas. Un enfoque terapéutico en las relaciones de contacto alimenta un sentido individual de bienestar.

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