ISSN 1989-2101
 
 
 
 
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Artículo| por Lluis Casado
Escaneando los vínculos de la relación de pareja
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Lluis Casado. 

Psicólogo Clínico. Analista Transaccional. Miembro Certificado por la ITAA. Psicoterapeuta reconocido por la FEAP. Profesor del Instituto Galene. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Psicoterapia. Barcelona.

Una intervención psicoterapéutica, al margen del modelo o método utilizados, pretende modificar una situación presente, que es vivida como conflictiva y dolorosa por el paciente, para conseguir una nueva situación más sana y confortable. Pero para ello todo método de psicoterapia dispone de un mapa previo de la situación que es el marco de referencia que permite diagnosticar, es decir, evidenciar que es lo que marcha mal en relación con los criterios de funcionamiento adecuado que se derivan del modelo teórico en el que se inscribe el método de intervención.

El objetivo de este artículo es plantear un modelo desde la perspectiva transaccional que permite efectuar una tomografía de las relaciones de pareja. Y decimos tomografía porque se pretende  disponer de un mapa a diferentes niveles de la relación, y al decir relación queremos decir relación, no de los miembros que forman la relación. No se trata, por tanto de analizar los procesos más evidentes y los más inconscientes de las personas que participan en la relación, análisis que desde diversas perspectivas está suficientemente desarrollado, sino de “escanear” la relación en sí misma para disponer de mapas sobre:

  • Los vínculos establecidos entre los miembros de la pareja
  • El momento del proceso de evolución del vínculo
  • La dinámica de estos vínculos como procesos de intercambio de información

Nada nuevo en el Análisis Transaccional

Aunque aquí nos limitaremos al Análisis Transaccional, que no es más que uno de los muchos (¿400?) modelos y métodos existentes en la gran superficie comercial de las psicoterapias, vemos que, inevitablemente, ya ha propuesto su manera de construir el mapa. En realidad deberíamos decir sus mapas, porque los diversos autores transaccionalistas interesados en la pareja han propuesto perspectivas distintas.

El propio creador del Análisis Transaccional propuso su modelo para el análisis de la relación de pareja, que enfatizaba el análisis de transacciones, los juegos y las influencias de los guiones respectivos (Berne, 1975/1970). La aplicación de los instrumentos clásicos transaccionales al análisis de la relación de pareja ha sido la constante en la mayoría de transaccionalistas, difiriendo básicamente en el énfasis puesto en uno u otro instrumento. Nada sorprendente, pues el carácter simultáneo de análisis intrapsíquico y relacional del modelo berniano facilita su aplicación directa al estudio de la relación de pareja.

Sin ánimo de ser exhaustivo me vienen ahora a la memoria, English (1984/1980) y su enfoque centrado en la complementariedad simbiótica, Dusay y Dusay (1989) que focalizan la atención en los guiones y los egogramas de los miembros de la pareja, Boyd y Boyd (1981) que enfatizan los componentes transaccionales de una relación (cuidado del otro, cercanía y compatibilidad), o Steiner (1986) que destaca las diferencias de género, especialmente en sus manifestaciones de guión y los problemas de alfabetización emocional (especialmente en los hombres).

Ciertamente también se han propuesto otros abordajes, menos derivados de la teoría original, como Bader y Pearson (1983) que analizan las etapas del desarrollo de la pareja a partir del modelo de etapas evolutivas del desarrollo de Margaret Mahler (simbiótico – simbiótico; simbiótico – liberado;  liberado – liberado; interdependiente – interdependiente y sinérgico – sinérgico), o, Massey (1995) y Casado (1995) que introducen una perspectiva sistémica y psicosocial en el modelo transaccional.

El modelo que proponemos a continuación no pretende cuestionar los anteriores, más bien tiene vocación de complementarlos desde una perspectiva sistémica (mapa de los vínculos), evolutiva (mapa del proceso de desarrollo) e informacional (mapa de la dinámica relacional), poniendo el énfasis en la descripción del propio vínculo más que en los orígenes intrapsíquicos (guión) y sus manifestaciones parasitarias.

La pareja tiene tres elementos: mapa de los vínculos

Desde una perspectiva sistémica, la observación nos indica que una pareja no está constituida por dos elementos sino por tres o más. Desde un punto de vista sistémico – familiar ello resulta obvio en cuanto consideremos la incidencia que tienen en la relación de pareja otras personas del sistema familiar (los hijos, por ejemplo), o las familias de origen de cada miembro. También y dentro del constructo transaccional el análisis de juegos, por ejemplo, no puede efectuarse de forma completa sin una visión sistémica (vid Martorell, 2002).

Pero aquí nos referiremos al hecho de que los dos miembros de una pareja mantienen un vínculo directo entre ellos, el vínculo originario, pero también, e inevitablemente, un segundo vínculo que se manifiesta a través de los “proyectos” que la pareja comparte, ya que la pareja no es un sistema cerrado y por ello necesita incorporar elementos externos que también construyen la relación. La experiencia clínica me ha mostrado que estos proyectos pueden ser de índole muy diversa, como tener un hijo,  mantener la estabilidad familiar, preservar determinada imagen social, la participación en determinadas actividades sociales, o incluso actividades profesionales.

La importancia de incluir elementos externos  en el sistema pareja, reside en el hecho de que nos permite comprender mejor la complejidad del vínculo entre las dos personas que simplemente efectuando, por ejemplo, un análisis de transacciones clásico, porque nos encontramos ante dos vínculos distintos. En la figura 1 podemos ver el diagrama.



Fig. 1. Mapa de vínculos

En la figura 1 quedan representados los dos vínculos, el originario, que es el vínculo tradicionalmente considerado y que se forma con una fuerte participación de los guiones de los dos miembros, y el que articula la pareja a través del proyecto (o proyectos) compartido(s). Este vínculo instrumental es un vínculo compartido, aunque pueda ser conflictivo, porque ayuda a definir el vínculo de la pareja. No me refiero, por tanto, a proyectos individuales, los trabajos respectivos, por ejemplo, que pueden incidir, favorable o desfavorablemente, en la pareja, sino a proyectos que forman parte del “nosotros” de la pareja. Veamos a continuación algunos tipos de sistemas – pareja que incluyen el vínculo originario y el vínculo instrumental, comentados a partir de situaciones clínicas reales.

1.“Sin proyecto”


Fig. 2

Es la situación típica de la fase de enamoramiento, en la que se está construyendo el vínculo originario, y la energía se orienta a estar con el otro. Las fantasías son a corto plazo (la próxima cita, por ejemplo) o ingenuamente mágicas (es el hombre/la mujer de mi vida, me veo envejeciendo plácidamente a su lado). Parece poco probable que una pareja pueda tener un futuro excesivamente largo sólo con el vínculo originario, y por ello para comprender mejor la relación necesitamos analizar también el vínculo instrumental, como veremos en los siguientes tipos de relación.

2. Sistema triangular equilátero: ella, él y el proyecto (véase la figura 1)

En realidad más que de proyecto deberíamos hablar de proyectos, porque una pareja construye más de uno, pero la experiencia clínica nos dice que uno de los proyectos es el que articula fundamentalmente el vínculo. Aunque también es cierto que la observación clínica es sesgada en este aspecto, pues, normalmente esta especial relevancia de uno de los proyectos se deriva del hecho de que el proyecto es especialmente conflictivo y articula, más que el vínculo, el conflicto. Un ejemplo típico de la posible ambivalencia de un proyecto, como fuente de vertebración y enriquecimiento de la pareja, o como fuente de conflicto, son los hijos. Los hijos pueden ser un proyecto en común que de sentido a la vida de los padres, les enriquezca y ayude a crecer, pero también pueden ser fuente de empobrecimiento si la pareja se relaciona “a través “ de sus hijos.

Con el sistema equilátero se pretende representar la situación de equilibrio, en la que la pareja cuida de su vínculo originario, otorgándole tiempo y dedicación, y también se enriquece con proyectos que completan su vínculo y construyen un “nosotros” más completo y abierto al mundo.

3. Confusión del proyecto y el vínculo originario


Fig. 3

En esta situación el proyecto toma una importancia desmesurada en la estructuración del vínculo y acaba por interferir en el vínculo originario. Es la situación citada anteriormente en la que la pareja estructura su relación a partir de sus roles materno y paterno, olvidando que el “yo” y el "tú” también son importantes. En esta situación se han perdido los límites entre la persona y sus roles, y por tanto se hace necesario diferenciarlos y delimitarlos, para que cada persona se dé cuenta de que puede y tiene derecho a desarrollar los diversos roles de su vida de forma satisfactoria.

4. Substitución del vínculo originario


Fig. 4

Este tipo de relación no es, simplemente, una exageración del anterior, ya que es cualitativamente distinta. Lo que encontramos aquí es la práctica absorción del vínculo originario por parte del instrumental, que es el que estructura, bien o mal, la pareja. Estamos, pues, ante una acuerdo implícito de conveniencia, más o menos consciente por parte de los dos miembros de la pareja, que ayuda a mantener un cierto equilibrio, pero que normalmente oculta el serio deterioro del vínculo originario. El miedo a romper una cierta imagen social, o la situación que se produce en algunas parejas con negocio familiar en las que resulta difícil distinguir la sala de juntas de la empresa y el comedor de casa, son ejemplos claros con los que me he topado en la  consulta.

Evidentemente, aquí, la cuestión a plantear es la posibilidad, o no, de (re)construir el vínculo originario que genere la parte del “nosotros” que falta, la del “yo – tú” más íntimo y profundo. En una palabra afrontar directamente la pregunta sobre si esta pareja es, o puede ser, algo más que una comunidad de intereses.

La pareja es una escalera: mapa del proceso de evolución del vínculo

El mapa de los vínculos nos permite obtener una representación de la situación de la pareja en un momento dado, pero la pareja es un proceso, no un estado, y, por tanto, también necesitamos conocer el momento de su evolución para entender mejor su dinámica actual.

Una pareja puede entenderse como dos procesos individuales de desarrollo que deciden vincularse para crear un “nosotros”. Las personas cambiamos porque nuestra especie tiene etapas evolutivas, crecemos personalmente, tenemos épocas de crisis, y todo ello, si estamos en pareja, de forma paralela a un proceso análogo de nuestro/a compañero/a.  Al decidir vincular los dos procesos, los miembros de la pareja están conectándolos, y los procesos pueden ser armónicos y compatibles, o no.

Los vínculos que se establecen en la pareja son, en parte, conscientes, en parte inconscientes, en parte explícitos, en parte  implícitos (no dichos) y van construyendo contratos de relación que responden a nuestras necesidades, expectativas, voluntades, temores, en resumen, lo que esperamos obtener del otro/a, y lo que queremos y podemos ofrecer al otro/a (Casado, 1991, cap.4). Pero este contrato debe adaptarse, precisamente porque las dos personas evolucionan, y la práctica clínica nos informa de que esta adaptación no siempre es fácil. El mapa del proceso de evolución nos indica cuál es la situación desde este punto de análisis.

1. Evolución bloqueada


Fig. 5

Algunas parejas tienen dificultades para actualizar un contrato cuando se han producido cambios, en ellos o en su entorno, que lo hacen necesario. En algunos casos radicales el contrato que se mantiene ante cualquier adversidad es prácticamente el contrato inicial, como sucede en relaciones fuertemente simbióticas. Las dificultades para actualizar el contrato tienen que ver con el miedo, tanto al propio crecimiento personal, como al de la pareja.  Parafraseando el conocido refrán, estas parejas aceptan que más vale relación defectuosa pero conocida, que otra mejor pero que no pueden imaginar.  En no pocas ocasiones el “equilibrio” se rompe unilateralmente cuando uno de los dos miembros asume la responsabilidad de crecer porque el temor que le provoca el cambio es inferior al malestar que siente en la relación, con lo que ésta entra en crisis.

Una pareja con la evolución bloqueada necesita ayuda para visualizar como podría ser su relación en un estadio superior, y entender qué temores individuales frenan la evolución, y enfrentarse a ellos.

2. Evolución asíncrona


Fig. 6

Uno de los dos miembros de la pareja crece más rápido que el otro, con lo cual llega un momento en que no es posible establecer un nuevo vínculo, porque el “rezagado” no está en disposición de pactarlo. Puede ser un buen ejemplo la ruptura de una relación simbiótica unilateralmente.

Una pareja en esta situación necesita comprender que ni el miembro adelantado  quiere romper la pareja (el rezagado normalmente no entiende el cambio y  siente que el otro se distancia), ni el rezagado es una rémora para el bienestar, porque lo que está haciendo es, simplemente, querer relacionarse de la misma manera que lo hacía hasta ahora. Deben entender también que el nuevo contrato es, de momento, inviable, y plantearse de que manera el miembro adelantado puede ayudar al crecimiento del otro, no para que acepte, sin más, el nuevo contrato que desea, sino para que esté en condiciones de pactar uno nuevo. En cierta manera es la persona "avanzada" la que tiene mayor responsabilidad porque es la que tiene más posibilidades de actuar. Imaginemos dos ciclistas en una carretera, uno se avanza porque su ritmo es más rápido, el rezagado a duras penas puede evitar perder poco a poco más terreno. ¿Qué es más realista pedir al rezagado que incremente su velocidad, o que el ciclista adelantado modere un poco su marcha y facilite que el otro le alcance?

3. Evolución centrífuga

En esta situación los dos miembros están evolucionando, pero tienen dificultades para actualizar su contrato de forma satisfactoria para ambos.


Fig. 7

Los procesos individuales les conducen a necesidades divergentes. En este momento la pareja, a menudo intenta aplazar el problema aferrándose al contrato anterior y concentrándose, cada uno, en su proceso individual. Si la situación permanece, normalmente el contrato antiguo se muestra incapaz de mantener el vínculo, y, progresivamente cada miembro se va centrando más y más en su propio proyecto de vida que se va distanciando de la pareja y concentrándose en actividades tan diversas como las intelectuales, profesionales o sociales, un grupo de desarrollo personal, o un/a amante.

En esta situación la pareja debe preguntarse si sus proyectos individuales son compatibles o no, y hacerlo antes de que su percepción sea la de que el otro es un estorbo para su bienestar. Para ello deben explicitarlos claramente, lo que habitualmente no hacen, escuchar al otro y dialogar creativamente para buscar, no un consenso, que será de mínimos y por tanto insatisfactorio, sino para crear un escenario nuevo de pareja en el que los dos proyectos individuales tengan cabida con una cierta comodidad.

4. Evolución armónica

Aquí tenemos la escalera que buscábamos, porque, afortunadamente también existe la evolución armónica, en la que la pareja ha encontrado la forma de acompasar sus procesos, y tiene la voluntad de actualizar su contrato cuando se hace necesario, y de forma satisfactoria para ambos.


Fig. 8

No es cuestión de suerte, sino de consciencia individual del propio proceso de evolución, comunicación abierta hacia el otro, escucha del otro y voluntad de conseguir lo que pudiera parecer imposible, el respeto a la individualidad y la voluntad de construir un vínculo que  sea un facilitador, y no una limitación del crecimiento individual.

Los sucesivos vínculos se sustentan en contratos cualitativamente distintos y que presentan una tendencia clara: la evolución de contratos fundamentados en la complementariedad (dependencia), hacia contratos fundamentados en la interdependencia sinérgica.  Por ello es posible conjugar el crecimiento individual con el fortalecimiento del vínculo.

Los vínculos son conocimiento compartido, no canales de información

El Análisis Transaccional es una teoría, por un lado, energética en sus apartados intrapsíquicos (herencia psicoanalítica), y por otro, informacional, en aquellos apartados que son  interaccionales. Recientemente algunos autores han analizado el aspecto relacional desde el punto de vista del intercambio de información (actualización postmoderna). Así Steiner (1998) coloca el hambre de información como el substrato básico de las hambres clásicas (estímulo, estructura, sentido, reconocimiento), o Hine (1997) que analiza los estados del yo como distintas formas de percepción y adaptación ante los estímulos (información) que van convirtiéndose en representaciones digitalizadas de la realidad.

Sin cuestionar la utilidad de los instrumentos tradicionales para analizar las relaciones (transacciones, caricias, juegos) veremos a continuación, desde un enfoque informacional, como puede la pareja construir sus vínculos con el objetivo de generar un conocimiento compartido que permita el desarrollo de la relación.   

La información es la materia prima que forma nuestro conocimiento, pero éste no es una simple base de datos, sino que es la información que nos permite relacionarnos eficazmente con nuestro entorno. Esto quiere decir que en función del entorno usaremos un conocimiento u otro, y el no usado se convierte en simple información. Si un profesional de la contabilidad sabe cuadrar un balance, este conocimiento le es útil y tiene sentido en su trabajo, pero seguramente es intrascendente en su relación de pareja. En la pareja saber cuadrar un balance es solamente un archivo de información no activado.

El conocimiento aplicable a un entorno dado, es el conjunto de creencias, datos, experiencias, que nos permiten comprender, ordenar y relacionarnos con ese entorno, por ejemplo, la pareja. Si yo sé que mi pareja es una persona susceptible, puedo comprender sus reacciones y adaptar mi comportamiento, por ejemplo, no haciendo comentarios irónicos sobre ella, o haciéndolos si lo que pretendo es provocarla. El conocimiento activo sobre un entorno condiciona la manera de actuar ante ese entorno, y al revés, no podemos tener un comportamiento que no “surja” de nuestro conocimiento ante aquella situación, excepto en las reacciones emocionales automáticas.

Según el constructo transaccional, en la visión de Hine, cada estado del yo trata los estímulos (internos o externos) de manera diferenciada, de tal manera que la información depositada en cada uno de ellos es cualitativamente distinta, y por tanto genera conocimiento también distinto, porque tiene finalidades distintas.

El conocimiento del Padre, formado por creencias y valores, nos permite ordenar y valorar el mundo, y conseguir satisfacer nuestra necesidad de pertenencia si tenemos en cuenta el Padre Cultural. El conocimiento del Adulto, formado por datos aprendidos de otras personas o fruto de la propia experiencia, nos permite comprender y controlar el mundo. Y finalmente el conocimiento existente en el Niño (centrado en la interacción con los demás) nos permite comunicar lo que deseamos y es importante para nosotros (de forma fundamentalmente emocional) y así influir en los otros (Niño Natural), y  también expresar  quienes somos a partir de las creencias de guión y así adaptarnos a las expectativas de los demás (Niño Adaptado).

Cada miembro de la pareja utiliza el conocimiento que cree que le es útil en la construcción del vínculo de relación. Es decir, el vínculo está formado por las maneras en que cada miembro ordena y valora una relación de pareja, las relaciones causa – efecto que usa para comprender lo que sucede en la relación y controlarla, la expresión de quién es y qué espera, y su forma de adaptarse al otro.

El vínculo, por tanto no es solo un  intercambio de información (las transacciones), sino también el lugar en el que crea el conocimiento compartido (el nosotros), es decir, que es una confrontación entre las dos maneras de relacionarse con el otro. Cuando esta confrontación es conflictiva quiere decir que hay que revisar el vínculo, y ello implica contrastar el conocimiento activo de cada uno con la otra persona.

Revisar el vínculo quiere decir actualizar los conocimientos que han quedado obsoletos. Para ello hay que evitar no recibir o rechazar los estímulos que cuestionan nuestro conocimiento acumulado (los descuentos son un buen mecanismo para ello), ya que, precisamente, esos estímulos son los que nos pueden ayudar a actualizar el vínculo.

Para actualizar los conocimientos no nos queda otro remedio que aprender. Aprender quiere decir incorporar nueva información para substituir conocimiento antiguo por otro nuevo adaptado al aquí y ahora. Además este aprendizaje debe ser compartido por los dos miembros de la pareja. En la medida que el aprendizaje sea compartido se generará más conocimiento también compartido, con lo cual se fortalece el vínculo. En la figura 9 podemos ver gráficamente como la superficie de conocimiento compartido facilita contar con un mayor repertorio de respuestas, antes los hechos cotidianos de la pareja, en las que hay acuerdo porque se han construido conjuntamente.


Fig. 9

En la figura, la primera pareja ha construido menos conocimiento compartido y por tanto sus respuestas ante las situaciones cotidianas provendrán en muchas ocasiones de las visiones individuales de sus miembros. En la segunda pareja el área de acuerdo es mayor, y por tanto en mayor número de situaciones coincidirán en su forma de ver las cosas. ¿Es, por tanto, mejor la segunda pareja que la primera?. La respuesta es relativa. Tendrán menos situaciones de discrepancia y conflicto, y, por ello mismo, también menos oportunidades de hacerse preguntas, aprender y crecer. En cualquier caso la última palabra la tiene la propia pareja cuando define el modelo de pareja que conviene a sus necesidades y objetivos en común. El equilibrio entre el respeto a la autonomía individual (yo y tú) y la construcción del espacio común (nosotros) es una decisión que cada pareja debe tomar, y que no tolera demasiado bien presupuestos teóricos, aunque el sentido común nos dice que la estabilidad de la pareja demanda un cierto espacio compartido, que, por otra parte, no puede ser dejado al azar, sino que debe ser construido activamente por la pareja. Este espacio común comprenderá conocimiento sobre las cuestiones fundamentales de la relación, como, por ejemplo, la educación de los hijos, el tiempo libre común  o individual, la economía familiar, o la relación con las familias de origen.

Para aprender hay que hacerse preguntas y atreverse a afrontar la crisis que significa el reconocimiento de que lo que sabemos no es ya útil para la vida en común en el aquí y ahora. Las preguntas deben referirse a todos los tipos de conocimiento activos en la pareja y valorarlos desde la perspectiva de su adaptación al aquí y ahora, no en función de la diferencia entre los dos miembros, o como eran las cosas en el pasado.

A modo de orientación podemos ver el siguiente decálogo de preguntas que los miembros de la pareja deberían formularse de vez en cuando

¿Qué creencias y valores tengo activos en relación a nuestra relación?

¿Son útiles en el aquí y ahora?

¿Qué conclusiones de mi experiencia condicionan mi comportamiento en la pareja?

¿Qué resultados obtengo?

¿Qué es importante para mí en la pareja?

¿Cómo lo comunico?

¿Cómo incide en la relación?

¿Qué es importante para el otro/a en la pareja?

¿Cómo incide en la relación?

¿Qué deberíamos cambiar?

Una última cuestión: el vínculo también se construye emocionalmente, porqué las emociones son fuente de información y aprendizaje e impulsoras del comportamiento. Pero ésta es ya otra cuestión que queda para otro artículo.

Bibliografía

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